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M.ª Concepción Regueiro Digón es autora de Las alsacianas y La dama triste

 

El diablo está en los detalles

En octubre de 2010, la cadena Telecinco emitía la miniserie Felipe y Letizia, sobre el noviazgo de los actuales reyes de España. Un producto televisivo que recibió multitud de críticas negativas. Una especialmente me llamó la atención, relativa a una escena donde los protagonistas se están zampando un helado que en esa época concreta todavía no se había puesto a la venta. Un detalle ampliamente denostado en las redes sociales de aquel entonces como otro más que venía a reflejar la falta de calidad de dicho producto televisivo. Algo similar pasó (aunque con muchísimo menor encono) en la serie de Netflix Lupin, donde en un flashback al 1995, el personaje principal calzaba unas zapatillas de una marca todavía inexistente.

Podrían rescatarse muchísimos más ejemplos de eso que se da en llamar «anacronismo» y que vienen a lastrar, cuando no a cuestionar en su totalidad, la necesaria verosimilitud de cualquier obra de ficción. Y, por supuesto, esto es tan válido en obra escrita como audiovisual, no vale escaquearse en el primer caso con la excusa de que, al no verse, la cosa cuela mejor. Está fatal leer algo y acabar frunciendo el ceño porque determinado elemento no encaja en la recreación que has hecho en tu cabeza sobre el momento concreto en que la historia se está desarrollando y, ojo, esto es perfectamente aplicable tanto en obras realistas como en las de los llamados géneros no miméticos (ciencia ficción, fantasía y terror), por aquello del contrato que tenemos con el público lector, donde este acepta que le mientan, siempre y cuando sea una mentira bien hecha, y es que el diablo está en los detalles.

Todo esto viene a colación de mi último libro: Las alsacianas, una ilusionante incursión de esta, vuestra segura servidora, en la ficción histórica y por el que quiero abordar uno de los pecados más habituales en este tipo de tramas, como es colocar de forma no premeditada elementos ajenos a la época[1].

Como ya habréis leído en la sinopsis, la novela está ambientada principalmente en los años 1923-1924, durante los primeros tiempos de la dictadura de Primo de Rivera y pocos años después del Desastre de Annual, lo que exigió cierto esfuerzo de documentación, sobre todo en lo referente a las batallas y movimientos de tropas que se desarrollaron en la zona del Rif durante aquella desastrosa campaña militar. Igualmente, se trataba de reflejar los diferentes tipos de relaciones amorosas de una época donde el autoritarismo rampante y su nueva/vieja visión conservadora venían a apretar más frente a una etapa previa un poco más pasota en esos temas; o la propia situación de las diferentes clases sociales en un periodo, en teoría, de mayor bonanza económica, lo que también obligaba a la consulta de textos de Economía y Sociología referidos a esa década. Sin embargo, y a riesgo de dar la imagen de una autora tiquismiquis, hubo un par de objetos absolutamente secundarios y que, a primera vista, no suponían nada en el desarrollo de la narración, que me exigieron un trabajo específico de búsqueda, por cuanto consideré que podían ser también importantes de cara a la recreación de un determinado momento.

El primero de ellos fue la radio, un invento que el cabeza de familia de una de las protagonistas se niega en redondo a comprar, porque, en definitiva, en el año 1923, tener ese artilugio en una casa no serviría para nada, más allá de presumir de una posesión inútil y ponerla en el salón como un adorno más. Aunque en un montón de obras ambientadas en los años 20 del siglo pasado salen aparatos de radio en pleno uso y, por lo tanto, había la tentación de incluirla como un elemento más de la decoración, lo cierto es que en nuestro país no se empezó a retransmitir de forma continuada hasta mediados de 1924 con Radio Ibérica, es decir, un año después de lo que nos cuenta ese pasaje concreto. Con anterioridad, solo existían emisiones de prueba que en absoluto habrían justificado su adquisición, salvo ser un friqui de la tecnología (en esa época también los había) que quisiese estar a la última. Precisamente, en la novela se hace referencia a esa situación concreta, lo que nos permite, por una parte, centrar la narración de una manera rápida y eficaz y, por otro, añadir un rasgo de carácter del personaje que se niega a semejante posesión. Con dicha negativa, podemos deducir sin mayor problema que se trata de una persona seria y austera, poco amiga de los gastos superfluos y la ostentación, algo que se irá demostrando con posterioridad a lo largo de los siguientes capítulos y sobre lo que ya teníamos esa información previa.

 

 

El otro elemento sobre el que busqué la necesaria información que lo pudiese justificar es el detalle de vestuario de la otra protagonista, como son las gafas de carey que usa para trabajar y que coquetamente evita ponerse el resto del tiempo. Aquí debo hacer examen de conciencia y reconocer que en un primer momento añadí ese objeto sin pensar, solo en base a la idea de que el carey era muy apreciado en la antigüedad para hacer muchas cosas, como estuches o las propias monturas de anteojos.  Sin embargo, a posteriori me asaltó la duda sobre, precisamente, su vigencia, pues suponía que, de aquella, el término «carey» se empleaba por el material, proveniente de la concha de las tortugas de igual nombre, y no como ahora, que se refiere a las monturas con motas de colores anaranjados y marrones: teniendo en cuenta que en los años 20 se empiezan a usar los plásticos, por su mejor precio y prestaciones, y que esa década se caracterizaba por la voluntad de modernidad y ruptura con muchas costumbres, ese modelo específico de gafas podía convertirse al cabo en un anacronismo, evidentemente, no pretendido. Para mi alivio, comprobé que en esos años el carey se continuó empleando como soporte de las lentes, si bien fue progresivamente sustituido por un determinado tipo de celuloide. Continuaba considerándose un material de gran calidad y, por tanto, perfectamente adquirible en algún momento por una joven que no deja de ser de una familia más o menos acomodada, como podemos colegir por su biografía.

 

 

En definitiva, son dos elementos que no resultan tan baladíes como en un primer momento se podía pensar. Su uso consciente y documentado concede así una verosimilitud añadida a una narración donde es fundamental la coherencia histórica. Se trata, por tanto, de no descuidarnos con esos detalles que podrían tarar de alguna manera esa buscada credibilidad por no haber sido empleados en el momento adecuado. Y es que, insisto, el diablo está en los detalles.

 

M.ª Concepción Regueiro Digón

 

[1] Por supuesto, un recurso creativo de primer orden es el empleo adrede de anacronismos en una historia; pensemos, por ejemplo, en el uso de canciones actuales en películas de Baz Luhrmann como Moulin Rouge o El gran Gatsby. En estas ocasiones, sin embargo, dicho recurso viene justificado y reconocido desde un primer momento por el propio estilo de la obra, como es ese cine espídico y caleidoscópico del director australiano. Evidentemente, no es el caso que nos ocupa en este artículo.

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