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Si le preguntas a una sáfica qué estaba haciendo el 3 de marzo de 2016 es muy probable que sepa responderte con todo lujo de detalles. La explicación lógica es que los eventos traumáticos no se recuerdan; se reviven y se experimentan una y otra vez a lo largo de la existencia haciendo imposible la aceptación o el olvido. Y a nosotras nos sigue pasando. Nos pasa cuando vemos una foto de Lexa. Un gif en la red social antes conocida como Twitter. Un post homenajeando a su personaje en Instagram. Siempre la misma punzada en el corazón, la misma tristeza. Como si no hubiera pasado el tiempo.

Hace ocho años de la emisión del fatídico episodio 3×07 de The 100. A España los capítulos llegaban de madrugada, así que las opciones aquí se reducían a trasnochar lo que aguantase el cuerpo o levantarse prontito para evitar los terribles spoilers que poblaban, cada día de estreno, las redes sociales. Yo opté por madrugar. Entraba pronto a trabajar y quería ir con los deberes hechos para comentar después tranquilamente con mi grupo de amigas de confianza, todas enganchadísimas a la trama de la serie y, por supuesto, al shippeo Clexa. Una ducha, un café cargado y a las siete de la mañana estaba lista para lo que me echasen. O eso creía yo.

Sería redundante recapitular lo que ocurrió en ese episodio. Lo tenemos grabado a fuego en la memoria y a estas alturas es lícito dudar de que alguna vez vaya a salir de ahí. Nos llevaron al cielo para estamparnos, después, la mayor bofetada a mano abierta de la historia de la televisión que nos dejaría, otra vez, en la más abyecta de las profundidades.

Fui la primera de mi grupo en ver el 3×07. Y me faltó valor para advertir a mis amigas vía WhatsApp más allá de un “no estáis preparadas para lo que se viene”. Cuando salí de trabajar había más de setecientos mensajes en nuestro chat grupal. Y en lugar de solicitar amablemente el consabido resumen, fui leyendo una por una las reacciones de las chicas, primero incrédulas, después airadas y, por último, profundamente tristes. Tenía que leerlas para saber que no estaba sola. Que mis sentimientos tenían sentido y que no estaba exagerando un ápice por haber llorado la muerte de un personaje de televisión.
Aún hoy se siguen rumiando los porqués. Por qué nos impactó tanto el personaje de Lexa. Por qué se armó el monumental revuelo que siguió a su muerte en las redes, en las calles y hasta en convenciones y asociaciones. Por qué nos dolió tanto.

Y la respuesta es mucho más compleja que el mero hecho de adorar a un personaje sáfico, poderoso, badass cuyas tramas no giran únicamente al hecho de ser queer. Porque detrás de todo ese cariño del fandom estaba también la campaña capitaneada por el propio showrunner de la serie, Jason Rothenberg, quien nos aseguró, juró y perjuró que Clexa era lugar seguro, que en The 100 no había lugar para el queerbaiting y que éramos un público valiosísimo al que se enorgullecía de cuidar.
Nos engañaron.

Y sumamos así al duelo una sensación de traición tan vigente hoy en día que no podemos ver una serie de televisión con representación sáfica sin desconfiar de los guionistas, de los productores y hasta de la mascota con la que compartimos sofá.

Nuestro pequeño triunfo fue la caída en audiencias de The 100, que pasó de un 1.88 en Estados Unidos al inicio de la tercera temporada a no lograr llegar a una media de 1 en la cuarta, descendiendo directamente a los infiernos en su entrega final donde el estreno llegó a duras penas al 0.80.

Fuente: Nielsen Media Research

Pero ese no fue el logro más importante. El movimiento reivindicativo que despertó este maltrato al fandom sáfico derivó en una serie de acciones sociales organizadas cuyo eco sigue resonando hoy día. Lexa puso sobre la mesa la importancia de reflexionar sobre la representación LGTBQ en televisión y la necesidad de una mayor responsabilidad por parte de los equipos creativos que la hacen posible. Un análisis crucial para un colectivo sistemáticamente maltratado y que Marta Pita Dopico lleva a cabo magistralmente en El legado de Lexa, un ensayo de obligada lectura para rendir tributo a Lexa Kom Trikru y entender, de una vez por todas, este fenómeno multicausal que empezó hace ocho años y aún no ha terminado.

May we meet again.

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