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Luz Saltalamacchia es la autora de Nuestras flores, novela que puedes leer gratis por entregas en nuestro blog y que está en preventa por tiempo limitado.

1. ¿Qué inspiró la historia de Trinidad como protagonista?

    En ese entonces, hablo del 2020, me pasaban una serie de cosas inéditas en mi vida: acepté abiertamente que era bisexual y, al mismo tiempo, me aburrí de mis personajes femeninos. Siempre las hacía muy pasivas, muy tranquilas, poco conflictivas. Yo quería escribir a una mujer que se le saltaran los patitos y no tuviera miedo de decirlo. Alguien más caótico, lleno de distintas emociones. Por otro lado, siempre me encantaron esas historias donde un personaje es extrovertido y el otro, hipergruñón e introvertido. Me pareció buena idea crear a mi nuevo personaje, Trinidad, con alguien más parecido a mí, Azul. Y es que, si no fuera por la A, Azul al revés tiene las letras de mi nombre. Pero lo que inspiró finalmente la historia de Trinidad fue mi necesidad de escribir sobre este tipo de amor nuevo que sentía.

    2. ¿Por qué elegiste las flores como hilo conductor de la obra?

    No recuerdo cómo, pero había descubierto en internet una página de Wikipedia que se llamaba «El lenguaje de las flores». Esa página te explicaba que en la era victoriana se regalaban flores para dar distintos mensajes. Me pareció buena idea conectar los capítulos con las flores y, además, crear un personaje que utilizara la jardinería como medio de expresión, porque en Buenos Aires está lleno de flores, plantas, árboles… en cada balcón de la ciudad, y también hay una mística detrás de las plantas (como, por ejemplo, que si colocas un potus sobre la heladera te trae abundancia; o que la cola de tigre en la puerta aleja la envidia).

    3. ¿Crees que la sociedad tiende a etiquetar las relaciones actuales? ¿Qué reflexiones intentas provocar en les lectores sobre la tendencia humana de categorizar y juzgar las relaciones ajenas?

    Yo creo que en la sociedad se etiqueta todo. Las relaciones, los gustos, la forma de vestirse, hasta los libros que leemos. Sobre todo etiquetamos cuando no tenemos experiencia y pensamos que la vida es blanco o negro. Uno prejuzga porque es lo primero que le enseñan cuando es chico: a categorizar, a agrupar a las distintas personas para poder reconocer los patrones rápidamente y saber cómo actuar. Pero a medida que vamos creciendo, descubrimos que las personas NUNCA entran en una sola categoría. La típica niña rica, caprichosa, es a la vez una madre amorosa, y a la vez es una novia tóxica, y a la vez es una hija sumisa. Yo busco que mis personajes representen a las personas que yo conozco. Porque cuando quise categorizar a alguien, esa persona siempre logró mostrarme una faceta de su personalidad que no cuajaba con lo que yo había previsto. Pero que la gente etiquete en un principio no me parece un problema, sino que me preocupa que nunca dejen de etiquetar, que no logren madurar ese aspecto de su vida. Si de pequeños lo hacemos, tiene más sentido porque todavía no conocimos a muchas personas y nos creemos todo lo que nuestros padres nos dicen. Pero que alguien adulto no pueda salir de las categorías que le pone a la gente y, sobre todo, a las relaciones, me parece más un acto de inmadurez y, un poco también, de miedo. 

    4. ¿Cómo manejas la complejidad emocional de los personajes, especialmente de Trinidad, que enfrenta desafíos significativos en su vida? ¿Hubo alguna experiencia personal o fuente de inspiración detrás de estos retratos emocionales?

    Trinidad es un mosaico de problemas, pero ¿quién no lo es? Para enfrentar la complejidad de los personajes primero tuve que entender que no era inverosímil que a una chica le sucedieran tantas cosas, porque la vida real está llena de ejemplos de mujeres con vidas así (o peores) y tenía que aprender a normalizarlo en la novela. Cuando empecé a escribir a Trinidad me sentía como si la hubiera conocido de toda la vida. Y para mí era obvio que sangraba por la nariz del estrés, que tenía ataques de ira y pensamientos intrusivos muy fuertes. No fue algo que tuve que ir a buscar: el personaje me lo pedía. Pero, en el caso del hijo de Trinidad, sí me basé en la relación de una amiga con su hijo pequeño. Fue la relación más compleja que escribí porque la conexión entre una madre adolescente y un niño pequeño tiene matices que seguramente nunca voy a conocer, pero que reconocía un poco en el día a día de mi amiga con su hijo.

    5. ¿Hay algún aspecto de la novela que fuera especialmente desafiante o gratificante a la hora de escribir?

    El aspecto de la novela más gratificante fue escribir como me salía y no como me debería salir. Para los que no saben, yo hago mis estudios en Escritura y voy a talleres literarios donde me la paso compartiendo mis textos y corrigiéndolos. Venía de una educación donde me repetían “hay que ir al grano, no hay que perder tiempo con detalles innecesarios”, “siempre hay que mostrar, nunca decir”, entre otras cosas. Y yo, cuando escribo, tengo todos esos dictámenes en la cabeza. Con Nuestras flores no los tuve: escribí como quise, como me salió, sin pensar en si tal forma o recurso se había agotado, si aquel pensamiento era innecesario. Siento que el personaje de Trinidad me pedía que colocara cada aspecto de su vida, incluso el más irrelevante, y yo se lo di. 

    6. Buenos Aires es un escenario de contrastes en tu novela. ¿Cómo influye la ciudad en la atmósfera y desarrollo de la historia?

    Yo amo mi ciudad y amo mi país. Quería que mi novela tuviera el “vos”, el mate, algunas zonas del centro para poder decir “acá vivía Trinidad” o “acá iba al shopping”. Creo que es muy lindo cuando leemos obras ambientadas en nuestra ciudad porque nos hace ver ese lado literario y bello. Buenos Aires, en particular, se distingue por esos climas húmedos que sobrecargan cualquier temperatura: si hace un poco de calor, te horneás; si hace un poco de frío, te congelás. Y eso influye en el humor y los ritmos de los personajes. Además, es la única ciudad que conozco al 100 %. Acá en Navidad transpirás del calor, no existe la nieve. Acá florecen todas las plantas. Bragado, que está como a tres horas del centro, era también el lugar de nacimiento de mi abuelo, y quise honrar su vida al colocar a mis personajes ahí. Eso hace a la diferencia entre la vida de una localidad pequeña, donde todos se conocen, a diferencia de la inmensidad de CABA. 

    7. ¿Cómo ha sido tu viaje como autora y qué aprendizajes te llevas de la experiencia de escribir Nuestras flores?

    Nuestras flores es la novela que me abrió las puertas hacia un mundo literario y editorial que no conocía. Me enseñó cómo son los procesos, cómo funciona el trabajo luego de un manuscrito. Pero, también, me recordó por qué me me gustaba tanto escribir. Nuestras flores es una novela que disfruté escribiendo, corrigiendo y editando, y eso me demuestra que disfrutar hace que las cosas salgan mejor. Porque obviamente todo lo que hacemos con amor es mucho mejor.

    La historia de Trinidad y Azul sigue en el libro… ¡Preventa especial ya disponible!

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