Dos hijas para la muerte
Cinco
(Parte 2)
Tirada en la cama, Titiana observó la muñeca derecha. Las marcas rojas resaltan alrededor, incendiadas como si fueran de una quemadura fresca. Desprendían frío al tacto, una pequeña vibración. Se imaginó que la herida se extendía y extendía y extendía, de ocupar solo cinco pequeños puntos a inundar todo el brazo, todo el cuerpo. Seguro que era una forma de control de algún tipo, a lo mejor así era como había convencido a Vita.
Rozó las marcas y recordó el rostro de Helda, tan cerca. Tan firme.
Vita tenía una ristra de pecas sobre el puente de la nariz, Titiana las recordaba en verano, cuando más se le notaban. Alguna vez le había dado la punta del dedo índice por encima, como si fuera a contárselas, y Vita la había mirado de vuelta como si fuera estupidez. Una estupidez agradable, porque jamás le había impedido ese gesto, ni en los jardines, ni en las habitaciones. Incluso cuando sabía en lo que estaba pensando ella al estar tan cerca. Tan relajada.
Helda no tenía ni una sola mácula.
Juven se dejó caer a su lado con un suspiro.
—Creo que si matamos a la Emperatriz, aunque sea en un momento de despiste, no estaría bien —comentó.
Titiana bajó los brazos.
—¿Tú crees?
—Algo me lo dice. No sé. Puede que la intuición. Puede que el sentido común. Puede que el miedo irrefrenable a morir entre terribles dolores… Pero algo me dice que sí, no estaría nada bien que eso ocurriera. —Giró la cabeza hacia ella—. ¿Podrías evitarlo? ¿Por mí? ¿Por Giove?
—No tengo claro si por Giove.
—¡Os estoy escuchando! —rezongó la aludida. Se incorporó en su camastro con el pelo completamente revuelto; la humedad del bosque no estaba jugando a su favor—. A mí no me parece que sea una broma.
—Depende de cómo lo contemos —respondió Juven—. Yo voto por contarlo como una anécdota graciosa, por eso de mantener el honor un mínimo delante del resto.
El apunte calmó la rabia creciente de Giove de inmediato, solo le quedó el desdén a flote, pero Titiana empezaba a considerar que sobreviviría a él sin mayores incidentes. No había intentado apuñarla por la espalda ni tirarla por las escaleras o del caballo, tampoco parecía extender rumores horribles sobre ella, más allá de los existentes. Aquel no sería la excepción: las tres sombras eran una.
—Solo —retomó Juven de nuevo tan tranquila que resultaba absurdo— no lo vuelvas a hacer.
—Fue sin querer.
—Seguro —replicó Giove. Se puso de pie y echó el pelo hacia atrás con saña, pegándolo al cuero cabelludo sin mucho resultado—. La miras…
—¿Cómo? —la provocó Titiana cuando se quedó callada.
Giove soltó el aire por la nariz; se negaba a responder. Juven se levantó de la cama y comenzó a recoger la ropa que había dejado en el suelo, pieza a pieza, igual que una vasija rota que debería volver a montar.
—Como si quisieras matarla y quererla por toda la eternidad —completó De Juno. Se guardó una de las dagas en la caña de la bota y las miró con una sonrisa—. ¿Bajamos ya o seguís interesadas en mantener esta conversación?
—A mí no me mires, que yo no he empezado —protestó Giove, de nuevo colocándose el pelo.
Por si la sutileza no hubiera sido suficiente, Juven le guiñó un ojo mientras metía un cuchillo más entre el fajín con el que se sujetaba la túnica. Luego, salió con Giove a la derecha, muy recta y muy firme, muy como lo que debería ser una guardia ante un montón de desconocidos. Lo que había pasado en el baño era intolerable; el hecho de que las Segundas Hijas no entendieran los entresijos de aquello al completo y nadie más fuera a saberlo no lo hacía menos grave. Ella no se sentía menos culpable.
Si iba a matar a Helda, debería hacerlo. Si iba a cumplir con su parte de la misión, debería centrarse. Y si iba a hacer algo diferente a todo, debería averiguar qué era primero. Pero sobre todo no tendría que poner en riesgo constante de dos personas que la acompañaban, por mucho que una de ellas fuera insufrible. Giove tenía una hermana, también insufrible, pero que seguramente la echaría de menos.
Hizo crujir el cuello al moverlo de un lado a otro. Respiró hondo. Recordó a su madre, parada como si fuera una estaca en medio de un campo de trigo, toda luz y rectitud: «Si eres una guardia de verdad, tu vida dejará de ser tuya; y si no quieres ser una guardia de verdad, no vuelvas a verme». Por eso hacía tanto que no la visitaba. Su madre lo sabría. La miraría y lo sabría, y empezarían una charla sobre dónde se había perdido, en qué momento había abandonado la fe en el Imperio, en qué punto había decidido que no quería ser quien había dicho desde niña.
Pero tenía una respuesta muy buena para todo eso.
«Una guardia es para la Emperatriz».
Cogió la espada que había dejado al lado de la puerta, se la colocó en la funda de la cintura, y salió también de la habitación rumbo a los jardines traseros. Había una enorme mesa hecha con tablones reciclados de madera en el centro, los bancos a los lados de la misma elaboración. Los cuencos con frutas surgían por doquier, en diferentes tamaños, y las bandejas con pequeñas piezas de cazase colocaban entre medias. Había jarras de un líquido rosado, vasos vacíos y llenos por todas partes, y un millón de flores.
Un campo sembrado en rojos y amarillos florecía cerca de la zona. Había varios niños jugando cerca, subiéndose a los árboles que bordeaban el templo, o amenazando a alguien con llevarlo al lago que brillaba a unos pasos. La brisa se había templado con la caída de la tarde, por lo que todo resultaba agradable. Incluso como si estuviera medido, estudiado para serlo.
Dos niñas se le acercaron corriendo y se le enredaron entre las piernas. Una tiró de su panta antes de que le diera tiempo a elaborar una queja. La tenía tan mal colocada que se le cayó al instante. La Segunda Hija que estaba al frente del lugar, Vira, se acercó con la intención de socorrerla, con una sonrisa de disculpas. A su lado iba el crío desgarbado que había fingido ser un fantasma. Llevaba un ramo de flores inmenso entre los brazos, todo rojo y amarillo, los colores del Imperio.
Titiana apretó los labios, sin saber bien qué decir, cuando el niño se lo ofreció. Tenía un gesto inocente de verdad.
—No hacía falta —ofreció finalmente cuando vio que las niñas también la miraban con anhelo. Observó las flores y procuró no estropearlas mientras las acomodaba en los brazos, sintiéndose muy torpe—. Son… muy bonitas.
—Las plantamos nosotras —anunció una de las niñas, ufana—. Sin Naturaleza.
—Enseñamos a los pupilos desde antes de que se consagren a hacer cosas por su cuenta, sin requerir de intervenciones divinas —explicó Vira. Le pasó una mano por la cabeza a los críos—. Nunca se sabe cuándo hará falta tener más talentos que los que nos dan.
Podrían enseñarles a no plantar flores, sino trigo. Se guardó el comentario lo más hondo posible. Hubo un tiempo en que de verdad respetaba todo cuanto hacían las Segundas Hijas, en que las temía y las veneraba igual que muchas personas. Cada día le resultaba más difícil y, sin embargo, había un deje amargo en ello, en vez de claridad. Supuso que a eso se refería Juven con que era triste dejar de tener fe.
—Siéntate con nosotras —le pidió una de las niñas, la que le había quitado la panta. Tenía una sonrisa de hoyuelos difícil de resistir—. Por favor.
Echó un vistazo al resto de las guardias. Juven y Giove estaban charlando con otro grupo, mientras que Silva se había apartado para escuchar a Quinta con suma atención, aunque de vez en cuando echaba un vistazo a su alrededor para comprobar que nadie se salía del papel. Vio a la Primera Dama con Maira, sentadas a la orilla del lago; parecían ajenas al resto del movimiento.
Suspiró. Dejó que la cría de los hoyuelos la llevara hasta uno de los bancos. Al final, una de las comandantes de la expedición se hinchaba los carrillos e inclinó la cabeza al verla, como dándole su visto bueno. Procuró sonreírle a Vira cuando esta le acercó un plato con diversas variedades de comida.
Cogió un trozo de naranja. La otra niña, que se había parapetado a su derecha, le hundió un dedo en el brazo mientras lo doblaba para llevarse la comida a la boca.
—¿Por qué eres tan grande?
—Ah… —Parpadeó, procurando contener la risa y no atragantarse—. Porque hago mucho ejercicio.
—¿Subes a los árboles?
—Ah, no. Eso no.
—¿Nadas en un lago?
—Tampoco.
La niña entornó los ojos, increíblemente seria.
—¿Plantas patatas?
—No. Tampoco planto patatas.
—Vira…
—La guardia hace otro ejercicio —contestó la tutora, algo azorada porque molestaran a la invitada. También divertida, Titiana se lo notaba en las arrugas alrededor de la boca, que contenían la sonrisa—. Levantará… rocas y troncos de árbol. Lo que hacen los más mayores, todavía no puedes hacer eso.
—Yo también quiero ser guardia e ir a Rotas —anunció la niña de los hoyuelos—. ¿Es divertido?
—Muchísimo —aseguró Titiana. Antes de seguir, vio que Vira negaba con la cabeza—. Pero es muy difícil. En Rotas… —No sabía dónde estaba eso—. Seguro que allí hay que levantar muchas rocas. No es muy recomendable.
La tutora formó un agradecimiento con los labios, a pesar de que la protesta de los críos llegó de inmediato. Los calmó con unos cuantos sonidos y palabras en un idioma de lo más extraño. Titiana la observó con curiosidad, sin dejar de picotear lo que había en el plato. Lo cierto era que la mezcla de carne con frutas estaba rica, y le encantaría que alguien llevara a la persona de la cocina al palacio.
Los niños se cansaron de que sus protestas no llegaran a ninguna parte. Después de unas cuantas quejas más, palabras en ese idioma arcaico, y una promesa descuidada por parte de Titiana, sobre lo bien que estaba coger piedras, se alejaron corriendo. La tutora la miró entonces con cierta curiosidad.
—¿Te gustan los niños? —le soltó.
Titiana cogió aire.
—No lo tengo claro —decidió. Soltó el aire y se encogió un poco. Lo último que quería era confesiones con una Segunda Hija; había dejado de llevarlas a cabo a los quince—. Son… graciosos. A veces.
—Entiendo. —Vira amplió la sonrisa, entre amable y atenta—. Antes las guardias no tenían familia. Sé que algunas tenéis todavía esa opinión.
—Era la costumbre.
—¿Y no vas a darme tu opinión?
Si una persona establecía que lo primero de su vida era su Emperatriz, no entendía dónde habría espacio para más. El lugar en el que quedaban los hijos era lejano, ellos solo tendrían ausencias. También entendía la necesidad en ocasiones de la guardia de perpetuar un linaje en base al honor y a la gloria, como si esto no se fuera a diluir igual con la misma sangre.
Se encogió de hombros.
—Puedo entender cualquier versión —optó por la diplomacia. Se llevó otro trozo de carne a la boca y se limpió los dedos en el pantalón—. ¿De verdad que no podrán ser guardias? ¿Qué es eso de Rotas?
—Antes se creía que las Segundas Hijas solo pertenecían a los dioses, no al Imperio. Algunas todavía tenemos esa opinión —contestó Vira, muy tranquila. Ignoró la otra pregunta y le hizo un gesto—. Puedes probar la limonada. Está muy rica. La preparo yo.
—Sí… Perdona. —Dio un trago—. Muy buena.
—¿Conoces la historia de Crea y Cito? —le preguntó la Segunda Hija.
—¿La de los creadores de…? —Hizo un círculo con un dedo—. ¿El Ciclo Alto?
—Valma. Ellos dos eran todo cuanto había al principio de los tiempos. Crea solo quería crear un lugar en el que establecerse con Cito, un lugar en el que poder reposar tranquilos sobre una eternidad que era muy densa, muy oscura. Muy aburrida —señaló con una sonrisa—. Pero Cito solo quería imaginar lo que sería tener infinidad de espacios y de lugares, no quería uno solo. Y no quería formarlo, porque eso era aburrido.»Así que un día Crea y Cito se pelearon en medio de la inmensidad. Las manos de Crea golpearon la cabeza de Cito y surgió Valma. —Hizo una pausa, como si así fuera más sencillo imaginar el evento—. Era un espacio imposible: inmenso, infinito, inconmensurable. Un espacio en el que podría haber otros espacios. Así que Crea llevó a cabo la labor de crear un hogar para ella y Cito, y dio lugar al Ciclo Alto: la primera morada.
»Crea consideraba que eso era suficiente. Tenían todo cuanto podían querer, ella podía construirlo si Cito lo imaginaba con bastante ahínco. Incluso hijos —apostilló—. Los dioses de la Creación dieron a luz a la diosa del Mar, la diosa de la Naturaleza, el dios del Fuego, el dios del Aire. Pero no era suficiente para Cito. Le aburría solo un espacio, aunque fuera tan inmenso como aquel, y le aburría siempre la misma gente, tan eternos como lo era él, tan poco cambiantes…
»Así que Cito bajó del Ciclo Alto y caminó por otro de los espacios que había salido del golpe con Creta. Y sin permiso ni acuerdo, decidió sacar otra de las ideas que tenía en su mente: otro mundo, pequeño y diferente, lleno de gente que pudiera vivir y morir y cambiar. Así que lo sacó de su mente para hacer todo eso, pero el esfuerzo fue tan grande que su cabeza se quedó hueca, totalmente vacía —escenificó lo que decía con un movimiento de las manos que a Titiana le produjo un escalofrío—. Cuando sus hijos y Crea lo encontraron, el Ciclo Medio estaba ubicado en su enorme calavera y no quedaba nada más de él.
»Pero además del Ciclo Medio, con los mares y el aire y la tierra y el fuego, que había copiado de sus hijos, además de todas esas ideas que recorrían valles y montañas y lagos y ríos, estaban la Vida y la Muerte. Las dos diosas campaban por el Ciclo Medio creando y destruyendo, tal y como lo había imaginado siempre su padre. A Crea le pareció terrible —aseveró, con el tono dramático que requería siempre esa parte de la historia—, porque ella había vivido una eternidad con Cito y ya no lo tenía. Pero algunos de sus hijos encontraron aquella creación un espectáculo digno: la gran imaginación de su padre.
»Hubo discusiones atroces en Valma. Desde el Ciclo Alto hasta el Medio, todo vibraba por la rabia de Crea, por las palabras que se dedicaban todos los dioses entre sí. Llegó un punto en que la Vida y la Muerte no pudieron ignorar más aquellas discusiones, ni siquiera sus peleas tenían sentido, así que dejaron el Ciclo Medio, con toda la vida y la muerte, con todas las personas que representaban ese cambio, y fueron al Ciclo Alto. —Una nueva pausa. Una pequeña sonrisa—. Fue un error, porque estaban en el territorio de Crea, que las apresó.
»Pero Crea no había convencido a todos sus hijos, y la Naturaleza acudió en su ayuda. Cuando las liberó, les pidió que se marcharan, pero la diosa de la Muerte tenía otros planes, y se lo dijo a su hermana —explicó. Cambió la inflexión en su voz—: «Si no la enfrentamos, todo se acabará, no quedará nada de la mente de nuestro padre».
»Sin embargo, la diosa de la Vida tenía demasiado miedo de la ira de Crea. La Muerte fue sola a enfrentarse a la creadora. La cogió desprevenida, o tal vez tenía toda la fuerza del otro Creador, la historia que tenemos nunca lo cuenta. Pero la diosa de la Muerte fue capaz de derrotar a Crea en el último momento. —Dejó caer una mano sobre la mesa—. Y se la comió. Era la única manera de asegurarse de que Crea no volviera a por ellas, no siguiera empeñada en acabar con el Ciclo Medio. Se quedó en el interior de la diosa, que pasó a ser la de la Muerte y la Destrucción: la mente y la habilidad.»La diosa decidió que el Ciclo Alto cuidaría del Medio, como lo habría querido Cito al marcharse. Así los dioses vigilarían de la creación que había tenido lugar.
—Pero… —musitó Titiana.
—Pero la diosa de la Muerte y la Destrucción estaba enfadada con su hermana, por haber sido cobarde y abandonarla en el enfrentamiento contra Crea. Decidió que no podría quedarse el Ciclo Alto, pero no pensaba otorgarle el Medio —señaló con rapidez—, porque habían peleado en él durante mucho tiempo y ese recuerdo perduraba. Por lo que, magnánima, la diosa de la Muerte y la Destrucción utilizó el poder que había recogido al devorar a Crea y creó el Ciclo Bajo, adonde desterró a su hermana. A cambio, para preservar el equilibrio, le prometió que ningún dios pisaría el Ciclo Medio.»Un trato justo, puesto que la vida no es para siempre, Cito así lo había decidido, y de esa manera podría controlarla mejor. O eso creía —musitó, en una nota final afilada. Amplió la sonrisa—. La diosa de la Vida creó pactos con otros dioses que fueron naciendo, diseñó formas crueles de alterar el equilibrio…. Por eso llegó un momento en que los dioses del Ciclo Alto aceptaron el pacto con los Rosa.
—¿Y por eso al final la diosa de la Muerte y la Destrucción también decidió que su presencia era necesaria aquí?
Vira inclinó la cabeza, sin llegar a afirmar ni negar aquello.
—Lo que quería decir es que las Segundas Hijas atienden a una guerra muy larga, eterna —sentenció la tutora— y que va más allá del Imperio y de la protección que necesite este. Por eso no pueden ser guardias. Pero por eso también nos parece bien que también las haya para proteger a la Primera Dama: toda ayuda es necesaria. Ella tiene que arreglar este mundo, es la única solución que existe en una guerra que, de lo contario, acabará con el Ciclo Medio.
—Ya… —Titiana notó la garganta seca. En algún momento se le había acabado la limonada—. Pero es una guerra eterna, ¿no? Hace… una eternidad —repitió— que se lleva a cabo. Los dioses contra otros dioses contra otros dioses… Nosotros en medio. Sé el peligro —se adelantó—. Solo estoy diciendo que…
—¿Que por qué ahora?
—Sí. —Encogió un hombro. O tal vez por qué le contaba esa historia que se les narraba a los niños en el colegio.
—Los dioses son eternos, Titiana. Las guerras no. El Ciclo Medio, no: se formó en la calavera del primer dios.
Vira se levantó del banco y se acercó a ella. Le dio una palmada en la espalda, la que debía de haber reservado desde que la vio atragantarse. Después hizo que la jarra de limonada empezara a llenarse de nuevo salida de la nada.
—Protege a nuestra Primera Dama, guardia —le dijo, en un susurro—. Es un error enfrentarte a ella. Pero no por ti: por todos los demás..
