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Rosi Legido es periodista y autora de Escondidas en el cine: censura y personajes sáficos, que analiza las representaciones sáficas latentes en el cine del siglo XX.

 

Diversas … aunque no lo crean

La importancia de las etiquetas lo es en cuanto a que estas sirven para definirse, identificarse e, incluso, autoafirmarse; porque ¿cómo puede defenderse o reivindicarse cualquier asunto si es desconocido? Pero sucede que, a veces, casi siempre, también se utilizan para encasillar. A quienes no son capaces de interesarse por una cuestión si no les afecta de manera personal, les resulta más cómodo eso de generalizar y basarse en estereotipos, por muy anticuados que estén. Y eso es precisamente lo que a veces pasa aún hoy en día con la comunidad LGTBI, a la que le acompañan unos estereotipos que huelen a naftalina.

El desconocimiento de la diversidad lésbica, ha llevado y lleva todavía a muchas personas a creer que existen solo dos tipos de mujeres lesbianas, las butch (asociadas a características de masculinidad) y las femme (asociadas a las de feminidad); con respecto a las bisexuales, probablemente ni se lo planteen. Es más, quizás únicamente crean que solo hay una tipología lésbica, la “masculina”, ya que abunda la idea de que la otra, la que “no lo parece”, quizás pase por una fase experimental, esté confundida, despechada o haya sido abducida por una lesbiana butch como si de un alienígena se tratase. Te mira a los ojos, te echa un hechizo de los suyos y automáticamente te tiene en el bote. Son todos esos prejuicios los que crean la falsa idea del binarismo lésbico y potencian la visibilidad de la que siempre han llamado despectivamente “marimacho”.

El medio audiovisual es responsable de la visibilidad, cada vez mayor, de las mujeres lesbianas y bisexuales, pero también de sus clichés, esos que se instalan en la memoria colectiva y hacen creer a la sociedad que únicamente existe un modo de ser una mujer homosexual frente a las múltiples posibilidades de las heterosexuales. Los mismos que, ante una mujer que se define como lesbiana y no les cuadra en sus esquemas, comentan la tan trillada frase: “Pues no lo aparenta”. Además de eso, la mujer lesbiana despierta mucha curiosidad. Tiene que someterse a preguntas exclusivas acerca de su condición sexual. Es a ella a quien se le pregunta desde cuándo le gustan las mujeres o si nunca ha tenido novio; pero, en cambio, a una heterosexual no se le cuestiona si alguna vez tuvo novia o cuánto hace que le atraen los hombres. Y lo mismo sucede con la transexualidad, porque al niño o la niña cis nunca se le pone en duda su identidad; pero la cosa cambia si se trata de un menor trans. Pareciera que se tiene seguridad de lo que se es, siempre y cuando se cumplan las normas de un sistema cisheteronormativo, porque todo lo demás será siempre cuestionable.

Los medios de comunicación, la pequeña y gran pantalla y también internet pueden contribuir a la normalización de este aspecto; las mujeres han sido y son discriminadas por su género y por su orientación sexual y sometidas a la mirada masculina sexualizada en la ficción, y por ello es tan importante la presencia de mujeres cineastas o guionistas que aporten su visión.

Pero en el siglo xx estos prejuicios estaban aún más acentuados y la censura en el cine campaba a sus anchas y obligaba a los creadores a valerse de artimañas y estereotipos para incluir a las lesbianas, útiles para reconocerse en el subtexto, pero también echaba mano de algunos clichés verdaderamente dañinos, porque la meta no debería ser solo la representación, sino representar bien. Efectivamente, a lo largo de la historia del cine se suce­de una fuente inagotable de personajes sáficos que responden a clichés identificativos según las épocas. Están las mujeres que se visten de hombre, en lo que parece ser más una burla que una insinuación de deseo homoerótico, las depravadas y asesinas, las adúlteras y mentirosas, las enfermas, prostitutas y alcohólicas, las que responden a un arquetipo de deseo del varón heterosexual y también aquellas que camuflan de amis­tad una relación amorosa. Algunas películas abordaban el tema con cierta sutileza y ambigüedad, pero las palabras «homosexualidad» o «lesbiana» jamás se pronunciaban. Se aprendía a reconocer a las lesbianas dentro de la marginalidad, y crecer con esos referentes le hacía vivir a cualquiera con la constante mea culpa.

Un amor, el lésbico, condenado en la vida real y, del mismo modo, prohibido en la ficción. Representaciones a medias, ne­gativas y siempre ligadas a la influencia conservadora del Estado o la Iglesia. Personajes femeninos de dudosa sexualidad censu­rados hasta que no quedase ni rastro en la pantalla, ¿o tal vez sí? Precisamente en Escondidas en el cine se pueden encontrar las sombras y algunas luces de este tipo de representaciones latentes en el cine del siglo XX.

Rosi Legido

 

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