XIII. Gerbera blanca: Nuevo comienzo
En la puerta del colegio se amontonaron chicos, hombres, mujeres, ancianos, profesores con hojas que mencionaban los cursos asignados, el portero con una escoba sobre el pecho y la mirada divertida entre tantos niños. Se llenó de olor a chocolate y saliva, a pelo húmedo y lágrimas. Algunos nenes enfilaron rápidamente, otros lloraron y se sujetaron de las remeras de sus mamás mientras ellas les prometían que iban a volver. Tanto griterío, tantas voces de adultos y nenes entremezcladas me hicieron sentir viva. Cómo me gustaba sentirme viva. Supuse que eran de esos momentos que uno después recuerda y recuerda y cree que así los va a exprimir hasta volverlos un recuerdo común, pero no. Nunca se agota.
Mateo, por suerte, estaba contento. Por suerte no, sino por Azul. Ella se le acercó y le dijo:
—¿Querés pintar cuadernos y jugar con chicos nuevos a correr sin que mamá te rete porque es un monoambiente?
No hizo falta nada más. Ahora Mateo miraba a los otros chicos con los ojos tan abiertos que pensé que se le iban a salir; con una mano agarraba la de Azul y con la otra, la mía. En un momento comenzó a aplaudir de la emoción, y Aiz se rio.
Emmanuel, Helena y papá también aparecieron. Fue un poco después de haber llegado nosotras. Se pusieron a un costado, saludaron a Mateo con un beso y Emma, luego, se arrodilló y habló con él. Yo a todo esto le señalaba a Azul el edificio: las paredes de piedra, las ventanas circulares, los mosaicos, la puerta de madera. «¿No es una belleza?» repetía, y Azul asentía con los brazos cruzados y una expresión de seriedad profesional.
Al rato aparecieron otras personas que no me esperé, ni me imaginé, pero que me alegraron el día. Por un lado, Rafaela. Me dijo «a ese chico lo quiero como a un sobrino». Me trajo un regalo: un peine para los piojos. No pensé que fuera necesario hasta que lo tuve en las manos. También apareció la tía Bebi: la vi cruzando la calle, con la mirada en la cartera y las manos tirando las cosas hasta que encontró su celular y nos sacó una foto. «¿La puedo encuadrar?», me preguntó, a lo que yo le contesté que sí, a lo que Azul le contestó que no fuera ridícula.
Cuando por fin sonó la campana, Mateo se enfiló directo hacia la señorita que alzaba un cartel amarillo. Verlo desde atrás, caminando con pasos cortitos y seguros, lentos, por el camino de piedra, y las manos sujetando la mochila de Barbie que debía de pesar una barbaridad con la cantidad de comida que llevaba; con el olor a chocolate y flores y a nosotras, porque Mateo olía a nosotras; y el pelito aplastado hacia atrás. Al verlo así me dieron ganas de llorar. Y lloré. Me lo merecía.
En el colectivo, antes de que Azul se bajara en la parada de su facultad, me dijo:
—La tía cambió los horarios.
—¿Eh?
—Sí, ahora entro una hora después.
—¿Ah, sí? ¿Qué días?
—Genial —dije.
٭٭٭
Una vez, Mateo señaló las flores del jacarandá y dijo «azul». En realidad, no eran azules. Pero no podía decirle exactamente qué color eran, porque ni siquiera internet lo tenía claro.
En una página decía «entre lila y celeste».
En otra, «violeta azulado» o «azul violáceo». ¿Era lo mismo?
O simplemente violeta. Parecía la opción más cerca entre todos los colores propuestos.
Pero a medida que se acercó el otoño y el jacarandá delante del monoambiente fue perdiendo hojas hasta quedar alguna que otra de color verde, me sentí un poco reflejada en ese árbol. Ahora que ya no pintaba las calles con sus flores, nadie lo miraba. Era un árbol más. Pero yo lo recordaba en su momento de gloria, y verlo con esa forma tan deprimente, sin brillo, sin importancia, me bajoneó. A diferencia de las plantas, las personas podíamos terminar con el ciclo de brillo y entusiasmo, dejar de florecer, para volvernos seres aburridos, sin proyectos, sin sueños, que ven pasar los días. Como si fuéramos un árbol de jacarandá en un otoño continuo.
Entonces, ¿de qué color eran sus flores? ¿Existía un nombre preciso, como algún número de RGB o Pantone, o simplemente se sabía cuando lo veías?
En una de esas tardes igual a las anteriores (y a las que vendrían), hastiada de mi monotonía, busqué sobre el jacarandá en internet y me apareció la canción de María Elena Walsh. Ahora que la escuchaba, tenía la sensación de conocerla de antes, como con todas las canciones de María Elena Walsh. Canción del jacarandá, se llamaba.
Si en la vereda encuentras muchas flores en color celeste, seguro que se le cayeron a este árbol, en la canción del jacarandá.
¿Es celeste, entonces?
Al este y al oeste,
llueve y lloverá
una flor y otra flor celeste
del jacarandá.
No me terminaba de convencer. Me sentí estafada hasta que escuché el siguiente verso:
El cielo en la vereda
dibujado está.
El cielo. Eso era. Porque tal vez no se trataba de encontrar el nombre de su color, sino la metáfora que demostrara cómo se siente al verlo.
O mejor: ¿Cuál era la metáfora de cómo me quería sentir? Así por lo menos podría buscar alguna solución.
En ese momento, llegó Azul. Me saludó rápido y fue directo hacia el placar.
—Acabás de volver del trabajo, ¿qué vas a hacer? —le pregunté, entrando rápido al monoambiente.
Azul caminó hasta el baño con una muda de ropa: top negro, short, zapatillas deportivas. A través de la ventana entraba el viento nocturno de verano que se sentía pesado. Mateo dormía sobre la almohada, con la tele en el canal de dibujos a un volumen bajo. El pijama azul se le deslizaba por las piernas, y la panza, al descubierto, apuntaba el techo y formaba una curva esponjosa, dulce como todas las panzas de los bebés.
—Tengo que aprovechar este momento para salir a correr, si no, después no puedo.
—Tenés razón. —Traté de sonar convencida. La cuestión es que me empezó a doler el pecho—. Me parece que me voy a dormir.
—¿A las nueve? —Sus ojos celestes reflejaron lástima.
—Hoy hice de todo. No doy más.
Aquella tarde, Helena me había mandado audios quejándose de no ver nunca a su nieto y, luego, me envió un «te amo». Y con solo acordarme me entró un dolor de cabeza casi tan rápido y doloroso que no me dio tiempo para pensar en nada más.
—¿Querés salir a correr conmigo? —me preguntó. Se acercó sutilmente.
—Ni loca. No hago ejercicio desde que dejé el colegio.
—Podemos intentar.
—Te voy a retrasar. Además, estoy cansada. Cansada y agotada y me quiero dormir. Dentro de poco es el cumpleaños de Mateo y me tengo que ir para esa casa insufrible. Me tengo que mentalizar.
—¿Estás segura de que querés ir?
—¿Estoy segura de que quiero cenar con una vieja loca que me putea por mensajes y que después se hace la que está todo bien? ¿O si quiero cenar con mi exnovio que se cansó de probar clítoris ajenos? No sé. Dejame pensar —susurré, tan lejos de Mateo como pude.
—Igual no creo que sepa dónde queda el clítoris.
—Yo tampoco. —Hice una mueca y me acosté junto a Mateo.
—Mamá —me llamó, aunque lo tenía junto a mí—. La casa roja. —Señaló la pantalla del televisor.
—Sí, amor. La casa es roja —bufé.
El viento movió las cortinas en una onda suave y yo giré la cabeza hacia la ventana; allá, del otro lado, las luces amarillas de los faroles en la calle proyectaban las sombras de las plantas del balcón.
Por un momento escuché los pasos de Azul acercándose. Después, dio media vuelta y se fue.
Yo me quedé dormida a pesar de no estar cansada, y eso me provocó dolor de cabeza al día siguiente. Dicen que si dormís de más es como dar una vuelta vertical y no parar cuando tenés que hacerlo; es seguir y golpearte, no por no llegar, sino por pasarte. Me lo dijo María y me quedó grabado.
A eso de las tres de la mañana, los ronquidos de Azul me despertaron. Mateo dormía entre nosotras dos, bocarriba y chupándose una mano. La tele se había quedado prendida; la ventana, abierta. Entraba un frío que enmudecía los olores de las flores y movía los apuntes sobre la mesa. Me levanté rápido, entre consciente e inconsciente, con la idea de cerrar la ventana y tapar todavía más a Mate. No me parecía mal que estuviera ahí, entre nosotras. El pediatra me había advertido de la necesidad de alejarlo, de darle su espacio en su cuna. Pero ahí, entre nosotras, parecía la imagen que habitaba mi cabeza con regularidad, la fotografía de una familia. Azul era mi familia también y, entonces, noté que ya no imaginaba a Emmanuel en su lugar. Aiz así, como estaba, era parte única e irreemplazable de la foto.
٭٭٭
Ramiro tocó bocina tres veces; desde el balcón se escucharon los sonidos agudos y afónicos. Yo corría por toda la cocina mientras Mate jugaba con un Playmobil. Apenas comenzaba a oscurecerse y las estrellas empezaron a aparecer como puntos entre pinceladas de nubes celestes. Hacía frío. Bajé con Mateo entre brazos; colgado de un hombro sostenía la mochila con la comida y los regalos. También alguna que otra ensalada, porque Helena y Rosario estaban a dieta; una carne asada con papas fritas para mi papá y que tuve que cocinar a escondidas de Azul. Por donde caminaba dejaba el olor a jugo de carne, ajo y queso.
Solo la idea de cocinar algo rico me levantó un poco el ánimo. Porque cuando me llegó el mensaje de Helena, una semana atrás, no sentí otra cosa que un gusto seco y salado en la boca, la garganta fría y el resto del cuerpo entumecido, como dormido. El mensaje decía así: «Hola, amorcito. Hola, mi amor».
Jamás me había dicho amorcito. Solo cuando se sentía culpable. Otra vez: «Hola, amorcito. Quise llamarte un par de veces, pero nunca me contestaste».
El par de veces se traducía a cuarenta y tres, en total. Las había contado una tarde mientras Mateo abría la puerta del baño y se reía de cómo Azul se pasaba la gillette por las piernas.
«Te quería contar que la tía pasó a saludarnos y preguntó por vos. ¡No lo podía creer cuando le conté que te habías independizado!».
Nunca estuve tan lejos de estar independizada. Además, ese agregado: no lo podía creer, ¿por qué no lo podía creer? Tenía veintiún años, no quince.
«No le iba a decir que estás viviendo con una chica, lejos de tu novio. Así que no te preocupes».
En ningún momento me hubiera preocupado porque ¡no era un problema!
«Te extrañamos mucho. Llamame cuando puedas».
Siempre podía. Nunca quería. Le faltaba entender eso. El segundo mensaje lo siguió a este, pero con un día de diferencia.
«Mi amor, ¿cómo estás? ¿Por casualidad tenés el número de esa pizzería que pedimos siempre?».
Le contesté con el número y la conversación no siguió más. Pero supe que había cumplido su objetivo: saber si yo leía sus mensajes o no. Su insistencia continuó todos los días, a cada hora; me mandaba vídeos graciosos, otros quejándose del gobierno, unos de perros y gatos, y consejos para que los nenes coman verdura sin escupirla.
En la misma semana que todo esto comenzó, Emmanuel y yo tuvimos una llamada. Azul me había ayudado a llegar a la conclusión de que no podía vivir peleada con mi exnovio. Nuestro hijo estaba en el medio y eso nos obligaba a interactuar de la manera más pacífica posible por el bien de Mateo. Después de esa llamada (que comencé yo, que lo sorprendió a él), quedamos en que unos días a la semana se lo iba a dar y viceversa; le conté las nuevas palabras que había aprendido y cómo le estábamos enseñando (cómo Azul le estaba enseñando) inglés. Creí escucharlo suspirar cuando hablé en plural.
Las llamadas se intensificaron hasta tal punto que no pasaba un día sin que Emmanuel me contactara, y yo a él. Hacíamos videollamada para que viera a su hijo. Hablaban un rato y listo.
El mensaje que tanto me preocupó y que no me dejó dormir, y la razón por la que me estaba subiendo al remís de Ramiro, fue este:
«Hola, mi amor. Mañana es el cumple de Matu y quería saber si podíamos pasarlo en familia, papá, Rosario, vos y yo, una cena familiar. Queremos estar juntitos, tres años no se cumplen todos los días!!!».
Y mientras recordaba esa última parte de la conversación, subía con ayuda de Ramiro; sujetó las bolsas y después me cerró la puerta, no sin antes echarle un vistazo a la carne asada con ansia. Cada vez que lo tenía cerca me invadía otra vez el aroma del cigarrillo rancio y alcohol; pero ese auto ya no me ocasionaba ganas de salir corriendo. Capaz había hecho un bien a los porteños y lo había mandado a lavar.
En el transcurso del viaje, hablamos poco y nada. No me dijo en ningún momento «nena» y, en cambio, se portó más educado que de costumbre. Tendría que haberme dado cuenta de que ese día iba a ser diferente. Íbamos abrigados: yo con una polera, un buzo y una campera; él, con una gorra de lana. Los días iban haciéndose más fríos. Cuando cerré la puerta después de bajar, me gritó a través de la ventana abierta del acompañante:
—Llamame cuando tengas que volver.
—¿Qué?
El motor del auto estaba encendido y las balizas emitían su sonido regular y agudo. El resto de la calle estaba en silencio.
—Que me llames para volver —repitió.
—No tengo plata.
—No importa.
Puso primera y se fue, dejándome con media oración en la garganta. No había fijado un presupuesto para volver porque mamá me había asegurado que me llevaría de vuelta, pero no estaba de más tener un plan B. Aunque ir con esa mentalidad era ir mal predispuesta. Tenía que darle una oportunidad a esa vida, que tuve y que cambió. Capaz ellos habían hecho lo mismo y habían cambiado. Capaz podíamos ser una familia funcional.
Cuando toqué el timbre, después de unos minutos, bajó Helena con Rosario pisándole los talones. Las dos abrieron los ojos y gritaron «¡feliz cumpleaños!» mientras alzaban los brazos. Mamá le dejó una marca de besos rojos por todo el cachete y Mateo se apartó con las manos; tuve que hacer fuerza para no sonreír. No supe si lo notaron en el momento o después, pero verlas me causó una pesadez que me recorrió toda la espalda y se atisbó en mi cara. Como si hubiera trabajado durante días sin parar, como si me hubiera convertido en Azul cualquier día de la semana. Las miraba y me quería ir a dormir.
Cruzamos la puerta del edificio y llegamos a mi antiguo departamento. El piso relucía por las baldosas blancas y en las esquinas habían colgado globos de helio azules y un cartel que cruzaba de pared a pared: decía «Feliz cumpleaños, Matu». Nadie le decía Matu. Ni ellas. Cuando vi el orden de las fotografías sobre el mueble, la cocina brillante, la alfombra sin un pelo y la ropa sutilmente doblada sobre el cajón de ropa para planchar, me di cuenta de que nadie había estado viviendo ahí realmente. Todos encontraban la manera de irse, como yo. Pero noté también que no estaban los cuadros de Emmanuel: uno en el que festejábamos mi cumpleaños de quince; otro cuando nació Mateo; el tercero, el favorito de Emma, cuando nos fuimos de viaje a Disney. Al fin, pensé. Al fin se había ido.
Entré con la sensación de que me había perdido de algo, de que no conocía del todo ese lugar porque lo habían cambiado. Traté de encontrar la diferencia. Me despabilé cuando papá se acercó y me saludó con un beso. Me raspó con la barba blanca. Hace cuánto no lo veía, pensé; casi me había olvidado lo arrugada que tenía la cara y lo dolorosos que eran sus abrazos. Y jugó lo mínimo e indispensable con Mateo. Tenía el aroma invasivo que mamá importaba solo para él, y usaba la camisa negra de trabajo que parecía que no se sacaba por nada, cuando en realidad tenía once iguales. Mamá se las había comprado también.
—Hicimos… mirá, Matu, trajimos toda esta comida. —Helena entró al comedor y atrás la seguí yo. Matu ni le prestaba atención; en cambio buscaba impaciente los regalos con la mirada—. Ensaladas, pollo al disco. ¿Vos qué trajiste? No me digas que…
—No es nada. —Saqué de la bolsa la carne asada y la ensalada. A mamá le brillaron los ojos—. Pensé que…
—Vení, vení, dejalo acá. Huele muy rico. Huele muy bien. ¿Cómo lo hiciste? Después mandame la receta. —Helena apoyó la bandeja en el centro de la mesa y le hizo una señal a Rosario para que se sentara.
También estaba el novio de Rosario, ese que nunca me acordaba de cómo se llamaba. Nos sentamos en esa mesa larga, con mantel blanco y lleno de copas altas y bebidas saborizadas; en los cuencos había pan blanco y negro, una picada con todo tipo de jamones y quesos; y un pan de ajo gigante que papá compraba para él únicamente. Mamá le sirvió primero a papá, después al novio de Rosario, después a mí y por último a Rosario.
Mamá empezó a preguntarme qué había hecho hasta la fecha, seguro en su afán de sacarme alguna palabra; yo respondí con cosas simples, aburridas, que ella escuchó con las manos entrelazadas y la cabeza apuntándome solo a mí. Justo escuché que Rosario mencionó algo de unos muebles, una casa. «¿Te mudás?», le pregunté a mi hermana, y ella asintió con los ojitos entusiasmados y los hoyuelos en cada cachete. «Capaz en seis meses, o un poco más; el edificio todavía está en construcción». Y a partir de ese momento hablamos del edificio, que quedaba cerca del Obelisco, y la cantidad de amenities y salas comunes que tenía. Papá la ayudaría a financiar la compra de los muebles mientras que el novio pagaba las cuentas. Rosario me mostró la lista en el celular con la cantidad de cosas que tenía pensado comprar: una licuadora, un juego de vasos redondos de vidrio, lámparas que se activaban con aplausos, un colchón king size que encontró el novio en descuento y una heladera que tenía casi las mismas funciones que un celular. Con cada cosa que me señaló, le cambió la voz a un tono más agudo y las palabras salieron con más rapidez, con más detalles y una descripción de dónde los iba a poner. Me mostró los planos del departamento y dijo «es el amor de mi vida», haciendo referencia al balcón.
—Azul tiene un balcón también —dije—. Está lleno de flores. No sabés qué rico olor dejan.
—¿Ah, sí? —preguntó. Al contrario de lo que me esperaba, parecía genuinamente interesada. Se inclinó hacia mí—. ¿Qué flores son? Porque iba a comprar artificiales, pero todas las que vi son feas. Aparte dentro de poco comienza el invierno y se mueren todas.
—No. —Negué con la cabeza—. Si las cuidás bien, no se mueren nunca. Azul tiene muchas macetas adentro, también. Pero afuera algunas regaderas y…
—¿Te sirvo más? —Mamá se acercó con la bandeja con mi carne; más de la mitad se la había colocado a papá en su bandeja, y ahora casi todo eran cáscaras de papas con jugo de carne. Asentí.
Rosario continuó mostrándome fotos; incluso se levantó de su silla, allá cerca de su novio y de papá, y se sentó al lado mío. Comió ahí el resto de la hora; me elogió el plato y la ensalada. «Te soy sincera: no me gustan las ensaladas», dijo, «pero no sé… no sé si es que la condimentaste muy bien, o qué, pero me gusta más que la carne, imaginate Yo sonreí porque no era cosa de todos los días tener a mi hermana así de abierta con sus pensamientos y la mirada ansiosa por probar mi comida, la lengua suelta por cada cosa que me comentó de la casa, el sonido de su risa cuando contaba alguna anécdota con Azul. Después mamá me dio una bolsita blanca y larga, que primero pensé que era para Mateo. Cuando la abrí, las cinco mascarillas coreanas se apilaron a un costado, y una crema para piernas y estrías con olor a jengibre y menta.
—Con Ro encontramos descuento ayer. No le digas a papá que después…
—Nos burla —completé.
«Nos burla» venía de la época en la que todas teníamos piel lisa, blanca y casi de porcelana y, a la vez, comprábamos mascarillas con especias y nos hacíamos limpieza de cutis una vez a la semana, todos los sábados, casi religiosamente. Éramos solo las tres. Papá no lo entendía, no lo podía entender, porque no veía más allá de los hechos y no captaba la excusa para pasar tiempo juntas; para él éramos unas obsesionadas con defectos que no teníamos. Entonces cruzaba la sala, nos veía sentadas delante del sillón con las mascarillas puestas y el cronómetro en la cocina marcando los quince minutos restantes, y se reía de nosotras en voz alta, negaba con la cabeza y nos llamaba «locas». De ahí quedó. Ahí había vuelto.
Y con la bolsa apoyada contra mi pie, Rosario hablándome de que el marrón estaba de moda para pintar las paredes de los dormitorios, Helena contándome de la pelea que tuvo con la vecina porque hacía fiestas los fines de semana, papá mirándome desde la otra punta y haciendo preguntas exclusivamente sobre mí: en ese centro yo, por un momento, sentí tranquilidad. El aroma a comida caliente y los perfumes importados y la limpieza exagerada, todo me conducía a ellos con alegría. Apoyé el cachete contra una mano y escuché a mamá, durante casi media hora, relatarme su viaje a Miami con una sonrisa. Me reí cuando habló de los pelos de la vecina. Papá se acercó, en un momento, y me sujetó de los hombros. Era momentáneo: quería hablar con mamá y justo pasó por detrás de mí. Pero hacía tanto tiempo que no sentía su tacto que casi le iba a pedir que me abrazara. Helena acompañó a Mateo al baño mientras yo probaba el bombón suizo que trajo el novio de Rosario. Todo iba bien.
—¿Y los regalos? —preguntó Mateo, en un momento. Tenía la comisura de los labios manchados con chocolate y dulce de leche; la crema se le esparció por toda la camisa. Ni con un pañuelo mojado pude sacarle el manchón.
—¡Uy! Acá, mi amor, acá. —Helena se levantó de la silla con apuro, y sujetó a Mateo de la mano. Ambos caminaron hasta mi pieza. La que había sido mi pieza.
Yo lo seguí. Los regalos a Mateo eran el sueño de la población infantil; eran esas publicidades que pasaban por la tele, en la que los chicos juegan y se divierten entre ellos; esos juguetes que valen una fortuna y que no se usan más de diez veces. Con Azul nos habíamos acostumbrado a complacerlo con cosas más chiquitas, como un cuaderno para dibujar, juguetes de tela y bloques.
Cuando entramos a mi habitación, las cortinas estaban cerradas y apenas entraba la luz exterior suficiente para alumbrar las cuatro bolsas enormes sobre la cama: cada una debía pesar cinco kilos. En la primera, Mateo encontró el modelo de un Mercedes versión chica; en la segunda, jeans, remeras, camisas y un par de zapatillas (las cuales probamos y vimos que no le entraban); en la tercera, un juego de cartas coloridas; en la cuarta, un tren eléctrico.
Mientras Helena jugaba con el tren eléctrico y Mateo lo perseguía por toda la habitación, ambos reían y aplaudían, y yo parada de brazos cruzados; se me ocurrió girar la cabeza y mirar hacia mi placar. Unos colores me llamaron la atención. No tendría que haberlo hecho. Oscilaba entre el blanco y el negro, no eran llamativos. Tal vez era mi instinto, esa sensación que me acompañaba desde que alcancé el picaporte de la casa, que algo había cambiado pero no. Que me estaba perdiendo de algo. Pero cuando giré la cabeza por casualidad y me encontré con esos colores, un impulso hizo que arrastrara los pies hacia lo inevitable. Hacia el placar. Me acerqué caminando, con la mirada de Helena a mis espaldas. Y a medida que avanzaba, el cuerpo me pesaba más y más y cada vez más. La sonrisa se me borró y sentí los cachetes calientes y fríos a la vez. A esas cosas, Azul las llamaba «el airbag del inconsciente»: cuando el inconsciente sabe lo que va a pasar, pero tu yo consciente no del todo. Mi cuerpo y mi mente se preparaban para eso y yo abría el airbag incluso antes de estrellarme contra algo. Me pareció lindo e igualmente trágico.
Empecé a negar con la cabeza antes de entrar al placar. Cuando crucé la puerta, las luces estaban apagadas y a través de la ventana entraban haces de luz lunar. Ya para entonces el corazón me latía con más rapidez.
Entonces prendí el interruptor que se encontraba a mi derecha.
—Mami —le dije. Ella escuchó el tumulto de mi voz, y se acercó con miedo. Me giré y le sonreí—. ¿Por qué están las cosas de Emmanuel?
—Hablamos con él. Nos dijo. —Helena buscó las palabras mientras se frotó las manos—. Nos dijo que se llamaban todos los días y que habían vuelto. Por eso no lo eché. Es el padre de tu hijo, de mi nieto. ¿Por qué lo iba a echar?
Por qué lo iba a echar. Lo echarías porque no estamos más juntos, porque me engañó, y no sé si sabés lo que significa que alguien te engañe o capaz te lo tengo que explicar con dibujitos, porque parece que preferís guardar apariencias y que nadie te juzgue por lo mala madre que sos en vez de hacer las cosas bien, hacerlas bien una vez, y poner a tu hija por sobre los demás, por sobre el estúpido de Emmanuel, que encima te mintió y decidiste creerle a él en vez de al mensaje que mandé cuando cortamos, ese que decía que no iba a volver, que era definitivo, porque le creíste a él otra vez, otra vez, otra vez.
Tragué saliva y de a poco los ojos se me empezaron a humedecer y la garganta a secar. El airbag. Ahora no: ahora me había estrellado. Y mientras apartaba la vista, traté de evitar que las lágrimas me cayeran como una cascada caliente sobre los cachetes rojos y traté, también, de ser menos ilusa y dejar de creer que ellos iban a cambiar. Ella me vio llorar en silencio mientras yo me secaba la nariz con una manga. Hacía tanto frío que no lo podía soportar.
—No es para tanto, ¿por qué llorás? —Me miró con el ceño fruncido, con los brazos cruzados—. No pasó nada grave. Si ustedes siempre vuelven.
—Esta vez…
—Esta vez ¿qué? No seas dramática. Al pedo llorás. ¿Qué son esos mocos? ¿Sos Mateo ahora? Dejá de llorar.
Se acercó para limpiarme las lágrimas y la aparté de un empujón. Ella se balanceó hacia atrás y se agarró del perchero para no caerse. Me miró, con los ojos abiertos del espanto.
—Sos una agresiva, ¿cómo me vas a empujar así? ¿Eso le hacés al nene también?
Cuando crucé el comedor otra vez, ninguno me miró. Ni papá, ni Rosario, ni el novio de Rosario. Como si hubieran sabido que todo era una farsa y sintieran culpa de girarse y aceptarlo, encontrarse con el desastre que estaba hecha y reconocer: «Es nuestra culpa». Solo mamá me siguió hasta la puerta, mientras que yo tiraba de Mateo; Mateo que lloraba por los juguetes que dejábamos atrás y por el griterío entre Helena y yo. Pero, sobre todo, lloraba porque me sangraba la nariz.
Marqué el número de Ramiro y él me contestó. No tuve que decir nada. Simplemente dijo: «Estoy yendo». Y para cuando había bajado del ascensor, su auto me esperaba en la puerta y él junto a la puerta del acompañante, abierta.
Helena, detrás de mí, lloraba. Me pedía que no me fuera. Pero me miraba enojada, como si le afectara más en el ego que en el corazón; que yo hiciera lo que quisiese a pesar de sus deseos: eso le dolía en realidad.
Dejé la bolsa y Ramiro la recogió y la metió en el auto. Me di media vuelta y la miré a los ojos. Helena frenó.
Las palabras me provocaron un repentino estrujamiento en el estómago cuando Helena me miró y comprendí que mi voz la atravesó y la partió a la mitad. De pronto parecía diez años más grande y cierto brillo en sus ojos se apagó. Le temblaba la mano derecha cuando se secó una lágrima. Y yo, sin regresar a mirar en ningún momento, entré al auto de Ramiro y le dije de ir a casa.
Mateo lloraba; el cielo también. Una hilera de nubes negras tapó la noche y la volvió más noche, y yo, desde la ventana, vi las lágrimas caer por el vidrio en una carrera hacia el asfalto. Cuando el auto frenó, noté la figura de Azul bajo la lluvia, esperándome del otro lado.
٭٭٭
—¿Querés?
Me alzó el plato con las galletitas. Rechacé con la cabeza.
—Agua, agua sí. Porque si no, te va a doler la cabeza. —Apoyó una botella en la mesita de luz.
Su sombra iba de acá para allá. Cerró las cortinas, pero dejó abierta la puerta; entraba el aire húmedo y el ruido de las gotas contra el asfalto, ya que estábamos en el primer piso. Si hubiera tenido que elegir algo pacífico de esa noche, sería el sonido de la lluvia y el olor a flores mojadas. Mateo había dejado de llorar y ahora, en cambio, se acercaba para acariciarme la cara y apoyarse en mi pecho. Agarré los dos algodones de cada orificio de la nariz y los reemplacé por otros nuevos; Aiz había dejado el tacho de basura a mi lado para que no tuviera que moverme.
—Tengo una idea —dijo, y caminó hasta la heladera.
—No quiero comer nada —repetí.
—No es comida.
Se agachó, con la puerta abierta, y sacó algo que no llegué a ver. Cerró la puerta y caminó hasta el baño; escuché el ruido del grifo y la bañera. De a poco, el vapor entró a la habitación.
—Mamá. —Me agarró la cara con sus manos chiquitas—. Hay rojo en tu cara.
—Sí, mi amor. —Le saqué un mechón marrón del pelo de la cara y se lo peiné con las uñas.
—Tenés mucho rojo. —Mateo señaló mi nariz.
—Ya sé, amor. ¿Dónde está tu tablet?
—Por allá.
—Andá a buscarla.
—Pero mamá, hay rojo.
Entonces apareció Azul, con la remera arremangada y las manos mojadas sobre la cintura. Sonreía y la luz amarilla de la cocina le iluminaba el rostro.
—Ya está listo.
—¿Qué cosa? —pregunté.
—Mirá.
Nos acercamos juntas al baño e, incluso a varios metros, mi nariz registró los aromas. Otra vez una mezcla. Pero con el tiempo y la práctica aprendí a diferenciarlos. Solo sentí la vainilla y la naranja, capaz lavanda y alguna que otra cosa más.
Entré al baño.
—Leí, leí lo siguiente: la lavanda alivia la tensión y ayuda a relajarse, los pétalos de rosa suavizan y rejuvenecen la piel, el aceite de té verde favorece la regeneración, la caléndula acelera la cicatrización y reduce la inflamación. Lo recuerdo de memoria, porque Bebi se desvive por estos baños. Tomá. —Me dejó entre las manos dos bolsitas rellenas de pétalos, hierbas, cáscara de naranja y esencia de vainilla—. Podés estar como dos horas hasta que se vaya el olor.
—¿Y cuando salga voy a solucionar mis problemas? —Le sonreí.
—Es un baño, Dedé, no el psicólogo. Pero podés intentar relajarte.
—¿Te metés conmigo?
—Ni loca. —Azul se echó hacia atrás. Me empecé a sacar la remera y quedé en corpiño; Azul desvió la mirada—. Tengo que cuidar a Mateo. No me muestres.
—Somos mujeres. No pasa nada.
—Eso decías siempre de chica.
—Quince años. —Abrió los ojos y sonrió de una manera infantil. Enseguida se enfrió otra vez.
—Te acordaste enseguida —dije, mientras me sacaba el pantalón y dejaba al descubierto una bombacha rosa, la que me había regalado la abuela para Año Nuevo.
Estiré los brazos para sacarme el corpiño y Azul se alejó. Antes de cerrar la puerta, me dijo:
—Cuando salgas, te muestro lo que hice.
Lo que hizo. Me quedé pensando en lo que hizo mientras apoyaba la cabeza contra la bañera y miraba mi cuerpo sumergido en el agua. La diferencia de la temperatura entre el exterior y la bañera relajaba cada uno de los músculos, como en esas aguas termales de Entre Ríos. Me hice un rodete y dormité hasta que mi celular vibró y vi que eran las doce. En algún momento lloré. De a poco el enojo salió de mi cuerpo como si el agua de la bañera se lo hubiera apropiado. Sentía el cuerpo frío y ardiente a la vez; me envolví con una toalla, me sequé y me miré al espejo. Por suerte no me sangraba más la nariz, pero la hinchazón y el bombeo en la cabeza no paraban.
Cuando salí del baño, Azul se levantó de la silla y dejó el lápiz, los apuntes y los libros. Mateo coloreaba con acuarelas un cuaderno que Aiz le había regalado para su cumpleaños, en la silla enfrente de ella. Era la primera vez que lo veía a una altura propia para sentarse y hacer uso de la mesa. La luz colgaba sobre ellos, los iluminaba a los dos.
—Ahora sí —dijo Azul. Me miró con ansiedad—. Tengo algo que decirte.
—¿Qué?
—Pero vestite.
—Dejate de joder. ¿Qué?
—No hables así delante del chico.
—¡¿Qué, Azul?!
La frase subió por mi pecho hasta la cabeza y me paralizó, me contuvo. Caminé hasta ella sorprendida. Todavía no me salían las palabras. Qué decir. Miré la hoja una vez más y no entendí nada y tampoco quise entender, pero esa era la prueba de que mi mejor amiga, mi hermana gemela, era más fuerte de lo que todos pensaban y que se estaba enfrentando a sus miedos más profundos.
—No lo puedo creer. No… Estoy llena de… llena de orgullo, Azul. —La abracé por el cuello y ella me agarró por la espalda, seguro que para que no se me cayera la toalla—. Me muero. Estoy tan contenta. Tan, tan, tan. Vení, Mateo. Vení. —Mateo dejó las acuarelas y se acercó—. Hay que abrazar a Azul porque se siente mal.
—¡¿Po qué?! —preguntó Mateo, rodeándola con los brazos.
—Porque se va a operar. Así que tenemos que ayudarla mucho, ¿sí?
—No le metas angustia al nene.
—¡Sí! —exclamó Mateo—. ¿Opar… opara?
—Operar. Ope. Con «e».
Azul se rio. Y ahora sí: me abrazó con suavidad. Tuve el impulso de darle un beso, en la mejilla. Pero me frené. Iba a quedar raro. Sin embargo, ese momento sí me dio la fuerza que necesitaba para hacer lo que yo quería. Dejar el miedo y las dudas. Y anotarme a la facultad.
Quiero sentirme como un jacarandá en una primavera continua.
٭٭٭
Primero entré al campus. No entendí nada. En la parte de Ingresantes decía cosas sobre legalizaciones, el título secundario, exámenes de ingreso, libros a comprar. Mucha información en poco tiempo. Me masajeé la frente. Todavía tenía el olor en el pelo, su olor, de cuando me rodeó con los brazos y me apoyé contra su pecho, y Azul apenas hizo un ruido, como un gemido, que yo interpreté de mil maneras diferentes: tal vez estaba durmiendo, tal vez estaba quejándose de mi abrazo, tal vez le gustaba y quería que me quedara, o… No, paré, tenía que seguir investigando. Leí el listado de las materias, las horas de prácticas, las preparaciones, el modelo de trabajo, las partes teóricas. Se me fue creando, de a poco, una bolita de emoción en el estómago. Era absurdo porque todavía no había ni empezado, ni avanzado: seguía en el porcentaje 0, en el inicio del inicio. Pero la bolita se quedó y se agrandó como una avalancha de nieve, y ya para la noche había leído toda la información del campus online de la universidad, había hecho todas las llamadas posibles, me había anotado la información en un cuaderno y me había hecho una lista de cosas a comprar. Antes que nada, una agenda. Iba a ir con Azul el sábado. La iba a convencer. ¿Dormir juntas otra vez, así, abrazadas? Tenía la sensación de que había sido sin querer. Pero ¿por qué quería eso? Sacudí la cabeza. ¿Por qué quería dormir abrazada? Además, siempre dormíamos juntas, ¿cuál era la diferencia entre el día anterior y el resto de los cuatro meses? Bueno, capaz que me agarró de la cintura y pasó los dedos por mi espalda, y yo me tranquilicé con el tacto y… ¡NO!
—Buenas nochessss. —La puerta se cerró de un golpe y alcé la cabeza: Azul.
—Buenas noches —respondí. Me temblaba la voz y me sorprendí por eso.
Azul dejó la mochila a un costado y agarró el celular del bolsillo. En ningún momento me miró. La pantalla le alumbró la cara y ella, con el ceño fruncido, marcó un número y se lo puso sobre la oreja. La alegría que sentía en el estómago se me disolvió; agaché la cabeza y repasé las compras, pero con la mente en el rostro de Azul y su expresión de desagrado. ¿Por qué siempre tenía que mirarme así? ¿Por qué miraba a todo el mundo así? ¿Estaba de mal humor?
—¿Hola? —dijo—. Bebi… sí. Me dijo que tenía que comprar antibióticos, que… Sí, para el dolor. —Se empezó a acariciar el brazo con el que agarraba el celular—. Sí, sí, antibióticos, también… también me dijo algo más que no me acuerdo… Me anoté todo, igual. No, tía, no, no llames. Yo me anoté. Es en tres semanas. —Le tembló la voz—. En poco tiempo. Tres semanas… Tres semanas es poco tiempo, Bebi. ¿Decís…? Bueno, no, no lo voy a cambiar, ni aplazar, ni nada. Pero te decía… Bueno, tía, no te enojes. Mañana tengo que pasar a buscar los antibióticos y eso… eso para el dolor. Bueno, Bebi, cuidate. Saludos.
—¿En tres semanas es la operación? —pregunté.
—Sí.
Agarré el celular. Antes de hundirme en los pensamientos y en el sentimiento de bronca, agarré el celular y le mandé un mensaje a papá. «Tengo que decirte algo».
«¿Qué?». Me mandó al rato.
«Prefiero hacer videollamada», le dije.
No pasó ni diez segundos y el celular comenzó a vibrar. Me sorprendí por la rapidez. Toqué «aceptar» y la cara barbuda, desde abajo, de mi padre apareció por toda la pantalla. Tenía los anteojos puestos y miraba con el ceño fruncido.
—¿Me escuchás, Trinidad?
—Sí, pa. Te escucho.
—Ah, ah. ¿Qué me tenías que contar?
—Que… —Vacilé. Miré los apuntes sobre la mesa y me acordé de la bolita de felicidad en el pecho. La bolita que quería tener siempre—. Que voy a empezar a estudiar, profesionalmente. Quiero estudiar cocina.
Mi papá, al principio, se quedó como boquiabierto. Después abrió los ojos y alejó la cámara, como si me quisiera ver mejor.
—¿En serio, Trini? ¿Por qué?
—Porque es una carrera que me gusta mucho, porque la estuve investigando y… bueno, eso. Quiero… quiero hacer algo. La verdad es que me siento una inútil —confesé—. No tengo proyectos a largo plazo, no tengo nada que me motive más que cocinarle a la viejita los sábados. Quiero tener mi trabajo, mi plata, mis cosas. Y ya sé que la cocina… bueno, no es que voy a tener el mismo nivel de vida que… con ustedes. Pero es algo que me apasiona mucho y me despeja y, pa, cuando cocino, me siento feliz. Soy feliz. Además…
—Está perfecto —me interrumpió. Sentí su voz diferente. Sentí emoción. Me miró a lo lejos con una expresión de alivio y felicidad.
—Tengo ahorros y, además, voy a empezar a trabajar y…
—Sí, pa.
—Y yo tengo los recursos. No necesitás trabajar.
—Pero no quiero que me sigan pagando todo.
—No es «todo». Es tu futuro. Además, después me lo devolvés preparándome comida. Y, mirá, nunca se lo dije a nadie, pero siempre quise poner un restaurante acá, en Buenos Aires. Si todo sale bien, y si…
—Sí. Sí, sí. Obvio, pa. —La bolita volvió, pero ahora con forma de tornado, con forma de terremoto y me tembló el cuerpo y me llovieron los ojos—. Yo te ayudo. Va, si querés. Yo me puedo encargar de la cocina y eso.
—Me parece excelente, hija. Estoy muy orgulloso de vos.
Atrás, al fondo y con un timbre tenue y cansado, Helena le susurró a papá, seguro creyendo que yo no la iba a escuchar: «Decile que yo también estoy orgullosa».
—Gracias, pa —dije.
Ambos sonreímos. Me preguntó cuándo eran las inscripciones, qué materiales tenía que comprar. Me confesó, también, que él de chico quiso estudiar para ser chef, pero que su padre no lo dejó. Que era trabajo para «mujeres». Me pidió que, cada comida que preparase y me sobrase, se la diera a él y que iba a juzgarme como un crítico culinario porque a él siempre le habían encantado esos programas de cocina. Asentí, riéndome. Escucharlo hablar así me provocaba una ternura que no podía explicar.
—¿Mi insistencia sirvió?
—Eh… sí. Puede ser —respondí, cruzada de brazos.
Se acercó. «Yo también estoy muy orgullosa de vos», me dijo mientras me agarraba la cara y me plantaba un beso en la frente.
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Dios, que familia de mierda. Se merecen que no les vuelva a dirigir la palabra como mínimo.
Me tienen así:
Uy