XII. Eglantina: Quien te quiere te hará llorar
Saqué del horno unos bifecitos de tofu y los junté con la ensalada rusa; el tapper se empañó con el calor de la comida y lo olfateé por arriba: tenía ese olor caliente y picante que a la mamá de Rafaela le gustaba.
—¿Qué tenés que hacer hoy? —me preguntó Azul.
Ella todavía tenía la ropa de la facultad: la camisa arremangada hasta los codos, los botones del cuello abiertos, el pantalón de vestir y la mochila tirada a un costado. Con el celular en una mano, leía un artículo sobre la anestesia en animales de granja. Nunca nada divertido, pensé.
Ahora ella me preguntaba eso como si no supiera que yo no hacía nada. Nada aparte de salir a dar vueltas con Mateo y ayudarlo a dibujar. Además, la pregunta siempre era al revés: yo le preguntaba qué hacía y ella me respondía, sin interés, que tenía toda la mañana, tarde y noche ocupada con trabajo, estudio y tía Bebi; solo estaba disponible los últimos diez minutos del día para tomar mates en el balcón y charlar un rato. No le debía mi entretenimiento: yo podía hacer lo que quisiera. Pero algo dentro de mí estaba ansioso de compartir momentos juntas como antes, de arreglar eso que rompimos (rompí). Ahora con un poco más de tiempo y una convivencia normal, entendí que estaba haciendo el papel de víctima y necesitada de siempre. Atrás de Helena, atrás de Emmanuel, atrás de Azul. Y yo no tenía que depender de nadie.
Seguí fingiendo que organizaba el tapper, y respondí:
—Voy al supermercado. Y después a Baby Room para comprarle cosas a Mateo. —Puse dos cucharadas de más de ensalada rusa y cerré herméticamente el tapper.
—¿Querés que vayamos ahora?
—Voy a ir sola, porque vos tenés que ir al gimnasio —apunté—. Y me dijiste que ibas a pasar por la casa de Bebi a buscar un par de cosas.
No la miraba. No la iba a mirar. Después de la pelea, en que me cerró la puerta en la cara y no me habló durante toda la noche, prefería eso. Y lo notó, porque de otra forma estaba ciega: tenía la mandíbula tensa y el rostro frío, pálido.
—Sí, pero lo puedo postergar. Vamos al súper y después…
—Nunca tenés tiempo para ir al gimnasio. Aprovechá.
—Voy todos los días.
—A correr. No a levantar pesas.
En eso Azul se puso de pie. Con las manos en los bolsillos, se acercó hasta donde yo estaba y me empujó con el codo.
—¿Estás enojada?
—No.
—Mirame a la cara.
—No me molestes.
—¡Estás enojada!
—Te dije que no.
—Como si no te conociera, Trinidad Santos. Mirame. —Me agarró de los hombros, forzándome a hacer contacto visual.
Y me sentí diferente. Dolida. Cuando nos vimos a los ojos, me di cuenta de que mucho de lo que me dolía no tenía que ver con ella, sino con mi historia, conmigo misma. Ese monoambiente era el único lugar donde se me respetaba y tenía voz, algo de decisión en la vida, y no era simplemente Trinidad Santos, la hija de tal, la nena con plata que no se sabía cuidar.
—¿Me perdonás? —me dijo, en un tono de voz bajo, tranquilo.
—¿Por qué pedís perdón?
—Porque cuando no quiero hablar de algo, me vuelvo bruta. Agresiva. Yo ya me conozco, no hace falta que me dé cuenta. Diego es igual.
Diego era su papá.
—Ayer me cerraste la puerta en la cara.
—Ya lo sé.
—Y yo estaba llorando.
—Ya sé. Pero en vez de no hablar, podrías decirme que estás enojada.
—¿Ahora es mi culpa?
—No es la culpa de nadie. —Arqueó una ceja—. Porque no hubo un asesinato. Nadie es culpable o víctima, ¿entendés? Fue una discusión. Y cada una tiene… un grado de responsabilidad.
—¿Y cuál es tu «grado de responsabilidad»? —dije, con ironía en la voz.
—Mi responsabilidad —empezó— fue haberte cerrado la puerta en vez de ser clara sobre que no quería hablar del asunto, y haber sido una insensible cuando te vi llorar. Yo sé que estabas preocupada por mí. ¿Y cuál es tu responsabilidad?
Me quedé callada unos segundos, solo para fingir que pensaba la respuesta: en realidad la sabía desde mucho antes.
—No saber aceptar un no como respuesta. Y haber querido insistir en un tema que no querías tratar. Y después hacerme la enojada para que vos te acerques a hablarme, en vez de ir de frente y simplemente… hablar.
—Bien.
Me ayudó a poner el tapper dentro de una bolsa de tela y limpió con un repasador húmedo la mesada. Tuvimos que acomodar los condimentos, lavar las ollas y ordenar todo, pero con su ayuda tardamos menos de media hora.
—Ahora sí, ¿vamos al supermercado? —me preguntó.
—Pero…
—Somos un team. —Caminó hasta el baño y prendió la ducha. Chequeó que estuviera lo suficientemente caliente. Y esas palabras resonaron en mi cabeza por un rato largo; me llenaron de ilusión. Sin darme cuenta había vuelto a ser Dedé, la de siempre—. ¿Me ayudás con esto?
—¿Necesitás que te ayude a sacarte la ropa?
—¡No!
—A ver…
—Salí de acá, asquerosa. Estaba hablando de que me ayudes con las compras. Soltame.
Me acerqué y quise hacerle cosquillas, pero hizo una mueca de dolor. Yo sabía que, cuando desviaba la mirada y fruncía el ceño, era porque le dolía la boca.
—¿Querés un ibuprofeno? —le pregunté.
—No.
—¿Un abrazo?
—Tampoco.
—Menos. Dejame pasar. Me voy a bañar.
—¡Sí!
—¿Pasamos a buscar a Mateo?
—¡Ay, cómo extrañaba ir de compras en familia!
A pesar de la mueca de dolor, Azul esbozó media sonrisa que desapareció en un instante. Yo salí del baño casi saltando, agarré el tapper y lo olfateé por segunda vez: tenía buen olor, seguro buen gusto, la mamá de Rafaela me pagaría y, con eso, compraría todo lo que necesitaba. Antes, hace mucho tiempo, compraba a través del celular, yo acostada en la cama y con el aire prendido. Comprar era eso: algo que hacía de aburrida, en momentos en los que Emma no estaba o no quería estar. Y llenaba el carrito con lo más random posible, como una botella térmica para escaladores, una bolsa de dormir para dos personas, copas menstruales para regalarle a las mujeres de la familia, vasos rojos descartables por si hacía alguna fiesta.
Así, con las manos temblorosas y una sonrisa tatuada en el rostro, iba a salir del departamento cuando escuché el sonido de una notificación. Alcé los ojos para chequear el celular y vi: Siete llamadas perdidas de Helena Santos. Di media vuelta y salí del departamento.
Lista – Azul
- Frutas (las que haya)
- Papel higiénico y rollos de papel de cocina
- Aceite común
- Dentífrico
- Queso rallado
- Bolsas de basura
- Galletitas para Mateo
UnaDos toallas para Dedé- Pan integral para mí y pan común para Dedé
- SI HAY, barra chocolate amargo Águila
- Hojas A4 cuadriculadas
- Jabón blanco
- Velas aromáticas olor SPA
- Bombas de olor para bañera
- Shampoo pelo lacio extra queratina marca no me acuerdo
- Secador de pelo como la gente
- Oreo
- Quitaesmalte
- Ibuprofeno
000.000600 - Mascarilla facial coreana
x2x1 - Leche
- Pastilla Buenas Noches
- Pañal
- Algodón
—¿Y qué hay que comprarle?
Baby Room. El techo era tan alto que apenas se divisaba entre el cablerío y los faroles; tenía la forma de un shopping y todos los pasillos estaban señalizados con carteles de colores y dibujos de dinosaurios. Olía a shampoo y a bebés recién nacidos, y tenía la idea de que el paraíso se parecía mucho más a eso que a cualquier otra cosa. Se escuchaban los gritos y balbuceos de los chicos; los padres caminaban de la mano y en todos los carritos había cajas y cajas de pañales. Entramos. Azul llevaba a Mateo: se había puesto una camisa y un pantalón ajustado; iba a hacerle un chiste sobre su culo gigante, pero me frené (tenía a una señora al lado). Aiz parecía un ejecutivo de Microsoft. Y yo empujaba el carrito, con el vestido floreado que me prestó y definitivamente le robé. Enseguida una mujer policía se acercó, nos revisó las carteras y nos dejó pasar con una sonrisa. Por los parlantes pasaban música en inglés y, a través de los altavoces, llamaban a diferentes personas.
—Cosas para jardín. Mochilita, lápices, colores. Eso.
—¿Tenés la lista?
—¡Sí!
—Cuánto pesás, eh. —Azul se refería a Mateo.
—Casi doce kilos —dije yo.
Mateo pidió bajarse y, apenas sus pies pisaron las baldosas, salió disparado.
Volví a los lápices. Saqué la billetera y conté lo que había ahorrado desde que comencé a cocinar. La guardé y me mordí el labio. Capaz no era mucho, pero era suficiente. Alcanzaba para la mochila, algunos lápices de colores, cartulinas. ¡La cartuchera! Me estaba olvidando de eso. Pero luego, el resto, lo tenía que pagar Azul. Y mi lista de compras era absurda, tan absurda que no valía la pena ni un centavo. La mascarilla, el secador, las velas. Esas eran las cosas que la Trinidad Santos de antes hubiera comprado y hubiera marcado como «Importante». Ahora era Dedé. Y no sé por cuánto tiempo podría abusar de la generosidad de Azul. Pensé que, tal vez, de tanto usarla y vivir con ella la iba a cansar. Tal vez en un futuro me iba a pedir que me fuera y a mí no me quedaría otra. No por el hecho de quedarme sola, volver a casa de Helena y cruzarme con la vida miserable que venía pateando. Más bien porque significaba que Azul se había cansado de mí. De nuestra amistad. No la podría culpar por necesitar espacio. Tampoco me podría culpar a mí misma por necesitarla.
Saqué la lista del bolsillo y la releí. Cuando escuché la voz de Azul acercándose, arranqué mi parte de la lista, hice un bollito y la tiré en el tacho de basura.
—¡Mamá! —Mateo se agarró de mi pierna.
—¡Primer día de escuela! —exclamé, alzando a Mateo—. ¿Me vas a contar todo cuando vuelvas?
—Síííí —me respondió.
—¿Qué más falta? —preguntó Azul.
—¿Y papá? —preguntó Mateo.
—Papá está en su casa. Faltan, creo, la comida para nosotras.
—Pero acá es todo para bebés.
—Baby Room está conectado al supermercado. —Le señalé una puerta movediza por la cual entraban y salían personas.
—Vamos.
—¿Te cruzaste con una amiga? —le pregunté.
—Una compañera de la facultad.
—Era linda, ¿no?
No me contestó.
Después de una hora, conseguimos todo lo que necesitábamos. Yo me había desviado para comprar las cosas para freezer y Azul caminó por la zona de pastas y panes. Al final, nos encontramos cerca de la cola para pagar y ella metió en el carrito la comida que traía.
—¿Vamos? —dijo, con el ceño fruncido y una mirada dolorosa.
—¿Qué te pasa?
—Me duele la boca —admitió.
—¿Y cuándo te vas a operar?
—Te dije que nunca. Con medicamentos se frena. —Alzó a Mateo y caminó por delante de mí. Yo la seguí con el carrito.
—Sabés… sabés que estuve buscando en internet. —Esquivé otro carrito y continué hablando—. Busqué las complicaciones. Si no te operás.
—No me las digas. Ya las sé.
—Decía… Pará, pará que lo leo. —Con una mano tenía el celular y con la otra el carrito. Ahora Azul sostenía una punta para que no nos desviáramos ni golpeáramos a otra persona—. Acá, en esta página, dice: «Lo más habitual es el flemón o absceso peria… periamigdali… no que ocurre principalmente cuando el paciente con amigdalitis aguda no realiza el tratamiento completo con antibióticos, o el medicamento indicado no fue el adecuado…».
—Disculpe —le dijo Azul a una señora cuando pasamos por al lado y tuvo que moverse.
—«En esos casos, la infección no solo se circunscribe a la amígdala, sino que además comienza a inflamar la cápsula que envuelve a la amígdala, la rompe y se expande al cuello…».
—Trinidad, mirá por dónde caminás.
—«Incluso, en casos más graves, afecta al mediastino, el espacio entre los dos pulmones, lo que constituye un cuadro grave que causa mucho dolor, compromiso del estado general, dificultad para abrir la boca y la zona se siente dura».
—¡Trinidad! —Paramos en la fila del supermercado y detrás de nosotras se formó cola. Yo seguí con la mirada baja en el celular.
—Si no te operás, te puede pasar todo esto. ¿Ves? Los pulmones. ¿Lo escuchaste?
—Sí, Dedé. Sí.
—Se expande al cuello. ¿A vos te gusta sentirte así?
—No, obvio que no. No grites tanto.
—Si te operás, como mucho vas a sentir fiebre. Pero si no…
—Ya me lo dijiste.
—¿Sentís la zona dura?
—¿Qué zona?
—La zona de la boca.
—Un poco.
—¡Ves! Te tenés que operar. ¿Vos te querés morir joven?
Detrás de nosotras, una pareja nos miró y comenzó a cuchichear. Azul se removió nerviosa. Yo alcé el celular para mostrarle las complicaciones y ella esquivó los ojos con fastidio.
—Trinidad, bajá un poco la voz —dijo entre dientes—. ¿Qué parte de que «no quiero hablar de esto» no entendiste?
—¡No! ¿Sabés por qué no? Porque no es justo. Vos no te merecés sentirte así. Yo te quiero, Aiz, te adoro —dije sin vacilar, y Aiz me miró como si no creyera mis palabras—. Si querés, te acompaño. Sacamos turno…
—¡Siguiente! —gritó la cajera.
Nos acercamos, pusimos todo en la cinta y, de a poco, el número en la caja registradora aumentó, aumentó y aumentó hasta que empecé a morderme las uñas de los nervios. Cada «pip» me resultaba más doloroso que el anterior. Me crucé de brazos. Mi cálculo había sido un desastre, y entonces me acordé de que mis notas en Matemática también eran un desastre, por lo que tuvo sentido que ahora no hubiera podido hacer bien una sola cuenta. Esa mochila de Barbie nos iba a arrancar una cabeza. ¿Cómo algo tan chiquito y simple valía eso? Sentí la presión sobre la fosa nasal derecha; después, la izquierda. Hacía mucho tiempo que no revivía esa sensación; no le quería decir nada a Aiz porque, de otra forma, se habría preocupado mucho y ella ya tenía suficiente con sus propios problemas.
Cuando llegó la hora de pagar, saqué mi billetera y se la di a Azul.
—Tomá.
—No hace falta.
—Sí hace falta. Tomá. Ah. —Justo en ese momento observé el resumen en la pantalla de la cajera: había dos bombas para baño que salían una fortuna cada una. Con el calor que me subía por la garganta, me abalancé sobre esas bombas y se las devolví a la cajera—. Sacanos esto.
—No, Dedé. Dejalos.
—Son carísimos. Sacalos.
La cajera asintió y Azul me miró. Me apresuré en llenar las bolsas con las cosas y abrazarlas para que no se cayeran, para que no me cayera.
٭٭٭
Azul no lo entendía, ni lo entendió con el tiempo, pero ir a comprar era un pasatiempo que disfrutaba mucho. No ir a un shopping y gastar treinta mil pesos en ropa; hablaba de un supermercado, las compras semanales, mensuales, lo que fuera. Mi segunda parte favorita era sacar todo de las bolsas e ir llenando, poco a poco, cada uno de los estantes. Ya reconocía los de esa casa: los dos primeros cajones estaban repletos de pastas, los dos segundos eran para las galletitas, el tercero y el cuarto tenía los platos y los vasos. Había otro, junto al horno, donde ponía las legumbres y esas harinas que yo no sabía ni que existían, como la harina de almendras.
Mientras Azul sacaba las cosas de la bolsa, yo le pasaba algunas cosas a Mateo y el resto lo guardaba yo; le señalaba dónde iba cada cosa y los tres, así, participábamos. Era muy absurdo pensar que esa misma imagen, la de un sábado a la tarde, compartiendo esto en familia era la misma imagen que soñé con Emmanuel. Sacudí la cabeza. No podía estar pensando en eso.
Me sonó el celular y bajé la mirada hacia el bolsillo; cuando lo saqué, tenía un mensaje de Helena.
«Reactivé tu tarjeta, hija. Cuando vengas a dejar a Mateo, pasala a buscar por portería».
No leí nada más y tiré el celular a la cama.
—¿Emmanuel? —me preguntó Azul.
—No, Helena. ¿Qué querés que cocine esta noche? —le pregunté—. Igual… tenía pensado hacer algo que para mí es muy rico. Pero vos ni lo podés probar. Abrís la boca un segundo y ya te duele, ¿no?
—Algo así. —Me pasó unas Oreos y las quise subir al cajón, pero mi altura no me dejó. Ella me agarró de la cintura y me alzó hasta que pude meterlas. Cuando me bajó y se alejó, todavía sentía la presión de sus dedos sobre la piel.
—¿Tenés planeado no visitar a ningún doctor de acá hasta que te mueras? Porque lo veo difícil, y si volvés a evitarme el tema, te voy a operar yo, acá, arriba de la mesa. Mateo, ordená tus lápices, por favor. Mirá: todos tenemos miedos. —Abrí la heladera y empecé a acomodar las leches—. Miedos, lo que sea. Pero tu miedo, justo, es muy peligroso. Porque todos nos vamos a operar en algún momento. Vos no sabés las cosas que te esperan en el futuro. Aparte tu mamá, tu mamá siempre se operaba, ¿no? Cada quince días aparecía con los ojos amoratados de la operación de la nariz, de las mejillas, adolorida por la lipo. Vos no me decías nada, pero yo ya me re había dado cuenta. —Cerré la heladera y acomodé sobre la mesa el jabón, el shampoo, la crema de enjuague—. Dios mío, ya hablo como Helena. Perdoname si soy muy insistente. No digo que tengas que ser como tu vieja, al contrario. Así estás bien. No sé si te lo dije, pero tenés un cuerpo muy lindo, una nariz muy linda. Los labios carnosos. Rosario se los quería operar, ¿sabías?
Entonces, escuché un gemido lleno de dolor. Y cuando levanté la cabeza de las compras, los ojos de Azul estaban hinchados y le caían lágrimas por las mejillas coloradas.
٭٭٭
El baile era bueno. El baile clásico o contemporáneo o el ballet, todos estos tipos eran buenos deportes porque creaban el cuerpo ideal, o eso le habían metido a Aiz en la cabeza. Las clases duraban entre dos y tres horas, eran estrictos con las comidas y tenían ejercicios de calentamiento y estiramiento. A algunos estudiantes, como Azul Regantes, les agregaban pesas en cada pierna y una faja negra alrededor de la cintura. La idea era una cintura chata, varios centímetros menos que la cadera y los pechos. La faja se iba regulando cada media hora y, ya para los últimos diez minutos, Azul frenaba para vomitar. Vomitar no era nada malo, nada del otro mundo. A veces el cuerpo no toleraba tanto entrenamiento, tanta comida saludable y baja en calorías, y vomitaba como consecuencia de un día correcto.
Pero así y todo Azul no fue invitada a participar en el último acto de presentación de danza, y Liliana mintió a todo el mundo diciéndole que su hija había decidido dejar la danza para concentrarse en sus clases de inglés y de francés. Inglés porque abría puertas; francés porque era el idioma que la familia de su padre, Diego, hablaban, y él tenía la ilusión de que su única hija iba a volver a Francia y se iba a formar allá: cumpliría con la patria de la familia, lo que sus abuelos inmigrantes hubieran anhelado.
Dos veces a la semana iba a natación, no por problema de columna ni por gusto propio, sino porque el movimiento en el agua ayudaba a marcar la cintura y quemar calorías. Además, todo el mundo sabía que la natación era el mejor deporte. Y cuando Azul quiso comenzar boxeo, Liliana le explicó que no tenía tiempo, que era un deporte para hombres porque sacaban mucho brazo, y ella no quería eso. Ella, su hija. No Liliana. Porque siempre velaba por los intereses de su primogénita.
A eso de los diez años, llegó la maldita menstruación y la naturaleza femenina y el crecimiento de pelo y la hinchazón de las tetas y las estrías. ¡Las estrías! Liliana se iba a encargar de eso en algunos años. Primero sacó turno en una peluquería y pidió diez sesiones de depilación definitiva. Para los doce años, Azul no tenía ni un pelo en las piernas, en las axilas, en el bozo y en el cabado. La depiladora le explicó que, seguramente, en algunos años todo ese pelo iba a volver, porque Azul todavía era muy chica y las hormonas estaban revolucionadas. «No me importa la revolución de las hormonas», le respondió Liliana.
Después, con unas cremas le redujo las estrías de las piernas y las marcas debajo del pezón. A esa misma edad, los doce, los dientes de Azul comenzaron a moverse y a doblarse entre sí y a interponerse. Liliana creyó, por un momento, que su hija tendría su misma suerte y que no iba a necesitar arreglárselos; pero no. Todos los meses visitaban al dentista, ya sea para ajustar un poco más los aparatos, para limpiar y blanquear los dientes, o para probar nuevos tratamientos de cuidado dental. Lo mismo con la dermatóloga, con la nutricionista y la peluquera. Azul ya conocía dónde tenían cada cosa, cómo olía el consultorio, cuál era el nombre y el apellido de cada uno de los hijos y, sobre todo, cuándo cerraban y cuándo abrían. La misma profesora de canto, a la que iba para mejorar el timbre de su voz, le decía «Aiz» por dos cuestiones: primero, porque era la pronunciación de «ice» en inglés y Azul era lo más parecido a un hielo que conocía; segundo, porque los ojos de los Regantes eran tan celestes que siempre se los quedaba viendo como si fuera la primera vez, y le hacían acordar al glaciar Perito Moreno, en Santa Cruz, al sur de Argentina.
El único día libre era el lunes. El lunes a la tarde, Azul comía sus panqueques de avena y banana, con dulce de leche de almendras sin azúcar, y miraba la tele. Un programa en inglés, claro, para que practicara el idioma. En Bragado se escuchaba más el ruido de los pájaros que el de las personas; aparte de la iglesia, no había mucho más para hacer; Azul había dejado de ir a la plaza principal porque siempre veía las mismas caras, y además hacía calor. Cuando Liliana colgaba la ropa en el tendedero se secaba en diez minutos. Pero lo que no perdía era la pasión por dos cosas: la primera, andar en bici alrededor de la Laguna de Bragado, donde había sauces, ceibos y palmeras, hasta ver el sol caer por el horizonte; y lo segundo, ir al vivero de tía Bebi a cortar las hojas en mal estado.
Uno de esos lunes, a Azul se le ocurrió salir de su rutina y acompañar a su papá, Diego, al trabajo. No entendía bien qué hacía ni por qué estaba tanto tiempo afuera. Por qué su traje olía a sangre o por qué nunca estaba de buen humor.
Cuando llegaron a la granja, Azul contempló todas las vacas sueltas dentro de los alambrados, los cerdos y las gallinas enjauladas y la mirada de cientos y cientos de trabajadores con palas y ropa llena de tierra. Azul quiso acercarse a uno de los terneros que estaba enjaulado, pero su papá, entre risas y miradas furtivas, le dijo «Qué lindo el ternerito, ¿no? Es más lindo con papas y salsa cuatro quesos». Se suponía que el chiste era gracioso, porque dos o tres trabajadores se rieron con él; pero Azul miró al ternero con los ojos bien abiertos y la mano en el pecho: una punzada la atravesó de pies a cabeza y, cuando hizo contacto visual con el animal, casi se puso a llorar.
Yo no sabía qué significaba para Azul. Desde entonces, salíamos del colegio y me contó que su papá trabajaba en una granja y que su mamá era ama de casa. Cuando se lo comenté a Helena, me respondió que me alejara porque «no era una chica de buena clase». Ni Helena ni yo teníamos idea de que el papá de Azul tenía más plata que nosotros. Tampoco lo demostraba.
La cuestión era que llegaron los catorce años y Azul empezó a tener problemas para respirar por uno de los agujeros de la nariz. Tenía la nariz como un gancho, parecida a la de su padre, y Liliana hacía chistes diciéndole que era imposible que no respirara con esa nariz, que seguro absorbía todo el oxígeno del mundo. A mitad de año no lo aguantó más. El médico le explicó que tenía pólipos nasales y que una operación la podría ayudar; Azul accedió. Liliana buscó al mejor cirujano de Buenos Aires y lo trajo a Bragado, donde había un solo hospital y pocas camillas en urgencias; donde siempre era de día y el calor alargaba el tiempo. Le pagó al cirujano una estancia de dos meses en el mejor hotel y, el día de la operación, el hombre se mostró satisfecho y correcto.
Azul creyó que todos sus problemas de respiración se habían terminado. Por un lado, iba a volver a hacer ejercicio, retornaría a natación sin sentir que se ahogaba cada dos brazadas. Podría dormir sin roncar. Lo último que recordó fue cuando el anestesista dijo «listo» y, de repente, toda su visión se tornó nublosa. El contorno de los médicos y una luz blanca.
Cuando se despertó, no sabía qué hora, ni qué día ni en qué estación estaba. Le retumbaba la cabeza como mil infiernos y no podía acomodarse en la cama. De repente abrió los ojos y sintió los algodones sobre la nariz, las cintas pegadas a la frente y el sabor del algodón alrededor de las comisuras del labio. Las fosas nasales estaban cubiertas de sangre y tuvo que abrir la boca para tomar una bocanada de aire. Le dolía: la nariz, los cachetes, la frente, el cuello, los ojos, las orejas, el cuero cabelludo.
Y cuando la vista dejó de ser borrosa y entendió los contornos de los muebles bajo la luz lechosa del cuarto, también se vio. El espejo enfrente de su cama era redondo y grande. Se vio los moretones negros y violetas alrededor de los ojos, sobre los cachetes. Quiso enderezarse, pero la punzada en la espalda no la dejó. Buscó la manera de sacarse los cables, la bata de hospital, correr hacia la puerta. Le empezó a sangrar la nariz, y ella, entre lágrimas, se removió en la cama hasta que el dolor la paralizó. La angustia le subió en forma de papel hasta la garganta y ya no pudo respirar por la boca. ¿Qué le había pasado a los ojos? ¿A la boca? ¿A la nariz?
Fueron tres semanas en las que no recordó haber vivido, sino algo parecido a una pesadilla sin fin, porque no entendía los contornos entre la realidad y un mal sueño. Le costaba respirar, tragar. Los palos le apretaban la nariz; los puntos tardaron en salir. Los moretones desaparecieron cuando Azul ya se los había grabado a fuego en la memoria, cuando ya nunca más los iba a poder olvidar. Durante las noches soñaba que entraba a operarse y salía sin los ojos, sin las piernas, sin los brazos. Liliana le explicó que la sangre era normal y que seguro que iba a salir por unos días más, y que no tenía que llorar porque no era para tanto, y que ahora cambiaría las fotos de la sala por unas nuevas donde Azul pudiera mostrar la nariz perfilada, pomposa. Azul se marchó a llorar.
Cuando volvió al colegio, las profesoras se alegraron de su nueva nariz y se la elogiaron. Yo no entendía mucho qué se había hecho; Azul no quiso hablar del tema. Pero supe que durante mucho tiempo, llevó en su mochila una foto vieja, de cuando tenía diez años, en la que se veía la nariz con forma de gancho y, a su lado, la abuelita de Azul. Tenían la misma nariz. Azul la miraba con cariño.
Ya a los quince años, Liliana dijo algo en medio de la cena que no dejó dormir a Azul en toda la noche. Le dijo: «Ahora hay una operación nueva, las bolas de Bichat, ¿las conocés, amor?». Azul tragó con dificultad y se fue a acostar temprano.
Otra operación. Se miró al espejo y recordó todas las veces que su mamá le había señalado el contorno de la cara con cierto desagrado. Recordó, también, los moretones, la punzada en la espalda, en la cara, la sangre que salía y salía por la nariz, los coágulos, el dolor, el dolor, el dolor.
Entonces empezó a ir al dentista sola, al nutricionista sola, al dermatólogo sola, a natación sola. No porque su madre no quisiera acompañarla, sino porque Azul le mintió diciéndole que las madres del curso se reían de ella por ir a todos lados con su mami, que a su edad las chicas empezaban a viajar solas para ir independizándose. ¿O acaso ella quería tener una hija tonta? Aiz conocía muy bien la debilidad de su madre: la opinión de los demás. Y sin mucha queja, Liliana la enseñó a viajar sola. Se tomaba el colectivo que frenaba fuera del barrio privado y se movía por todo Bragado con una mochilita y un jugo de arándanos. A mí me pedía que la acompañase porque le gustaba hablar con alguien en el colectivo. Cuando le pregunté por qué su mamá no la acompañaba más, me respondió con la verdad, y era que tenía miedo de que le dijera de ir a algún lado y que, en realidad, la estuviera llevando a operarse. «Qué ridiculez», le contesté. «¿Conocés las bolas de Bichat?», «no, ¿qué es eso?», «nada, nada, ¿a vos te gusta el contorno de mi cara?», «sos muy linda, Azul, muchos chicos te quieren», «no me importan los chicos a mí», «¿y las chicas?», «tampoco», «¿sos asexual?», «no sé ni qué es eso», «¿te gusta algo?», «no digas pelotudeces».
Liliana y Azul peleaban muchísimo, más de lo que se esperaría de una hija adolescente. A veces ella tiraba las cremas faciales de su mamá a la basura, «no encontraba» los estudios médicos y se encerraba en la habitación hasta perder el turno con el dermatólogo. El punto máximo fue cuando Aiz le partió los anteojos a su madre para que no pudiera manejar hasta el médico, luego de que los doctores la llamaran para avisarle de que su hija no asistía a ninguna consulta. Y gracias a su rebeldía, ella consiguió lo que siempre había querido: faltar a las consultas del nutricionista, del dermatólogo, las clases de canto y los turnos de la peluquería. Su madre, mentalmente agotada, no podía luchar contra su hija, aunque nunca faltaban comentarios hirientes con respecto al peso y la forma del cuerpo de Azul.
En ese entonces, pasaba algunas tardes conmigo y otras con Mariel. Diego la había convencido de anotarse en Abogacía en la Universidad de Buenos Aires. En vez de un solo examen de ingreso, existía el Ciclo Básico Común, que consistía en rendir seis materias generales para todas las carreras y, si las aprobabas, recién entonces podías cursar las materias propias de la carrera que elegiste. Para las personas que estaban en el último año del secundario, existía UBA XXI, que te permitía rendir el Ciclo Básico Común a distancia de manera virtual, lo cual era perfecto para Azul. Pero después de rendir las primeras tres materias, tuvo un ataque de pánico en el baño. Le explicó a su papá que esa no era la carrera que quería, sino Ciencias Veterinarias y Diego se enojó. Esa carrera no tenía tanta oferta laboral y seguro se la pasaría ayudando a las gallinas y las vacas que después él se encargaba de matar. Quería que su hija tuviera el mismo estatus, la misma posición social, todos los lujos que ellos se daban y más, tal vez más, si solo le hacía caso. El plan de Diego era ubicar a su hija en la parte de finanzas de la empresa y así, juntos, comenzar un imperio. Ya tenía varias licitaciones con el gobierno. Solo faltaba que su primogénita tomara el mando. Que se dejara de joder con ese sueño de ser veterinaria porque no la iba a llevar a ningún lado. Que nadie era feliz sin plata. Que tenía que hacerle caso porque él sabía qué era lo mejor para ella.
Las peleas duraron varios meses. Varios llantos. Varias puertas cerradas a los golpes. Cada vez que salía el tema en medio de la cena, Diego decía: «Yo no discuto pelotudeces». Y se iba.
Una noche, esas de un día de semana en la que todos duermen temprano y el campo se llena de luciérnagas y el ruido del viento frío movía los árboles, Azul juntó todas sus cosas en una valija chiquita. Se tomó el primer micro hacia Buenos Aires. En el camino, tiró la campera manchada con sangre de Mariel en uno de los tachos de basura (la había guardado durante un tiempo, sin saber bien por qué), y la miró ahí, entre la mugre y la comida rancia, antes de que la llamaran para seguir con el viaje en micro.
Cayó delante de la puerta de la tía Bebi. Cuando llegó, eran las seis de la mañana y el cielo empezaba a degradarse en un celeste claro. Bebi le abrió, todavía en bata y con un café en la mano derecha.
Azul se anotó en la Universidad de Buenos Aires, en la carrera de Ciencias Veterinarias. Consiguió trabajo en la florería de la tía Bebi. Con ayuda de ella, pudo alquilar un departamento chiquito, un monoambiente irrisorio pero suficiente, a pocas cuadras de la Universidad.
Y luego de un tiempo recibió el primer llamado de Liliana. Le pedía de hablar. Quería contarle que su papá estaba en grave estado por un problema en los pulmones, y que su deseo era volver a hablar con su hija. Pedirle perdón.
Azul ignoró esos mensajes. Siguió ignorándolos incluso mientras me contaba esto.
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Momento exacto en que tuve una ereccion amocional:
Me acabo de enterar de la existencia de las hojas A4 cuadriculadas
JAJAJAJ, déjese querer