XIV. Clavel Rojo: Corazón que suspira
Fui con los estudios secundarios, mis datos personales escritos en la ficha, una foto carné que tuve que repetir tres veces, las manos sudorosas y el corazón tal que Rafaela se hubiera preocupado.
Entré y sentí el aroma a limpieza, a edificio viejo y bloques de cemento, a tizas y pizarrones; escuché las sillas moverse y los pasos de los estudiantes, la voz de profesores y la risa del grupo de chicas pasando al lado mío. De repente quise, con todas mis ansias, conseguir un grupo de amigas así.
Salí completa.
Salí feliz.
En la cartera tenía el número de alumno, las primeras materias y el cronograma de atención al ingresante. Por suerte tenían varias fechas de inscripción, no como en las otras universidades, y podía inscribirme tanto en mayo como en agosto. En una hoja anotaron mi número de usuario y contraseña, y me explicaron cómo ingresar al campus y ver los horarios asignados. Yo le dije a todo que sí, en realidad no había escuchado ni la mitad. La emoción me asaltó el pecho y la cabeza se me nubló con vapores de felicidad y entusiasmo.
Y caminé desde el Instituto de Artes Culinarias hasta la casa de mi abuela. Quedaba apenas a doce cuadras y, de paso, podía verla en otra fecha que no fuera Navidad, Año Nuevo y cumpleaños. En el camino recibí un mensaje de Helena, felicitándome. También de Azul. Pero el que más me sorprendió fue papá. Era tan lindo decirlo así: que papá me había mandado tantos mensajes, más de los reunidos en todo un año de conversación, y me ponía «¿ya entraste?», «¿cómo te fue?», «¿te dijeron cuándo empezás?», «¿qué te tenés que comprar?». Cada vez que alzaba el celular, tenía un mensaje de él.
Toqué el timbre de la abuela. La puerta hizo un chirrido y ella salió a abrirme. Sus pasos eran lentos y apresurados a la vez. Con la mirada y los dedos buscaba en el manojo de llaves, la llave para abrirme.
—Tengo torta, pastelitos. El abuelo pasó por la panadería hoy. —Abrió la puerta y yo la seguí hasta la sala.
La radio sonaba de fondo. Vi a través de la puerta trasera al abuelo en el patio, juntando los limones del limonero.
—¿Y? ¿Cómo le está yendo a Mate en la escuela? —me preguntó.
Antes de contestarle, noté un movimiento en la cocina. Al segundo apareció Rosario, con las manos manchadas de harina y el ceño fruncido. Se había teñido de rojo, como mamá, y ahora el pelo le caía ondulado hasta el pecho.
—Eso —dijo, haciendo referencia a la pregunta de la abuela.
—Hola —respondí.
—¿Cómo le va a Mateo? —preguntó, ignorándome.
—Bien —dije.
—¿Preparás un té, Rosarito?
—Estuve cocinándote todo el día, abuela. Que lo haga tu otra nieta.
—¡Ah! ¡Rosarito, qué mal humor tenés hoy!
—No estoy de mal humor, abuela. Estoy cansada.
—Tengo los años suficientes para saber que eso es una excusa. —La abuela me guiñó el ojo y yo sonreí a medias—. ¿De qué querés el té?
—De manzanilla, abuela.
—¡Perfecto!
Después de traer el té, Rosario se sentó en la mesa, pero en la otra punta. Agarró un plato y se sirvió torta. Cuando la pinchaba con el tenedor me hizo recordar a esa película de terror que habíamos visto el sábado pasado con Azul, en la que la esposa apuñala a su marido después de una infidelidad. Rosario se metió el trozo de chocolate en la boca y lo masticó en silencio, sin mirarme.
—¿Emmanuel lo lleva al colegio? —preguntó la abuela, alzando la voz.
—No.
—Pero lo va a buscar.
—Tampoco.
—¿Y cómo lo pone a Mateo que su papá no esté cuando llega a su casa? ¿Triste?
—No, para nada. Azul habló mucho con él antes.
—¿En serio? —preguntó la abuela, alarmada.
—Es porque vivimos juntas. Pero los fines de semana está con él.
—Mateo debe de pensar que son pareja —agregó Rosario.
—¡No! Él sabe que somos amigas nada más.
—¿Ah, sí? ¿Y duermen en camas separadas, aunque sea?
—Eso pensé.
—¡Ay, Rosarito! Qué mal humor tenés hoy. Yo con mis amigas dormía siempre en la misma cama. ¿Qué es eso de dormir en camas separadas? ¡Mientras no haya otras intenciones! Y contame, Trini, ¿hablaste con Emmanuel?
—No, abu. Ya me separé definitivamente.
—¡Pero pobre Mate!
—Mateo lo lleva bien.
—Mateo es chiquito —agregó Rosario—. No te puede expresar con palabras lo que siente todavía. Le cuesta entender el daño de tener a los padres separados.
Iba a responder, pero se me atoraron las palabras en la garganta junto con la torta de chocolate.
—¡Exacto! —dijo la abuela—. Yo leí muchos post en Facebook sobre eso, sobre padres separados. Dañan mucho a la criatura.
—Pero Trinidad es grande, abuela, hay que dejar que viva sus propios errores. —Rosario le habló como si yo no estuviera presente, o peor: como si tuviera doce años—. Aunque sean errores que afecten a los más pequeños.
—Pero esos pequeños después tienen traumas. Trini, ¿no podés aunque sea fingir que están juntos? Se agarran de la mano, salen de paseo. Un besito falso cada tanto. ¿Es muy difícil? Yo lo he hecho con novios anteriores. ¿Es muy difícil para vos? ¡Pensá que es por el bien de tu hijo!
—No creo que lo haga, abuela. Trinidad está muy enfocada en ella ahora. Se metió a estudiar, imaginate. ¿Ya sabés en qué guardería dejar a Mateo?
—¡Ay, no, guarderías no! —exclamó la abuela—. ¿Lo vas a dejar con extraños todo el día?
—No —respondí.
—Ay, pero, Trini, ¿es tan necesario estudiar? ¡Si ya tenés a tu hijo, tenés a Emma, tenés todo! Vas a separar la familia por eso, para estudiar cocina. Mirá, yo te cocino todos los días y no tengo un título.
—A mí me hace feliz —dije, pero se perdió entre la conversación de ellas dos.
—Aparte, vos, Trini, la que quemaba las milanesas y después las usabas para pegarle a la gente de lo duras que estaban.
Rosario y la abuela estallaron en risas. A mí me empezó a doler la garganta y el estómago; de repente se me revolvían las tripas y yo, con la mirada baja, tuve que esforzarme para tragar la otra porción de torta.
—Me había contado mamá que el primer día de escuela, cuando llegaron Trinidad y la amiga de Trinidad, muchos papás pensaron que eran lesbianas —dijo Rosario.
—¡No!
—Sí, y que esas mamás murmuraban mucho y después les hablaban a sus hijos. Ahora mamá tiene miedo de que dejen a Mateo solo. ¿Te imaginás…?
—¡No me digas eso! ¿Vos podés ir a hablar para dejar las cosas en claro, Trini?
—Ah, y bueno, Trini, vos también. Sabés que eso da para hablar.
—Helena quiso ir a hablar por ellas dos, pero dijo que ya eran grandes y que se podían ocupar de esto.
—Tal cual. Trini, mañana podés hacer eso, ¿no? Hablar con las profesoras y dejar en claro que no son lesbianas ni nada de eso raro. Que viven juntas nada más… Aunque no, mejor no digas que duermen juntas. Decí solo que es compañera de cuarto… Aunque tampoco, hoy en día hay muchas lesbianas que se camuflan con eso, viste. Pero Trini…
—Mañana hablo. Me tengo que ir.
Agarré la cartera. De repente la felicidad, esa bolita de entusiasmo y alegría que llenó mi cuerpo después de anotarme en el Instituto, desapareció.
Me despedí de la abuela con un beso y me fui sin mirar a Rosario. Gracias a Dios la abuela no notó mis ojos llenos de lágrimas. La abuela le pidió a mi hermana que me abriera el portón a la salida, así que ella tuvo que acompañarme. Ya en la puerta, me giré ciento ochenta grados y, con la cara bañada en lágrimas, le dije:
—Todavía estoy tratando de entender por qué te cuesta tanto verme feliz.
Rosario quiso atajarse, pero la interrumpí:
—Yo te extraño mucho, pero cada vez que te veo y abrís la boca, me dan ganas de matarte, Rosario. No sé por qué sos así conmigo.
Cerré la puerta del portón y me fui, dejándola con la última palabra en la boca.
٭٭٭
Esa noche miramos tele.
Le conté a Azul todo lo que pasó en casa de la abuela. Me respondió indignada: «¿Cómo no dijiste nada?». Tampoco supe qué responder a eso.
Mientras elegía la ropa para salir a cenar, me bajó la presión y me empezó a sangrar la nariz. Azul llamó a Rafaela y me recomendó que me acostara y no hiciera nada hasta el día siguiente.
Terminamos mirando tele, con un cuenco lleno de empanadas y una pizza. Mateo se quedó dormido en la mitad de la película y lo acosté en su cama. Sin darme cuenta le pedí perdón y enseguida sacudí la cabeza. Pensé en el beso falso con Emmanuel, en la guardería llena de extraños, en mis errores que afectaban la vida de mi hijo, en el «¿tan necesario es estudiar?», en que se suponía que tenía todo si tenía a Emmanuel y a mi hijo, y que antes era una inútil cocinando, y en esos post de Facebook sobre la crianza de los hijos, mientras me empezaba a picar el ojo y, de repente, me caían lágrimas por la cara hasta humedecer el cuello y la almohada detrás.
Azul se dio cuenta y me preguntó si estaba bien. Le contesté que sí.
Me preguntó, después, si quería un abrazo. Le contesté que sí.
٭٭٭
Le pasé unos pantalones a la tía Bebi. Ella los dobló junto a las camisas, las remeras, el saco de vestir y unas bombachas que Azul guardaba en una bolsa para que yo no tuviera que verlas. Por el cambio de clima, los árboles iban perdiendo vida y color como una película que se apaga lentamente. Las flores y hojas de Azul empezaron a opacarse y caerse, y tenía que barrer más de dos veces desde que empezaba el día. Pero ahí, con tía Bebi, era un microclima diferente: ella hablaba, yo asentía con la mirada baja, suspiraba, le pasaba ropa que ni sabía si estaba sucia o no, miraba a través de la ventana en busca de un poco más de luz. Junto al colchón estaban mis carpetas nuevas, la mochila que Azul me prestó, una cartuchera con lápices y lapiceras. Pero verlo no me causó la misma felicidad que antes. Podía ser, pensé, que la conversación con la abuela y Rosario me hubiera arrebatado la felicidad de estudiar. Incluso a poco tiempo de empezar, me sentí más insegura que nunca.
Al cuarto suspiro, tía Bebi alzó los ojos y dijo:
—¿Se pelearon o algo?
—¿Qué? —pregunté.
—Si mi sobrina y vos se pelearon.
—No, ¿por?
—¡Por tu cara, Dedé! Parecés que no dormís desde el jueves.
Le pasé otra remera. Era corta, azul, tan chiquita que no le entraba ni a Mateo Le apretaba de los costados. Ella la olfateó y la dejó de lado.
—No está sucia —dijo—. Ahora, yo entiendo si no querés hablar y eso, pero un buen consejo para despejarte es salir. Salgan. Azul y vos. Que se tome el viernes libre y salgan. ¿Sabés qué cosas hay de lindas acá en pleno centro? Ahora está la Feria de San Telmo. Volvés redondo y seco de plata. Pero vale la pena.
La Feria de San Telmo: cuando recién me había mudado a CABA, iba todos los sábados a comprar sanguches, sahumerios y láminas para cuadros. La variedad de cosas que hay en cada stand volvía loca a mi mamá, que suele comprar cuadros con marcos vintage.
—Sí, sí, sí, sí. —Dejé la camisa a un costado y la miré. Tía Bebi tenía los pelos parados y eso, junto a la idea de la Feria, me levantaron el ánimo—. Le voy a decir a Aiz que se tome el sábado y vamos.
—¿El sábado? —preguntó Bebi, doblando una ropa que yo no llegué a ver y que seguro, si hubiera visto, no la habría dejado agarrarlo. Me di cuenta mucho tiempo después—. ¿Por qué el sábado?
—Por la facu. No pasa nada si falta un día, ¿no?
—¿La facu? —volvió a preguntar. Agarró la bolsa y se la subió al hombro.
Fruncí el ceño. ¿Qué era tan difícil de comprender?
—Sí, la facultad.
—Sí, ¿cómo que no?
—¡No! Nunca ha ido los sábados.
Se habrá confundido, pensé. Cuando se fue por la puerta con la bolsa gigante, con toda la ropa que lavaba en secreto para que Azul no tuviera tanto trabajo, pensé «la gente mayor tiene esas cosas». Y doblé las camisas restantes y barrí un poco la cocina. Anoté las próximas compras en una hoja que pegué a la heladera. Y mientras hacía todo esto, pensaba «qué extraño». Qué extraño que su propia tía, la que veía todos los días, no supiera bien su horario. Me preparé un té. Salí al balcón, con la luz del mediodía en la cara y el viento que mecía las hojas; revisé las surfinias, petunias, hiedras, geranios, tagetes. Me sabía todos esos nombres por ella. ¿Podría ser que no supiera algo tan básico, como que no iba a la facultad los sábados?
Pero ella se iba. Se iba temprano. No como los días de la semana, pero a eso de las ocho ya estaba afuera. Algo me llamó la atención esta vez, y fue darme cuenta de que los sábados no vestía camisa, ni pantalón de vestir. Los sábados iba tranquila y sin mucho apuro. No se bañaba en la mañana. No se hacía el café rápido.
¿Podría ser…?
٭٭٭
—Me voy —dijo.
Tenía una sonrisa implícita. No supe cómo explicarlo. Era una alegría que se traslucía en forma de brillo por toda la cara; la piel parecía más clara y se le veían más los dientes que de costumbre. Usaba una remera azul oscuro con un pantalón de jean ajustado. Se terminó de subir la mochila al hombro y caminó hasta la puerta. ¿Tenía perfume? Lo sentí desde la cama.
—¿Y el café? —le pregunté.
—Hay una cafetería. Lo pido allá.
—Andá con cuidado.
—Adiós.
Cerró la puerta detrás de ella, y enseguida salí de la cama y me puse la ropa que había dejado preparada debajo de la cama, el día anterior. Agarré el celular y marqué su número.
—Ciru, escuchame…
—No puedo ahora —me dijo, con voz agitada y sin modular—. Me tengo que ir.
—Ah, bueno.
—Cuidate. —Y me cortó.
Qué raro. Tenía pensado preguntarle cuáles eran los horarios de las universidades los sábados, si era posible ir un sábado en la mañana. Porque Azul y ella iban a la misma universidad. Pero no estaba disponible. Listo, plan B.
Salí del departamento con la cartera en una mano y el celular en la otra. Yo sabía que lo que estaba haciendo estaba mal. No hacía falta que leyera un libro sobre relaciones tóxicas o comportamientos abusivos, o viera un videito en YouTube sobre narcisistas y psicópatas. Pero había algo más allá de la típica acción que se espera de una persona coherente y buena: había una mentira. Las mentiras cruzan el límite de la bondad; las mentiras recurrentes empapelan el camino al infierno. Y mientras cruzaba la calle hacia la dirección donde giraba esa mujercita de remera azul y pantalones ajustados, repasé la cantidad de veces que le había hecho lo mismo a Emmanuel: en todas encontré algo. Las sospechas son intuición. La intuición es regalo de Dios. Y con tantos años de infidelidades y mentiras descubrí que esa sospecha no sirve de nada alejarla de la mente. Y preguntar sobre ella, menos. Por suerte, Azul no tomó ningún colectivo durante todo el camino. Yo apresuré el paso hasta llegar a una plaza.
Los árboles se movían al viento, mucha gente esperaba en la parada del colectivo. El tráfico empezaba a insinuarse alrededor; los colectivos chillaban cuando frenaban y tocaban esa bocina aguda al cruzarse con otros. Un conjunto de palomas salió volando cuando crucé la plaza por el pasto, en vez de usar el camino de piedras por donde iba Azul. Eso resultaba sospechoso. Había tantas probabilidades de que se diera vuelta y me viera que era preferible prevenir que curar. Después ¿qué excusas podía decir? «Justo saliste y te olvidaste de eso, te lo quería alcanzar». Esa era la más común y la menos creíble.
Ya se me estaban cansando los pies y pensé en volver cuando Azul frenó y saludó con la mano a otra persona. Por culpa de Helena y los genes, mi vista no era muy buena. Me rehusé toda la vida a usar anteojos. En ese momento los necesitaba con urgencia, aunque en pocos segundos me iba a dar cuenta de a quién saludaba, a quién le daba un beso en el cachete y un abrazo tan largo, tan apretado, como a un familiar que no se veía por años. Me acerqué por detrás de la fuente y agucé la vista.
Era otra mujer. O, mejor dicho, otra chica como nosotras.
Azul y ella caminaron hasta la fuente en la que me encontraba. Esa chica parecía estar llevando comida en un tapper. Caminaban rápido como los chicos exaltados, a punto de jugar. Se escuchaban sus risas: la de Azul, grave; la de ella, chillona, y ambas formaban una sola que parecía darle vida al resto del parque: como si el parque fuera para ellas, para ese momento. Se sentaron en la fuente y ahí, cuando la mujer le compartió de su tapper y ambas hablaron de perfil, ahí la vi por completo.
No la reconocí por el pelo oscuro, ni por la nariz de águila, ni por los pechos grandes y el culo gordo, redondo. Por ninguna de esas cosas que le critiqué toda la vida y, después, cuando se fue de Bragado, comprendí que no eran cosas criticables, sino más bien adjetivos físicos que no tenían ni nada de bueno ni nada de malo. Ella era así.
Así y todo, fue la persona que más sueño me quitó. Que más llanto me provocó.
Aunque estaban a menos de cinco metros y un chorro de agua intermitente las tapaba y deformaba sus figuras, las sentí tan cerca que me empecé a sofocar. El sol me apuntaba justo sobre el cuero cabelludo y, de repente, creí que me estaba derritiendo. Ahogando, también. El agua se me tornó invasiva, molesta, inquisidora. Esa agua era la barrera entre ellas y yo; entre todo lo malo de mi adolescencia y este intento de adultez.
Me agarré el pecho. Si a algo le había tenido miedo durante tanto tiempo, era volver a ese sentimiento, a esa punzada que no me dejaba respirar y que durante tantos años fue motivo de que no comiera, de que no durmiera. Ahora había vuelto. No, no, no, pensé, desesperada. En qué me metí, por qué estoy acá…
Intenté caminar, alejarme, y terminé arrastrando los pies; y no había hecho ni diez metros cuando me di vuelta y caí al pasto. Me cubrí la cara. Yo era eso. Yo me arrastraba y me caía, fingía que sabía caminar, pero todo el tiempo estaba buscando hacer equilibrio; constantemente me cubría la cara para no tener que ver.
Este dolor no se iba a ir nunca.
Encima Mariel. Si tantas cosas me habían matado y obligado a revivir, si no podía mirar hacia atrás porque todos mis recuerdos me dolían, era por culpa de Mariel.
Y estaba ahí, desayunando con Azul.
Tal vez habían desayunado juntas todos los sábados. Tal vez ella era la razón por la que me mentía. Y me pregunté por qué todos me mentían por Mariel. ¿Por qué ella valía traicionar mi confianza?
Cuando estuve a tres cuadras de distancia de ellas, me senté sobre la pared de un edificio y traté de respirar bien. Me dije: «Voy a volver a casa cuando este dolor se me vaya».
Volví horas después.
٭٭٭
Ese olor que sentía los sábados cuando Azul llegaba de la facultad era el olor a Mariel Me lo sabía de memoria, pero por alguna razón me lo olvidé. Antes podía reconocer cuándo había pasado por un lugar, caminado, apenas atravesado, solo por ese perfume barato de menta que usaba desde los quince años.
Crucé la avenida, hacia nuestro departamento. Emmanuel me llamó y me asaltaron otros recuerdos, más feos, más hirientes. Le corté.
Caminé como borracha hasta alcanzar el ascensor y volver a mi casa. Pero descubrí algo: no quería volver. No quería cruzar esa puerta ni enfrentarme a la mejor amiga de Mariel. Siempre lo había sido. ¿Por qué me convencí de lo contrario?
Aparte recordé la sonrisa, la sonrisa de Azul y de ella, la risa mezclada en sus diferentes tonalidades. Eran ese tipo de amistades que nacían así, como un rompecabezas incompleto, pero que, juntas, se transformaban en la imitación de una obra de arte. Y eso era lo que me daba más bronca. No solo su amistad alcanzó la nuestra, duró más, sino que hoy en día seguían juntas y tan unidas como antes. Pero Mariel. Ay, Mariel. La última vez que la vi estaba tirada en el piso con la nariz cubierta de sangre y un ojo cerrado, el otro dirigiéndose hacia el mismo camino. Le sonreía a Azul. Nunca iba a olvidar los coágulos de sangre que se le formaron y le mancharon la garganta como una puñalada en la aorta; cómo ese top negro que usaba hasta cuando se bañaba se empezó a teñir de rojo y Azul la cubrió con su campera para que no se siguiera estropeando, la misma campera que tiró a un tacho de basura cuando viajaba hacia Buenos Aires.
Giré la llave. La puerta hizo un «tlac» y la empujé.
La ventana estaba abierta. Del otro lado, en el balcón, Azul había preparado dos mates: uno para ella, amargo; otro para mí, dulce. Lo supe porque siempre peleábamos por eso y, al final, se decidió por unanimidad que debíamos tomar en diferentes vasos. De repente entré y me sentí ahogada, otra vez, por el tamaño de ese monoambiente.
Azul ladeó la cabeza, me miró y se sorprendió. Yo no me moví del lugar. La escuché pararse, mover el asiento para atrás y dar pasos hacia mí.
—¿Qué te pasa? ¿Qué es esa cara? —preguntó, cruzando la puerta—. ¿Qué te olvidaste?
—No me olvidé nada —dije. Las palabras salieron sin aire. Ella me miró—. No me olvidé nada.
—¿Qué te pasa? —Se acercó, y yo me eché para atrás. Fue un acto reflejo, pero vi en su cara terror, un miedo repentino que le cruzó por la mirada e hizo que le temblara la mano que alzó hacia mí.
—¿A dónde fuiste hoy? —le pregunté.
—Solo a la facultad.
Hubo un silencio. De repente las manchas de humedad se hicieron más visibles y las flores marchitas resaltaron por sobre todo. Ese sentimiento en el pecho, el entumecimiento del dolor y el pensamiento de que, si seguía así, mi corazón no lo iba a aguantar más, no lo podría aguantar más porque ya lo había hecho mucho y durante demasiado tiempo. Por su cara, supe que estaba confundida, que tenía miedo, que quería acercarse, pero aborrecía que yo me alejara como si le tuviera miedo. Por mi cara, debió de comprender que yo sabía la verdad.
—¿Por qué no me lo dijiste? —le pregunté.
—¿Cómo lo supiste?
—¿Por qué me mentiste?
Primero pareció descolocada, luego su mirada se enfrió.
—¿Me espiaste? ¿Me seguiste?
—Sí.
—¿Me estás jodiendo, Trinidad?
—Tu tía me dijo que no tenías facultad los sábados. Y me mentiste, y fui a ver.
—Me seguiste. Como una enferma.
—Y vos me mentiste. Durante casi cinco meses me mentiste, Azul. ¿Por qué…?
—¡Porque la golpeaste hasta dejarla tirada en el piso, Trinidad!
Escuchar mi nombre completo de su boca me resultó chocante.
—No voy a dejar que me hagas lo mismo que le hacías a tu ex. No te voy a explicar por qué lo que hiciste está mal. —Se sentó en la cama, estiró las piernas y sacó el celular del bolsillo—. Y Mariel es mi amiga. No discuto pelotudeces.
No discuto pelotudeces. Mis problemas con Mariel, para Azul, eran pelotudeces. No necesité escuchar nada más.
Con el frío y todo, me senté en el balcón, agarré mi mate y empecé a tomar. No supe por qué. Estaba frío y tapado, y no lo suficientemente dulce. Lo dejé a un lado.
Ella miraba la tele con total normalidad. Puso una serie y cerró las cortinas; ya no pude verla más. Yo, afuera, sentí la presión en la nariz y en el pecho. La del pecho no me importaba tanto porque, al final, no se traducía en nada; lo de la nariz se traducía en sangre. Pero no iba a buscar pararlo esta vez. No iba a frenarlo con algodoncitos, con los ojos sobre el espejo y la cabeza inclinada hacia abajo, con la luz blanca y opaca del baño, con la soledad incubada entre azulejos. Solo me quedé sentada mientras me caían lágrimas de los ojos, sangre por la nariz y se me calentaban los labios. Me goteaba el mentón hasta humedecer los pantalones. Una mujer allá abajo me miró y puso cara de espanto. No tenía forma de explicarle a la señora que tenía el corazón roto, que lo tenía así desde los quince años. Que absolutamente a nadie, ni a Emmanuel, Helena, papá, Rosario o Azul les importaba.
Y pensé:
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Tal vez no tiene nada que ver con el momento pero Trinidad es el vivo retrato de «Matilda» de Harry Styles 🙁