XV. Tulipán negro: Estoy sufriendo mucho
Me masajeé la espalda con los pulgares mientras inclinaba la cabeza hacia delante. Dormir en el sillón era una pesadilla, y más si no lo había planeado: se me había entumecido el cuello y ahora, para ladear la cabeza, tenía que girar todo el cuerpo. Allá, cerca de las flores del balcón, Azul hacía algo. No supe qué, porque no lo podía ver. Mejor. A veces la frialdad de sus movimientos me hacía temblar. Prefería escuchar sus pasos que verla pasar y darme cuenta de que se estaba esforzando para no reparar en mí.
El culo se me había hundido en el sillón y, cuando quise levantarme, se formó un hueco redondo y profundo. Me dolían las piernas por no moverlas. Entonces sentí en la boca el gusto agrio, luego de que el estómago rugiera; el regusto de la falta de comida, el mal aliento, el vacío. Me volví a sentar. ¿Había alguien más allá de la puerta? ¿Estaría Rafaela, su madre, su padre? ¿Tenía Rafaela padre? ¿La quería como mi papá a mí? ¿O más bien como Helena, así, dudosamente? Me levanté otra vez, con esa idea en la cabeza. Porque yo a la mamá de Rafaela le hice comida muy rica, sí, comida que no hubiera hecho ni para mí. Pareciera que los demás merecían mi mejor lado, excepto yo misma. La cocina me daba vueltas como una zamba y, cuando abrí la heladera, no encontré nada. Había cosas, claro, pero nada que dijera: «Esto, esto me está pidiendo el cuerpo». Cerré la puerta. Me volví a sentar. ¿Cómo podía apagar el dolor de estómago? Alcé la mirada. Me dolía alzar la mirada. ¿Por qué me dolía todo? Podía moverlos de derecha a izquierda, de arriba abajo, en diagonal me costaba un poco más. Pero a la larga los cerraba y me quedaba así, quieta. Después los abría porque aparecía Mariel en la mente y en la vista y en el pensamiento y en el pecho; ahí, donde me dolía, estaba Mariel, pero, sobre todo, la mochila de la facultad.
La mochila de la facultad estaba tirada junto a la cama. Faltaban solo nueve horas para darle comienzo a mi vida estudiantil. Nueve. ¡Qué emoción! Tenía Panadería I, Seguridad e Higiene, Coctelería I, Pastas I, Carnes I: mis primeras cinco materias. En la mochila había una cartuchera con resaltadores pasteles y lapiceras negras, Post-its y un lápiz negro, hojas rayadas y cuadriculadas, carpetas con dibujos neutros y folios con los nombres de cada asignatura; tenía el vasito de Starbucks recién comprado que me había causado tanta emoción, porque era rojo y verde y ecológico y tan estudiantil; una camisa blanca, un blazer negro y un pantalón de vestir junto a unas zapatillas blancas que cortaban con la formalidad; sobres de té verde y mi carné de la universidad. Ahora recordé la felicidad de adquirir todo eso por primera vez, de ese «¡qué emoción!» que repetí cada vez que pasé la tarjeta nueva de la cuenta que mamá reactivó y tuve entre mis manos todas esas cosas. Y me sentí tan mal, tan mal porque perdí el «qué emoción», perdí la bolita de alegría. Se me disolvió. Con la abuela, con Rosario, con Mariel y con Azul. La bolita desapareció y ahora era un recuerdo bello, bellísimo, pero al fin un recuerdo, y la idea me dio ganas de llorar. Y lloré. Esa mochila me hacía muy mal. Tenía que alejarla o, no sé, guardarla en algún lado hasta que la tuviera que usar. Hacía casi un día y medio que lloraba por cualquier cosa, a veces solo por mirar los pétalos regados sobre la mesa o sentir el aroma sucio y húmedo del sillón, o cuando me dolían un poco más las piernas o la boca o la nariz, y quería levantarme al baño, pero necesitaba que alguien me agarrarse la mano porque yo sola no podía.
Azul entró al monoambiente y cerró la puerta del balcón. Yo con suerte llegué a verla: se sacó la ropa de la florería, se puso un top y una calza, y caminó hasta la heladera para abrirla y agarrar una botella de agua. Dejó la botella sobre la mesa y entró al baño; escuché el inodoro y el lavamanos.
Era domingo. Recosté la cabeza sobre el apoyabrazos. Me tiró el cuello. Ya no tenía más lágrimas. ¿Por qué no tenía más lágrimas? Pero qué pregunta estúpida. Las lágrimas eran para víctimas, y yo tenía la culpa de todo. Mis ojos se quedaron fijos sobre la mochila. La mano me empezó a temblar. Pensé: afuera hay luces de colores, afuera hay estrellas y aroma a ciudad y el ruido de los autos y camiones. Afuera era muy lindo. Podía salir después de comer, aunque no quería comer, aunque esos pensamientos eran una excusa para no comer, porque todo lo vomitaba y si me movía mucho, la nariz me empezaba a sangrar. Pero afuera era lindo y cuando tuviese fuerza, cuando tuviese…
—El agua —dije.
Azul se giró, me miró, pero yo no a ella. Estaba muy concentrada en esa mochila, pero noté que ella se estaba yendo.
Caminó despacio hasta la mesa, agarró el agua y se fue. Menos mal que se fue. Podía parecer que estaba en el sillón sufriendo, llorando, sangrando, sin querer moverme y comer y bañarme, pero en realidad yo estaba bien. Solo me dolía un poco el cuello, la panza, las piernas y la cabeza, solo me ardían un poco los ojos y me jodía el cuello, cómo me jodía el cuello, pero el resto estaba bien. Porque ¿por qué no? Al día siguiente iba a ver a Mateo. ¿Cómo era eso? ¿Lo de que «si tengo a Mateo, a Emmanuel, tengo todo»? La parte de Mateo era cierta. Pero a veces el todo parecía más un «me tiene a mí» y no tanto «yo lo tengo a él». «Que no te mientan», me dijo la hermana de Ciru hacía cuatro años, «tener un hijo no es solo tener panza redonda y ponerle nombre». ¿Qué sería de Ciru? Hacía tanto que no me sentaba a hablar con ella, tomar unos mates, contarnos de todo durante horas. Tal vez mañana, o el viernes, mejor el viernes, le hablaría y le diría «¿cómo estás?» y detrás de esa pregunta escondería un «necesito tu amistad». Porque necesito a un amigo. Como Ciru, que pasaba a buscarme en su auto y comíamos juntas un Automac mientras estacionaba en un parque y hablábamos de nuestros problemas. También me invitaba a los cumpleaños de todos sus familiares, y me dio una segunda llave para la puerta de entrada de su casa. Ciru solía verme todos los días del año y ahora hacía cuatro meses que le respondía cortante, que la dejaba de lado y la excluía de mis planes. Yo necesitaba una amiga, pero tenía que aprender a ser una también. Prometí que la llamaría. Que le diría de juntarnos más seguido.
La puerta se abrió. La puerta se cerró. Pasos alrededor de mí, pasos lentos e inseguros. En mi mente rondaba Ciru como un recuerdo lindo, junto a un sentimiento de gratitud. Porque yo no estaba mal. Incluso sonreí. Yo no estaba mal y mucho menos triste, enojada o acabada. Yo no tenía esos sentimientos. Si cerraba los ojos, si pensaba un rato en Ciru y la visualizaba dándome un abrazo, podría dormirme. Se me relajaban los músculos. Iba a hacerlo. Iba.
—¿No querés comer nada? —me preguntó una voz.
Entreabrí los ojos.
—No, gracias, Aiz.
—¿Segura?
—Sí, no pasa nada. Voy a dormir.
—¿No querés bañarte?
—¡No, tranqui! Me baño mañana. Mañana temprano. Antes de la facu. —Le sonreí y volví a cerrar los ojos. Lo de visualizar era muy lindo. Quería volver a eso.
Tenía los párpados cerrados, pero escuché que caminó de acá para allá como si el departamento tuviera realmente metros que los justificaran. Sentí que se acercó y, al hablarme, le tembló la voz.
—¿No querés acostarte en la cama? El sillón es muy incómodo. Escuchame, Dedé. Abrí los ojos un segundo, por favor.
Lo hice. Y Azul tenía los ojos rojos, pero ahora con lágrimas.
—¿Podemos hablar? ¿Podemos hablar un segundo?
—¿De qué? —Aunque quería abrir los ojos por completo, sentía los párpados pegados y una pesadez en la cabeza que no me dejaba mover bien las pupilas.
—De lo de ayer —me respondió—. Vamos. Vamos a la cama y ahí hablamos.
—No hace falta, acá…
—Yo te levanto —me dijo, y me agarró por la espalda y las piernas.
Me llevó así hasta la cama. No me negué. Primero, porque no me daban las piernas. Segundo, porque la gente que me agarraba con fuerza me generaba tranquilidad. Cuando mi cuerpo se apoyó sobre el colchón y el cuello encontró la almohada, tuve ganas de llorar. Pero solo cerré los ojos y disfruté el contacto, la suavidad, el aroma a lavanda y jacintos y menta. De pronto descubrí que ese también era mi olor.
—Mañana empiezo la facu —le dije.
—Sí. ¿Estás contenta?
—¡Qué emoción! —Pero mi voz no decía lo mismo. Mi voz era un suicidio—. ¿Podés apagar la luz y prender la tele, por favor? Quiero que parezca un domingo cualquiera. Quiero que parezca que estoy en mi casa. ¿Puede ser?
Ella lo hizo tan rápido como lo mandé. Cuando volvió a la cama, el monoambiente estaba oscuro y la única luz era la azul que emitía la pantalla. El ruido del locutor estaba bajo y apenas parecían susurros de gente riéndose y hablando de fechas, lugares, momentos. Se proyectaban diferentes sombras sobre las paredes.
—Perdón. —Después de un rato viendo la gente pasar y pasar por la tele—. Perdón por haberte seguido y haberte espiado.
—No pasa nada.
—Eso es de loca. Lo hacía con Emmanuel y, a veces, en mi cabeza, todavía me justifico. Pero está mal, yo lo sé. Está mal y no lo voy a volver a hacer nunca más.
—Ya está, Dedé. Te perdono.
—¿De eso querías hablar?
—De eso, y de algo más.
—¿Qué cosa?
Tragó saliva y se quedó callada. Afuera se escuchó la sirena de una ambulancia; el viento movió las flores.
—Ya entendí —dije, captando el silencio y todas las palabras que tenía guardado—. ¿De verdad querés saber?
—Sí —me respondió.
Y empecé:
Te puede gustar…
-
Bajo las sombras5,99€ – 19,95€Rango de precios: desde 5,99€ hasta 19,95€ -
Cosas del destino (I): El diario de Claire Lewis6,99€ – 20,95€Rango de precios: desde 6,99€ hasta 20,95€ -
Me sobran los Romeos (Recuerdos I)5,99€ – 19,95€Rango de precios: desde 5,99€ hasta 19,95€

La mato
Esta muy bueno el libro, pero no me deja seguir leyendo 😭 sale error al cargar el otro cap
Cómo hiciste para seguir leyendo?
Necesito seguir leyendo…por favor
No me dejá seguír leyendo 🥺🥺
Alguien sabe cómo seguir leyendo.?
Como seguir leyendo?
Donde se puede seguir leyendo? No nos dejéis con la intriga de saber qué es lo que pasó y va a pasar, por favor 🙏🏼