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Por M.ª Concepción Regueiro Digón, autora de la novela La dama triste, que aúna suspense, con toques sobrenaturales y pinceladas de humor negro.

 

No te ríes, te sonríes (el humor en la literatura)

Hay una serie de asuntos muy curiosos, como el montón de humoristas que resultan ser gente muy seria, como el especial ensañamiento de la censura con obras de carácter humorístico (baste recordar algún que otro secuestro reciente de publicaciones) o como el enconamiento habitual de las redes sociales en la discusión sobre los límites del humor, y es que nosotras habíamos llegado para echarnos unas risas y nos encontramos con estas cosas tan circunspectas, ¿qué pasa aquí?

Pongámonos en plan académico: la RAE apunta siete acepciones para la definición de humor como buena palabra polisémica que es. Nos interesa la séptima. Los académicos [1] no se lo curran mucho (se ve que están muy ocupados con su lucha contra el lenguaje inclusivo) y nos remiten al término “humorismo”, cuya definición es: “modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad, resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas”.

Huy, ¿qué estamos leyendo? Nada menos que toda una serie de mecanismos interpretativos frente al mundo circundante, la cosa se complica todavía más para nuestras carcajadas. No es raro entonces que pueda ser un asunto generador de tanta polémica, y que trascienda al hecho de la risa, esa respuesta biológica extrema (y quien la haya sufrido incontrolable me comprenderá) a situaciones jocosas o divertidas, pero, finalmente, reducida a ese momento o recuerdo concreto. Baste decir que el humor es algo tan complejo que ni la IA más sofisticada del mundo es capaz de interpretarlo o, por explicarlo con un ejemplo, si nos viésemos en una distopía como Terminator, vacilaríamos a Skynet a través de ironías, frases de doble sentido y cuanto recurso humorístico tuviéramos, y no con un estirado como John Connor.

 

 

Bien, vayámonos ahora a la literatura, esa megalópolis grandiosa de palabras, donde el humor es uno de sus habitantes, a veces mirado por encima del hombro, a veces valorado, pero que, en líneas generales, siempre está bajo sospecha, con la policía del buen gusto pidiéndole continuamente la documentación, cosa que le pasa menos a otros enchufados como el lirismo o la crónica. Aun así, el pobre se ha apañado para tener un género propio, con representantes muy significativos, desde Francisco de Quevedo a Tom Sharpe, desde Anita Loos a Isabel Franc, pero no quiero pararme aquí, avancemos un poco más.

Hoy me acerco hasta este siempre acogedor blog con un asunto un poco más amplio, pero que viene a definir en gran medida los estilos de muchas autoras y autores, como es el humor en la literatura, y me refiero a cualquier género, desde ciencia ficción a romántica, pasando por novela negra, histórica, etc. El humor como rasgo definitorio en la narración y en el desarrollo de personajes y que nos permite reconocer sin dudar el estilo de muchas plumas, pues es, finalmente, una manera de interpretar la realidad desde una deformación intencionada de la misma en uno o varios de los elementos que la conforman y que nos mueven a la sonrisa, esa variante menos pronunciada de la risa y más sostenible en el tiempo: ya no te ríes, sino que te sonríes.

Por supuesto, no hay un solo tipo de humor, y podemos ir del más blanco y apto para todos los públicos al más corrosivo, muchas veces solo disfrutable por los estómagos más resistentes; o del más básico, con los clásicos elementos físicos o escatológicos (el costalazo espectacular o la fórmula infalible: caca, culo, pedo, pis) que entiende todo el mundo, al más intelectual, con referencias cultas interpretables solo por quien tiene un par de doctorados. Y de la misma manera que hay muchos tipos de humor, hay también múltiples elementos y recursos para que una obra aparezca atravesada por él sin que a priori sea humorística como tal.

 

 

Así, cuando en una narración se usan obviedades como fórmula para señalar el absurdo de una situación, la autora emplea el humor. Si, por ejemplo [2], señala que todas las miradas van a parar a una persona, pero que el bus de la línea tres va a parar en la esquina, crea una situación absurda a partir de algo que cae de cajón: una parada de autobús como elemento inmutable frente a otro más coyuntural como puede ser el atractivo de alguien. Ese absurdo es una fuente de recursos sin fin sobre todo cuando nos enfrentamos a hechos tremendos o incomprensibles en los que su uso se convierte en el microscopio que muestra en su profundidad las contradicciones e incongruencias de los mismos. Otro supuesto: si narramos las comparaciones que, con el rabillo del ojo, los generales hacen de sus condecoraciones con las de otros en el fragor de una batalla dejamos meridianamente claro el sinsentido de una guerra, comandada por caudillos narcisistas solo preocupados por sus egos. Es, como podemos comprobar, un recurso muy poderoso, fuente de polémicas a lo largo de la historia por lo que tiene de clarificador.

No podemos olvidarnos de otro recurso clave como es la ironía, donde decimos lo contrario de lo que queremos decir, pero dejando clara nuestra intención (“el bienhechor se llevó un botín de miles de dólares” como posible frase paradigmática) que obliga a un auténtico ejercicio de estilo, un recurso que, además, tiene sus distintas gradaciones, y aquí como gallega puedo presumir de uno autóctono como la retranca, donde el punto clave está en la intención oculta o disimulada, hasta llegar al más corrosivo del sarcasmo, con sus necesarias dosis de crueldad.

Cabría hablar de muchos recursos más, desde el empleo de las frases de doble sentido, al uso de adjetivos inesperados en los sustantivos (uno muy evidente: “solo me ha invitado a una triste caña”), o la siempre eficaz exageración (“no le iba a llegar el mundo para correr”), por solo mencionar tres más. Es, en resumen, aprovechar al máximo todas las posibilidades que el lenguaje ofrece para poner ese espejo deformante, o, por usar un título de Wenceslao Fernández Flórez, uno de los mejores ejemplos de ese humor en la Literatura, unas gafas del diablo que nos den una imagen de la realidad desde ese lado cómico, siempre tan honrado. En definitiva, se trata de sonreír porque, finalmente, hemos entendido un poco más.

M.ª Concepción Regueiro Digón

 

Notas:

[1] Uso el masculino por su aplastante mayoría, y es que ese sitio sigue siendo, básicamente, un club de caballeros muy sabidos.

[2] Paso a inventarme unos cuantos ejemplos a vuelapluma que, seguramente, no serán muy eficaces en cuanto a su función humorística, pero que son lo suficientemente descriptivos para las ideas expuestas. Animo a las siempre amables lectoras y lectores a buscar ejemplos concretos en sus obras favoritas y, si lo desean, compartirlos.

¿Quieres sonreír? En estos libros hay humor de muchos tipos 😉

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