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Patricia Reimóndez Prieto es la autora de la novelette de fantasía Nía, y en el texto que sigue nos relata cómo fue su génesis.

 

El tempo de las historias

Si me permites, me gustaría contarte una historia. En realidad, lo que te voy a proponer es dar un paseo por ella. El caso es que no podemos ir a pie, necesitamos otro tipo de transporte: una máquina del tiempo. Podría ser un DeLorean, es resistente y cómodo, pero no demasiado fiable, lo mismo acabamos en el año que no es. Creo que será mejor que usemos nuestra imaginación, nunca falla. Bien, concentrémonos y abrochémonos los cinturones. Destino fijado el 1 de mayo de 2013, cuando todo comenzó. Sí, hace casi nueve años, pero por entonces yo no sabía que ese era un comienzo. Estaba tan tranquila participando en el taller de escritura online de Literautas. La mecánica era muy sencilla: cada mes teníamos quince días para escribir un relato de no más de setecientas cincuenta palabras con una serie de reglas o premisas. Esto no era lo único que debías hacer en este taller, pero como no es relevante para la historia que estamos visitando, nos lo vamos a saltar. Ya sabes, elipsis temporal. La escena de mayo de 2013, «Móntame una escena de principio a fin», proponía escribir un relato en primera persona que empezara con la frase «me giré al escuchar sus pasos» y acabara con esta otra: «cerré los ojos, incapaz de seguir mirando». Dos frases y un narrador, nada más y nada menos, necesité para crear un par de personajes y un lugar. Con dos frases nacieron Mara y una temible y poderosa dríada. Dos frases y un bosque legendario, mágico y prohibido, surgió. Y ahí quedó todo. Envié mi relato y me olvidé. Eso pensé yo.

A veces me ocurre con determinadas historias que una parte de mí no queda satisfecha. Y esa insatisfacción es como un runrún, como un pálpito. Al principio parece una vocecilla lejana y algo tímida que me habla en voz baja, pero con el tiempo se vuelve muy pesada. Cansina de narices. Y esta vocecilla, en cuanto ve una oportunidad, la aprovecha. Y, al final, te convence para que regreses a un relato que te había salido un poco así así y tú ya habías dado por cerrado y concluido. Con lo que volvemos a subir a nuestra máquina del tiempo para viajar al 1 de diciembre de 2014 (sí, me gustan mucho los viajes en el tiempo, creo que ya te has dando cuenta).

Diciembre. 2014. Un e-mail llega a la bandeja de correo. Los editores de la revista Argonautas, que habían tenido a bien seleccionar algunos de mis relatos, se ponían en contacto conmigo porque querían que formara parte, entre otros autores, de su próximo proyecto editorial. Su primera publicación sería una antología y nos pedían dos relatos inéditos de entre dos mil y cuatro mil palabras. «Esta es la tuya», me dijo la vocecilla, «¿te acuerdas del relato aquel? Te acuerdas, ¿verdad?». Cómo no me iba a acordar, si no hacía más que repetírmelo. «Pues ya que te acuerdas», siguió a lo suyo, «¿por qué no lo reescribes y lo expandes? Es la oportunidad perfecta, no me lo puedes negar». Y no se lo negué, no me atreví, de hecho, me entusiasmaba la idea, pero me hice la loca, no me gusta darle la razón así como así a esa vocecilla. Sin más dilación me puse manos a la escritura. La familia de Mara dejó de ser numerosa (era la séptima hija de un séptimo hijo, toma originalidad), ahora solo tendría a su madre y un hermano. Le cambié el nombre al tirano que gobernaba el reino al que pertenecía su aldea y añadí a su mano derecha. Y la misma historia que antes ocupaba seiscientas setenta y dos palabras ahora tenía cuatro mil. Satisfecha de mí misma lo envié junto a otro relato que ya tenía escrito y encajaba perfectamente en lo que me habían pedido.

Días después aprendí una lección muy valiosa: la mayoría de las veces lo mejor que les puede pasar a tus historias es que las rechacen. Bueno, vale, quizá necesité más de unos días para asimilar esta lección. Nadie es perfecto y fue una decepción, me sentó un poco mal que, al final, este relato no fuera a aparecer en la antología, pero, como ya he dicho, fue lo mejor que le pudo pasar. Porque, siendo sincera, Mara y la dríada se merecían algo que no fuera un intento de fantasía épica llenito de tópicos y un desarrollo simplón. Sí, se lo merecía, pero en aquel momento no sabía cómo darles una historia que estuviera a su altura. No tenía las herramientas necesarias. Por aquel entonces yo no dejaba de ser una aprendiz en este oficio de cuentacuentos, no digo que ahora sea una experta, no me malinterpretes, solo tengo más recursos. Recursos que me costaron años adquirir. Y durante esos años, la vocecilla no se dio por vencida. Y como era muy insistente, me resultaba más fácil hacerle caso que ponerme con otra cosa.

¿Estás cómoda? ¿Sí? No está mal esta máquina del tiempo, ¿verdad? Pues agárrate, porque ahora el viaje va a ir más deprisa y tendremos turbulencias.

Regresé varias veces al mundo de Mara y la dríada. Y cada vez que volvía cambiaba cosas. Y las revisaba y las volvía a cambiar. Pero seguía sin estar satisfecha. Había algo que no funcionaba, pero ¿el qué? «Quizá deberías buscar ayuda», me dijo la vocecilla, «otro punto de vista». Fue una gran idea, en realidad siempre lo es. Cuando una se obceca pierde la perspectiva y, para recuperarla ,nada mejor que alguien ajeno y, sobre todo, brutalmente honesto. Bueno, no tiene por qué ser brutal, pero ya me entiendes, no debe tener piedad y mostrarte los defectos sin paños calientes. Y, además de ser honesto, tiene que tener experiencia, ya sea como lector o como escritor, y capacidad para analizar lo que lee o escribe. Estamos en la Nochebuena de 2015 y un buen amigo virtual me da la clave que yo necesitaba para empezar a convertir un relato que no me llenaba en la novelette que yo quería que fuera.

Sé lo que te estás preguntando, ahora estamos en 2022 y eso pasó hace seis años y pico. ¿Todavía nos quedan más de seis años de viaje? Ya, visto así parece un trayecto muy largo. Bueno, lo fue. Pero ahora lo estamos recorriendo en una máquina del tiempo capaz de ir a la velocidad del pensamiento. No vamos a tardar nada, confía en mí.

Poseer la clave, entenderla, y saber cómo aplicarla son conceptos muy diferentes. Lo mismo que tener una idea y desarrollar esa idea. No me caí del guindo enseguida. Seguí cambiando cosas. Probando puntos de vista diferentes, narradores distintos. Añadí y quité escenas. Era un ensayo-error de manual. Yo estaba acostumbrada a historias pequeñas, de pocas palabras, fácilmente abarcables con la mente, que no necesitaban anotaciones, ni escaletas, ni una planificación previa. Cuando las escribía solo me dejaba llevar, seguía a mi intuición. Entre todas las cosas que señaló mi amigo hubo una en particular que llamó mi atención. Él me dijo… (interferencias) y… (interferencias y sacudidas). Vaya, creo que nos hemos aproximado demasiado a los bordes. Verás, en esto de los viajes en el tiempo hay que seguir los caminos, es lo más seguro. Bueno, no importa, lo más relevante no es lo que me dijo exactamente, sino adonde me llevaron sus palabras.

A veces, las respuestas son preguntas. Y la mía fue: ¿qué quieres contar? Ya, ya, lo sé, debería habérmela hecho antes. Te crees muy lista, ¿verdad? «Vamos, responde, ¿qué es lo que quieres contar?». Y yo qué sé, vocecilla impertinente. «Sí que lo sabes». No, no lo sé. «Que sí». Que no. «Que sííí». Que nooo. Estuvimos así un buen rato, mejor lo omitimos.

La vocecilla tenía razón, porque lo que yo quería contar ya estaba allí, en las miles de palabras que ya había escrito, detrás de las revisiones y los cambios, en los huecos entre una escena y otra. Solo tenía que sacarlo. O dejarlo salir. Pero era tan difícil… Tenía que romper muchas barreras: la del miedo, la de la vergüenza, la de esa otra voz menos amable que te dice que a quién le va a interesar. «Pues a ti te interesa», me dijo la vocecilla insistente, la que nunca se rinde, «porque es lo que tú quieres contar». Y Mara recuperó a su familia numerosa, aunque no de la misma forma. Y el tirano dejó de tener nombre porque no importaba cómo se llamara. Y la dríada ganó más peso, más presencia. Y su bosque también. Y encontré a mi narradora. Y la historia de ambas se convirtió en un cuento sobre personas sencillas que solo quieren una vida mejor, y de seres poderosos que se aislaron porque… (ruido blanco y pitidos; y temblores y sacudidas). Perdón, me he vuelto a aproximar demasiado al borde.

Llegadas a este punto creerás que todo fue coser y cantar. Qué va. Seguí cambiando cosas y revisándolas. Y enviando esta novelette a una editorial o a un concurso. Y, bueno, como te puedes imaginar, fue rechazada todas y cada una de esas veces (o ignorada directamente). Y volví a buscar ayuda, benditas y queridas lectoras betas, en especial una que no hizo más que meterme caña. Y continué revisando y corrigiendo. Y más rechazos. Y tras cada uno de ellos otra vez a… Espera, ¿hueles eso? ¿No? ¿Segura? A mí me recuerda al olor del plástico quemado. O a cable chamuscado… Ay, mierda. Me parece que se nos está recalentando la máquina del tiempo. Nos hemos pasado con la velocidad. Será mejor que terminemos el viaje. Lo dejaremos en agosto de 2020, cuando esta historia encontró su casa. Cuando recibió el «sí, queremos publicarla». Fue un momento muy emocionante. Creo recordar que salté y grité. Y puede que se me escapara alguna lagrimita, como dos o tres. «Fueron más, no mientas». Que te calles.

En fin, aparcamos nuestro transporte intertemporal y desconectamos. ¿Qué? ¿Decías algo? ¿Que no quieres quedarte aquí, en este año? Ah, ya. Cierto. Tú vienes del 2022. Pues verás, esto te va a hacer mucha gracia, pero vamos a tener que esperar un poco. No te preocupes, solo hasta que se enfríe la máquina del tiempo. O hasta que consiga arreglarla, ejem.

Patricia Reimóndez Prieto

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