Tiempo de lectura: 6 minutos

Hace un par de meses volví a Madrid, la que fue la ciudad de mis sueños en la adolescencia, como buena muchachita de provincias, y que terminó reducida en mi imaginario al extenuante transporte público y una cantidad indigesta de gente en todas partes. Pero parece ser que lo malo conocido tiene algún arma de seducción de la que carece lo bueno por conocer, porque llamé a mi antiguo jefe, me ofreció un puesto mejor que el que tenía cuando me marché, me despedí de todo, de todos y regresé a la ciudad de la que me fui cinco años atrás.

En los años previos a la pandemia, alquilaba una habitación grande con gastos incluidos por unos trescientos euros al mes, mientras que un amigo pagaba seiscientos por un piso de sesenta metros. Ya entonces me parecía una locura tremendo despilfarro. Qué risa.

El caso es que, con las prisas, no indagué mucho en alquileres, me metí en una página para compartir piso y la primera que me cuadró, allí me fui con la intención de, con más calma y ya instalada, ir mirando algo para mí sola. Con mi nuevo puesto, podría permitírmelo. Perdón, “debería poder” permitírmelo. Porque llevo aquí tres meses y no sé si desinstalar la infausta aplicación, empadronarme en este piso que comparto sin zonas comunes o salir a la calle a quemar cosas. ¿Puedo irme sola? Sí, pero con la condición de comer solo una vez al día, que mi vida social consista únicamente en beber agua del grifo en un banco del parque y rezar para que no le pase nada al coche, claro. Además, llamadme tiquismiquis o incluso pedigüeña, pero me gustaría ducharme en una estancia que no sea la misma que en la que cocino por no menos de mil euros al mes.

No obstante, con estos bueyes hay que arar, así que podéis imaginaros, si habéis leído De Madrid al pueblo, la de veces que me acuerdo de Carlota al cabo del día. Escribí esta novela antes de vivir en carne propia el infierno de la búsqueda de un alquiler asequible, visionaria como yo sola, así que no me saco a mi protagonista de la cabeza. Cómo la entiendo, y cómo la envidio por su valentía de hacer lo que muchas de nosotras hemos soñado alguna vez… “Qué ganas de mandarlo todo a la mierda e irme a vivir a un pueblo perdido de la mano de Dios” es el pensamiento recurrente de mi generación, y quizá una realidad para las que vienen.

El tema de la vivienda es un tema sensible para cualquier persona joven en edad de merecer, pero si encima eres millennial… La cosa se pone fea, fea, porque si hay algo que diferencia a la generación zeta de la millennial, entre muchas otras cosas, es el lugar en el que se ubica el desencanto. Una veinteañera viene desengañada de casa, ni tiene esperanza ni se la espera, pero las que pasamos los treinta nos hemos llevado “el gran chasco”. Crecimos pensando que a nuestra edad tendríamos una casita muy mona con tres habitaciones, muchas plantas y un par de gatos. Sin embargo, nos encontramos obligadas a compartir hogar, etiquetar la comida y, en muchas ocasiones, residiendo en un piso que, mágicamente, no tiene comedor. Hasta ese lugar de encuentro hemos perdido.

Pero no pasa nada, hemos cambiado unos sueños por otros porque así somos las millennials: inasequibles al desaliento. Hoy en día, soñamos secretamente (y a veces no tan secretamente) con enviarlo todo al carajo, pasar de alquileres insoportables e irnos a vivir al campo, cosechar un huertito sostenible, plantar unos cuantos frutales, conseguir un par de gallinas y despertar con el sonido de la nada más absoluta, ese silencio incomparable que solo se consigue en un pueblo. Qué fácil, qué bella sería así la vida, sin tráfico, sin embotellamientos en el metro, sin soportar ruidos de vecinos, coches… Lástima que todas lo pensamos, pero ninguna lo hace.

Porque motivos para vivir en un pueblo no faltan, sobre todo si recurrimos a las insoportables comparaciones con la ciudad.

En primer lugar, y siendo absolutamente prácticas: es un tema económico. Los alquileres son ínfimos en comparación, y si pensamos en la compra de vivienda… Cuesta lo mismo una casa entera en un pueblo que la entrada de un piso minúsculo en la ciudad. No hay más. Visto con mis ojos: una amiga se ha comprado una casa en mi pueblo por treinta mil euros, vieja y con los muebles de tu abuela, sí, pero con cuatro habitaciones, una cocina campera y un patio interior. Y los muebles y la reforma, cuando pueda.

En segundo lugar: el transporte. Al poder ir caminando a cualquier sitio, el coche es un vehículo que solo se utiliza un día a la semana para hacer la compra. O ninguno si tienes unos ultramarinos cerca. Menos estrés, menos gasolina, menos taller, menos atascos y menos olor a humanidad en el metro.

En tercer lugar: los y las vecinas. Olvídate de volver a comprar huevos en una tienda, o tomates en verano, o uvas en otoño, membrillos, pimientos, albaricoques, ciruelas, etcétera. En los pueblos, el que más y el que menos tiene huerta, grande o pequeña, no importa. Lo que se cosecha hay que comérselo porque si no se echa a perder (o se embotella, pero eso da para otro artículo), por lo tanto, lo que humanamente no puede consumir una familia, ¡se regala! “Anda, niña, vente a mi casa, llamas por la cochera y te doy un cubo con higos que a tu madre le gustan mucho y así se le quita el antojo”. Esa frase me la han dicho a mí un millón de veces. En un pueblo, si tienes contactos, la fruta y verdura de temporada viaja de la huerta a tu mesa sin intermediarios. Eso sí, cuando tú hagas un bizcocho de yogur de limón llévale también un buen pedazo a la vecina de los higos, que el trueque es milenario y funciona a las mil maravillas.

En cuarto lugar: la salud. En un pueblo se camina, porque tardas más en mover el coche que en darte un paseo hasta el sitio al que te dirijas. Por no hablar de la calidad del aire. Nada que añadir al respecto de este asunto ni necesidad de alargarse en explicaciones. Las únicas boinas que hay en los pueblos son las de los jubilados que juegan a la petanca en el parque y la contaminación que sufrimos es lumínica en las fiesta patronales, allí en el recinto ferial. Fin.

En quinto lugar, y no por ello menos importante: las panaderas. Las panaderas en los pueblos, al menos en el mío, son lo mejor que hay. Vienen vestidas de blanco en una furgoneta hasta la puerta de tu casa a traerte el pan, se lían a pitazos para que salgan todas las vecinas de la calle a reunirse en torno a esa C15 del año de las Olimpiadas que hace las veces de establecimiento ambulante, y llegas tú con tu euro con cincuenta céntimos para llevarte una chapata artesana y media docena de rosquillas recién hechas. Y todavía la mujer te dice lo guapa que estás y lo bien que te queda ese moño desprolijo de cuando haces sábado en casa. Te felicita las fiestas, los cumpleaños y se acerca al tanatorio cuando toca cumplir con la familia. Que la diosa bendiga a las panaderas.

Y como motivo extra, y no por ello menos importante: las forasteras. Profesoras sustitutas del colegio, del instituto, residentes en medicina que están haciendo las prácticas en tu centro de salud, emprendedoras que plantan el huevo en tu pueblo con su agencia de viajes del IMSERSO, tiendas de chuches, clínicas veterinarias o estudios fotográficos para bodas, bautizos y comuniones de la zona. En cuanto ponen un pie en el pueblo, se las mira con ojo crítico y castigador, fruto en la mayor parte de los casos por el aburrimiento: una persona nueva siempre es un motivo de cotilleo y eso, en los pueblos pequeños, se agradece. Pero son fuertes las forasteras, aguantan los chismes y habladurías y al final solo queda la esencia de quienes son en realidad, dejando atrás suspicacias varias y el veneno de las malas lenguas.

Resumiendo, para no extenderme más: si el trabajo no estuviera en su inmensa mayoría en las ciudades grandes, ¿viviríamos en ellas? Cuando el teletrabajo se imponga, si llega ese día, ¿las ciudades seguirán resultando atractivas para vivir en ellas o se convertirán en un gran hotel del parque temático en el que las estamos convirtiendo? Dejo ese par de reflexiones para quien quiera darles una vuelta. Yo voy a hacerme una ensalada con los tomates que me ha dado mi madre de la huerta de la Casi (Casimira en su tarjeta de identidad). Saludos, bendiciones y ¡viva Canguingos! ¡Viva!

Vive la vida de pueblo en De Madrid al pueblo con el nuevo libro de Cristina González (@TomorrowJuana)