El otro día, hablando de pueblos durante una reunión del equipo LES (últimamente tocamos mucho este tema, no sé por qué), se pusieron de relieve las diferencias entre las que hemos tenido infancia o adolescencia rural y las que han vivido siempre en ciudades. Los espacios donde crecemos y nos desarrollamos dejan una huella indeleble en las personas que somos, como los embistes del mar en la roca viva, moldeando nuestras experiencias, actitudes y, muchas veces, hasta nuestra forma de ser.
No sería quien soy sin mi pueblo. Lo sé ahora y lo sabía con dieciséis añitos cuando la vida era tremendamente menos complicada aunque intensa (que una es sáfica por algo) y podía pasar los veranos y fines de semana en mi lugar favorito. Así que aquí estoy, dispuesta a compartir la experiencia de una mini-sáfica teenager millennial urbanita con el privilegio de abuelos (y padre) de pueblo de pura cepa. Para contarte las cosas que nadie debería perderse.
Las canciones del verano no tienen misterio para ti
Si algo se hace tremendamente bien en los pueblos es celebrar las fiestas patronales. Con sus juegos para niños, partidos de solteros contra casados (sic), maratones, chocolatadas, tortilladas y cualquier excusa para comer. Pero sobre todo sus verbenas. Con la orquesta más barata del mundo te montan tremendo fiestón hasta las tantas bailando Cuando tú vas de Chenoa, cantando a pleno pulmón Por la raja de tu falda (esta las sáficas la voceábamos con pasión) o dando saltos con cualquier canción de Extremoduro. Porque las orquestas son los grupos de versiones más versátiles e infravalorados del mundo y clavan todos los temazos aunque hayan tenido menos de un mes para ensayarlos. Bless’em.
El deporte no tiene género
Mientras que en el colegio e instituto había una marcada brecha entre las actividades de chicos y chicas, en el pueblo ha reinado siempre una maravillosa anarquía al respecto y todo el mundo juega a todo. Da igual que pises el balón y te esmorres cada vez que hay partido de fútbol. Que nunca hayas cogido unos patines o que la raqueta de tenis se te escurra entre los dedos cada vez que quieres darle a la pelota. En el pueblo todes juegan a todo porque lo que importa es pasarlo bien. Y en el mío, concretamente, las chicas hemos dado más de una paliza a los chicos cuando se ponían farrucos.
Los planazos son gratis
Mientras la ciudad consume tus ya de por sí escasos recursos económicos de adolescente, el rural te ofrece todo un abanico de oportunidades sin que sufra la cartera. Desde hacer una merienda en el monte hasta comer pipas en la plaza pasando por ir a echar unas canastas al frontón. Y el tiempo (esto es una cosa que @TomorrowJuana ha clavado en su último libro) transcurre lento como el metrónomo en un vals. Así que cualquier excusa es buena para echar el rato con les amigues hasta que alguna madre o abuela enfadada te llama para cenar.
Haces el mejor kalimotxo del mundo
Esto es así. Los cócteles básicos no tienen secretos para nosotres porque en las fiestas patronales se bebe (y cómo), así que con edades aún un poco dudosas ya sabes la cantidad exacta de vino peleón, Coca-Cola y el shot imprescindible de chupito de mora (ojo, sin alcohol, que una vez lo mezclamos con orujo de mora y las consecuencias fueron etílicamente catastróficas) para hacer una bebida fresquita y perfecta con la que calentarte en la verbena de la Orquesta Maripili.
Tu nombre no importa
Da igual cuánto se esforzasen tus progenitores en elegirlo: en el pueblo eres “la hija de”, “la nieta de” o simplemente tu apellido al que añaden un -illa, -ita o -ica al final porque otra cosa no, pero el paternalismo generalizado del ambiente rural no se lo sacan ni a tiros. Y, oye, ni tan mal. Con suerte te van a confundir con tu hermane o tu prime cuando hagas alguna trastada y de esa que te libras.
Las distancias no existen
Si caminando se tardan diez minutos, con la bici la mitad. La Plaza Mayor, el bar, el río, el campo de fútbol o las eras están literalmente a tiro de piedra y el ejercicio te mantiene sana como una manzana.
La temperatura tampoco existe
Puedes jugar en la calle en pleno mes de noviembre con niebla y diez grados bajo cero vistiendo una camiseta de manga corta o hacer una ruta de bici en verano con el sol abrasándote la nuca como un dragón enfadado. Da igual. Una cosa tan irrelevante no va a jodernos el día. Aunque, con el paso de los años, empiezo a sospechar que esa capacidad de adaptación térmica tenía más que ver con la edad que con el entorno… Pero es que en el pueblo todo se lleva mejor.

Podría seguir cantando las alabanzas de la vida rural durante horas, porque como la mayoría de mi generación no hay día en el que no piense en dar una patada en la boca al capitalismo rampante de las ciudades y mudarme a una casita de pueblo con su chimenea, sus michis y vecines majes. Pero es que esto ya lo ha hecho con maestría Cristina González, alias @TomorrowJuana en su última novela, De Madrid al pueblo, regalándonos un abrazo calentito a las nostálgicas de nuestra adolescencia rural y una muy bien pavimentada vía de escape a las urbanitas hartas de todo. Echa un vistazo gratis al primer capítulo aquí y si no te engancha prometo compartir contigo la receta secreta del kalimotxo.
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