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Si fuera una de esas creadoras de contenido insufribles que se empeñan en descubrir nuevas “tendencias” y “modas” cada semana, de esas que mantienen las redes bien surtidas de artículos clickbait con los que tu tía pueda sembrar el pánico en el chat familiar, diría algo así como “lo gótico está teniendo un renacimiento”, o quizá “los jóvenes se sienten cada vez más atraídos por la estética victoriana” (pobre palabra, estética. Los horrores que han hecho contigo). Pero, para fortuna de ustedes, no soy creadora de contenido, sino una escritora con collar de perro y camiseta de Sisters of Mercy, y esto no es un listículo destinado a saturar Facebook, sino un blog en el que vengo a hablar de mi libro (así que, me temo, igualmente voy a intentar venderles algo. Prevénganse ustedes).

¿Por qué literatura gótica, entonces? ¿Por qué seguir escribiendo, en tiempos de redes sociales y crisis climática, un género que nació hace más de doscientos años, que ya provocaba escalofríos a gente con peluca y tacones que de día asentía con aires entendidos ante los descubrimientos científicos del momento y por la noche leía con placer culpable Los misterios de Udolfo? ¿Por qué hay jovencitas nacidas cuando yo me compré mi primer par de zapatos de Demonia que llevan cuentas de Instagram y TikTok sobre literatura y crean posts sobre diez libros góticos que no puedes perderte, o sobre qué heroína gótica eres según tu signo del zodíaco? ¿Cómo es que autoras contemporáneas como Silvia Moreno García y Mariana Enríquez de repente se codean con grandes damas oscuras como Ann Radcliffe y Daphne du Maurier?

De nuevo, si fuera creadora de contenido, o una de esas periodistas con tanta calle que publican en pulidas y rebeldes revistas online, ofrecería que la literatura gótica es un refugio de imperfección  en los tiempos que corren. Que en una época de clean girls y trad wives, de inyecciones en los labios, rutinas de cuidado facial de sesenta pasos, fascismo disfrazándose de estética y, en general, de hipervigilancia, la literatura gótica (y el goticismo en un concepto más amplio) es un acto de rebelión. Una negativa a estar siempre perfecta, un deseo asertivo de expresar emociones desagradables o inadecuadas o difíciles de hacer quedar bien en un vídeo. Un espacio donde poder llorar y chillar y estar despeinadas (quizá perseguidas por una presencia inenarrable por los pasillos de una mansión en ruinas), un lugar donde podemos guardar secretos terribles y airearlos en el momento más inoportuno. Teorizaría, también, sobre la potencialidad femenina y queer de la narrativa gótica en tiempos de censura reaccionaria. Cómo fue desde el principio un género cultivado por mujeres, un campo donde, codo con codo con la heroína desvalida que se desmayaba con el camisón a medio caer, nacieron protagonistas femeninas que investigaban misterios y vivían aventuras, demandaban respeto a su honor y mantenían amistades muy pero que muy cercanas con otras mujeres. La novela pulp homosexual de mediados de siglo XX, ese bastión del deseo gay y la no conformidad de género, también nació de las entrañas oscuras de la novela gótica, al fin y al cabo. Son una preciosa familia, si me preguntan.

Por desgracia para ustedes, soy licenciada en Historia, no en Periodismo, así que esos sesudos análisis, me temo que quedan fuera de mi rango de acción.

La verdad, no creo que lo gótico esté viviendo un renacimiento, porque no creo que lo gótico se fuera nunca a ninguna parte. Es más, creo que lo gótico ha sido parte indivisible de la experiencia humana desde que reptamos fuera del mar y nos pusimos a contarnos historias; ese reverso oscuro de la cotidianidad hecho de nuestras piezas más incómodas y dolorosamente reales, de esos miedos que no soportamos mirar a la cara pero que no podemos dejar de palpar compulsivamente, como encías enfermas. Sigue existiendo, y siempre existirá, un deseo de ahondar en esas profundidades, lo llamemos como lo llamemos. Más allá del pulp, muchas de las literaturas de género de las que disfrutamos hoy en día, como el terror, la ficción histórica y el romance (y, por extensión, la erótica, otro de esos géneros que miramos de lado, pero que no podemos dejar de mirar) son, de hecho, nietas de la gótica. Nunca nos abandonó, sigue entre nosotros en nuevas encarnaciones, a pesar del desprecio y los olvidos imperdonables de la crítica culta, porque la necesitamos.

Empecemos por lo más evidente: la literatura gótica nos permite abrir la puerta de desvanes y sótanos poco recomendables y dar un paseo con sus monstruos. Nos ofrece espejos malditos a los que podemos asomarnos para ver aquello que acecha a nuestras espaldas y descubrir que, quizá, tenemos más en común con esos monstruos de lo que nos enseñaron. No estoy diciendo nada novedoso con esto. Pero también, y creo que esto es la clave de todo, nos permite sentir a lo grande. No hay mesura ni saber estar en la ficción gótica, no hay amores discretamente ocultados, ansiedades sofrenadas con compostura, y desde luego no hay, gracias a dios, catedráticos de mediana edad planteándose el adulterio con una alumna mucho más joven. En este género los sentimientos son desproporcionados, excesivos, imposibles de ignorar; en este género hay consumo de sangre como metáfora de la antropofagia del deseo, hay fantasmas aullantes que son encarnaciones de aberrantes traumas generacionales, hay criaturas inmortales jurando una fidelidad más allá de los siglos que reflejan nuestro anhelo de perfección, de unidad trascendente, de un amor que sobrevivirá a la crueldad del tiempo. Incluso el lenguaje es lujuriante, opulento, abigarrado, lleno de adjetivos y adverbios y subordinadas y puntoycomas y apartes y vacilaciones que le pondrían los pelos de punta a los Paul Austers del mundo. En la ficción gótica no tenemos que conformarnos con poco, resignarnos a lo que son las cosas, fingirnos respetables. En ella, la voz interior es exterior (y habla a gritos), no hay desapego, no hay ironía, el autor jamás usa el humor como mecanismo de defensa para no tener que enfrentarse a su propia vulnerabilidad. Se me ocurren pocas cosas más sanadoras para aquellas a quienes siempre les han dicho que son demasiado: demasiado ruidosas, demasiado raras, demasiado exigentes, demasiado bruscas, demasiado sensibles, demasiado voraces, demasiado lascivas, demasiado masculinas, demasiado sáficas, demasiado. La ficción gótica ofrece afecto y consuelo a los animales mitológicos desesperados que seguimos siendo debajo de la hipoteca, el trabajo precario, la lista de la compra y la implacable lija de la vulgaridad; la ficción gótica, en fin, nos quiere tal y como somos, partes indecentes incluidas. ¿Y quién no desea eso? No creo que esa sed quede saciada nunca.

En un videoensayo sobre la opulencia, la filósofa y youtuber Natalie Wynn profetizaba el nacimiento de un nuevo gótico: un género que esta vez prosperaría en los centros comerciales abandonados, ruinas de la fiebre del oro capitalista, igual que los vampiros y los fantasmas de antaño infestaron los castillos derruidos que eran las cenizas del sistema feudal. Concuerdo plenamente con ella. Incluso cuando ya no quede ni una sola fortaleza medieval en pie, seguiremos contándonos historias tenebrosas de maldiciones familiares y muertos vivos: somos una especie embrujada por nuestro propio espíritu. Y algún día, cuando todas hayamos muerto, con un poco de suerte en un mundo mejor que aquel que habitamos ahora, la comunidad seguirá reuniéndose, en persona o a distancia, y susurrando acerca de los fantasmas que penan en las cuevas, en el bosque, o en las ruinas del antiguo metro. Y sentirán el mismo escalofrío delicioso que nosotras.

Híncale el diente a estas monstruas de la literatura gótica sáfica

Vol. 4 Amadas y monstruas

Rango de precios: desde 2,99€ hasta 14,95€

Tres historias. Tres mujeres. Tres amores que desafían la muerte.

En una mansión en ruinas, Rosemary conversa con su única amiga, que es Eliza y que ya no está… ¿o tal vez sí? ¿Hasta dónde puede llegar un lazo tejido entre espectros?

En la España del siglo XIX, Victoria persigue un sueño prohibido: dar vida a un cuerpo hecho de fragmentos. Un acercamiento inquietante, pero deslumbrante, al mito de Frankenstein, visto desde los ojos de una joven decidida a vencer a la muerte.

Sesenta años después de los hechos narrados en Carmilla, la vampira protagonista sigue anhelando a su amada Laura, atrapada en un deseo que ni la distancia ni la eternidad han logrado apagar.

Amadas y monstruas es un tríptico gótico que nos recuerda que no hay nada más humano —ni más monstruoso— que el amor imposible.