Pilar Cucala
Nacida en Castellón en la década de los 70, intérprete de saxo y lectora precoz, ha tenido desde siempre el corazón dividido entre las ciencias y las letras. Licenciada en matemáticas, profesora de instituto y madre de adolescentes dedica toda su energía a buscar huecos en la agenda. Y, con menos disciplina de la que le gustaría, aprovecha algunos de esos huecos para inventar personajes, vidas, historias y diálogos.
Sus vicios, aparte del café, son los juegos online de mundo abierto y las series con tramas interesantes (que las ve preguntándose por qué no se le pueden ocurrir esos giros a ella). Y su mayor afición, actualmente, es tratar de llegar a fin de mes.
Si necesitas compartir alegrías y miserias, tienes una amiga aquí.
Sinopsis
¿Qué pasó con los hijos de Cleopatra tras su muerte? Descubre el secreto de las dos mujeres a quienes la reina confió su mayor tesoro.
Mañana debemos partir. Será un viaje largo, incierto y peligroso. Por eso quiero dejar escrita vuestra historia, para que la figura de vuestra madre no caiga en el olvido, por mucho que los romanos se empeñen en ello. Lo que una persona conoce sobre el pasado se limita, y siempre se limitará, a lo que otros le cuentan. Durante estos años, todos a vuestro alrededor se han empeñado en borrar su rastro, en minimizar sus logros. En reducir su persona a una simple mujer atractiva, seductora, embaucadora. Pero ella fue mucho más y sé que su legado perdurará para siempre, aunque ahora sus recuerdos se sientan como pequeñas semillas flotando en una corriente de aire. Por eso debo preservar su memoria. Es mi deber mantener su recuerdo. Y será vuestra misión honrar a vuestra estirpe. Han pasado ocho años. Ocho largos años sin ella. Sin nuestra reina, nuestra diosa. Cumpliendo con honor y con infinito orgullo la última tarea que me encomendó, la más importante. Cuidar de sus hijos, de su legado, de su memoria. Y lo voy a hacer hasta mi último aliento, mientras corra una gota de sangre por mis venas. Porque, de todas formas, para todo el mundo yo ya estoy muerta. Mi destino quedó sellado ese día hace ocho años, en el que, para todo el mundo, Iras y yo fuimos declaradas muertas. No concibo mayor honor que cuidar de sus hijos, guiar su destino y conservar su memoria. Como no puedo imaginar mayor dicha que haber tenido el honor de servirla en vida. Escribo en la mesita al lado de la cama, donde Iras duerme, mientras las gotas de lluvia estallan en el tejado. Dentro de unas horas, antes de que amanezca, os iremos a buscar y partiremos hacia Mauritania, a reuniros con vuestra hermana. Aunque renunciando a vuestro nombre, al menos por un tiempo, los tres hermanos volveréis a estar juntos. Los tres hijos de Cleopatra. Han transcurrido ocho años desde que llegamos a Roma. Desde el día en que el infame Octavio, para celebrar su victoria en Egipto sobre Cleopatra y Marco Antonio, presentó a los romanos sus más preciados trofeos de guerra. Su máximo deseo habría sido presentar a vuestra madre como una reina derrotada y sometida. En su lugar, hizo desfilar a sus niños, atados con pesadas cadenas de oro, detrás de una efigie de su madre con un áspid aferrado a su brazo, en lo que se les antojó un espectáculo grandioso. Alejandro Helios, altivo y con la mirada desafiante de su madre, aunque Iras y yo, que lo observábamos todo entre la multitud, adivinamos tu esfuerzo por no llorar. Por no dar muestras de cobardía. Vuestra hermana Cleopatra Selene, tan diferente de su hermano mellizo, con la mirada fija en el suelo. Cerrando la marcha nuestro pequeño Ptolomeo, que sin los atentos cuidados de Iras no hubiera sobrevivido al viaje. Erais muy pequeños, y no sé qué recuerdos guardareis de ese día. Por una parte, me gustaría que lo olvidarais. Pero también merecéis saber con qué clase de personas habéis compartido la vida estos últimos años. Y también debéis saber que, aunque sea en la sombra, todo este tiempo hemos estado ahí, con vosotros. Fueron tiempos difíciles, ya que los rumores sobre vuestro destino se sucedieron tras la llegada a Roma. Al igual que hizo con vuestro hermano mayor Cesarión, temíamos que Octavio os asesinara a los tres. Finalmente, fuisteis entregados a su hermana mayor Octavia. Ella accedió a cuidaros, junto con sus otros hijos e hijas. Supongo que en ese momento pensó que erais demasiado valiosos como para causaros algún daño. Ahora que vuestra hermana Cleopatra Selene ha cumplido catorce años y se ha decretado su matrimonio con el rey Juba de Numidia, partirá hacia Mauritania, donde será proclamada reina. Pero no hay planes para vosotros dos. La casa de Octavia ya no es vuestro sitio. Y por mucho que hayan querido transformaros en mediocres ciudadanos al servicio de Roma, sé que vuestra verdadera naturaleza se revelará algún día. Ellos también lo saben. Y tenéis ya una edad en que podéis llegar a ser peligrosos. Por tanto, antes de que sea demasiado tarde, ha llegado el momento de partir. Porque si deciden que ya no les sois útiles, tienen poder para haceros desaparecer. Para que nunca jamás se sepa lo que os sucedió. Para que vuestro recuerdo se desvanezca en las brumas de la historia. Sé que todos estos años han intentado convertiros en ciudadanos romanos, en hacer que renegarais de vuestra gloriosa estirpe y seguro que habréis oído historias sobre vuestra madre. Ella, que se atrevió a desafiar a Roma, les hizo sentir miedo y les hizo darse cuenta de lo insignificantes que eran a su lado. Os habrán explicado el triste final de una de las mayores soberanas que ha conocido el mundo. Imagino que os habrán hecho sentir vergüenza de vuestro origen. Solo los débiles como ellos pueden no ver la grandiosidad que habita en vosotros. Debéis tener en cuenta que nadie de entre toda esa gente que os habla, la conoció en persona. Se limitan a repetir historias que van variando con el tiempo, y que están destinadas a demostrar la gloria de Roma sobre Egipto. Y que han transformado la figura de Cleopatra en una mujer insaciable, derrochadora, traidora y sanguinaria. Pues bien, nada de eso es cierto. Iras y yo fuimos las personas más cercanas que estuvimos a su lado, a vuestro lado. Compartiendo los momentos de gloria, y compartiendo su triste final, que debería haber sido el nuestro también. Toda nuestra historia está ligada a ella. Nací esclava, y no recuerdo ni un solo día de mi vida sin Cleopatra. Crecí junto a ella y la vi convertirse en una mujer lista, brillante, astuta… Sus profesores alababan su mente afilada, su capacidad de razonamiento. Los ciudadanos egipcios la adoraban porque reinstauró las costumbres de su pueblo, los ritos de los antiguos faraones. Y les hablaba en su lengua. Su luz inundaba cualquier estancia con su presencia. Todo esto lo viví yo con ella, lo vi cada día. Vuestra madre llegó al trono de Egipto después de la muerte de su padre. Pero lo heredó junto con su hermano pequeño Ptolomeo. Ella tenía dieciocho años y era una mujer lista, dispuesta, preparada para gobernar. Su hermano solo tenía doce años y, como manda la tradición, se casaron. Cada uno de ellos conservó su propia corte y sus propios aposentos, y su relación se limitaba a las apariciones en público en los grandes actos que debían presidir juntos. Fue en esa época donde conocí a Iras. Ella era una esclava como yo. Se encargaba de afeitar la cabeza de Ptolomeo y de mantener perfectas sus maravillosas pelucas, las que lucía en los actos más solemnes. En ese momento debíamos tener una edad parecida a que tenéis vosotros ahora, pero nuestro amor fue instantáneo. Me gustó todo de ella, tanto su aire solemne en presencia del rey, como su alegre simpatía y su entusiasmo contagioso al hablar conmigo. Me enamoré enseguida. Y ese sentimiento me ayudó a descubrir muchas cosas de mí misma. Me ayudó a entenderme, a sentirme viva, completa, bendecida por los dioses. Pero éramos dos esclavas. Nuestro destino no estaba en nuestras manos. Aunque los dos hermanos no vivieran juntos, pudimos encontrar momentos para estar a solas, para conocernos, para comprendernos. No era la situación ideal, pero para nosotras fue una época muy especial. Además, yo estaba cada vez más unida a Cleopatra y poco a poco fue confiando más en mí. Aunque manteniéndome en un segundo plano, participaba en las reuniones con los reyes, con los emisarios, con sus confidentes y consejeros. Acabé siendo su mano derecha y la persona de confianza de mi reina. Durante esos años el pueblo de Egipto aprendió a quererla, a respetarla y a amarla como yo. Parecía que un futuro de grandeza se alzaba ante nosotros. Su único error fue subestimar a su hermano. Ptolomeo, cuyo papel había sido en los primeros tiempos el de acompañante y consorte, fue tentado y convencido por gente que ansiaba poder para derrocar a Cleopatra. El débil e ingenuo Ptolomeo…. Cuando a consecuencia de esto empezó la guerra civil, Iras y yo temimos por nuestro futuro. Creíamos que, de una manera o de otra, nuestra relación se vería forzada a terminar. Pero cuando todo acabó y Ptolomeo murió, Cleopatra se encargó de que Iras pasara a formar parte de su corte. Y no fue por azar. Mi grandiosa reina. Con su inteligencia, con su aguda percepción y sin haber hablado nunca conmigo sobre el tema, entendí que todo el tiempo había estado enterada de nuestra historia. Decidió intervenir en nuestro favor. Nos concedió la dicha de una vida juntas. Muchos que han pretendido ser grandes reyes ni siquiera conocían el nombre de quién les preparaba la comida cada día. Nuestra reina Cleopatra, aun teniendo que tratar con las personas más poderosas del mundo, y aunque pareciera que nunca nos había dirigido, a sus sirvientes, una mirada de más, sabía todo lo que sucedía en su palacio. Y se preocupaba por nosotros. Los años siguientes fueron un sueño. He intentado servirla lo mejor que he podido. Hubiera dado mi vida por ella. Por vosotros tres si me lo hubiera pedido. Veros nacer, crecer en el palacio. Imaginar un futuro en el que seríais reyes y, emulando a vuestra madre, haríais del mundo un lugar mejor. Y, mientras tanto, ver crecer mi amor por Iras. Mi dulce, preciosa y amada Iras. Mi dulce compañera. Mi vida. Que le debe tanto a Cleopatra como yo. Hasta que Octavio puso fin a ese sueño. Después de vencer a Cleopatra y Marco Antonio en la batalla de Actium y después de que este se suicidara por creer que Cleopatra había muerto, mi reina sabía cuál iba a ser su destino. Y de ninguna manera quería ser presentada como un trofeo del infame Octavio. Así que planeó su muerte… y vuestro futuro. Esa noche, después de cenar, tomó unas tablillas sobre las que escribió un mensaje que mandó enviar a Octavio. Enseguida hizo salir a todos los que estaban en su mausoleo, excepto a nosotras dos, sus fieles sirvientas, y cerró la puerta para el resto del mundo. Sabía que en cuanto las tablillas llegaran a manos de Octavio y este leyera su contenido, se daría cuenta de lo que estaba a punto de hacer. En su mensaje le pedía ser enterrada junto a Marco Antonio, y le rogaba que perdonara la vida a sus hijos. Pero no confiaba en que fuera a concederle ninguna de las dos cosas. Por eso nos dio instrucciones concretas sobre cómo desaparecer, y nos explicó a quién debíamos dirigirnos para poder partir hacia Roma y poder permanecer siempre cerca de vosotros. A continuación, nos mandó entregar nuestras joyas a otras dos esclavas que se iban a hacer pasar por nosotras y, deseándonos suerte, nos hizo partir con rapidez. Sin tiempo para despedirnos, ni para decirle lo grandiosa y formidable que había sido y siempre sería para nosotras. Únicamente tuvo tiempo para pedirnos que, cualquiera que fuera vuestro destino, nos encargáramos de haceros saber cuánto os había querido. Cuánto os amaría siempre. El resto de lo que sucedió esa noche ha sido contado miles de veces, aunque nadie excepto nosotras conoce toda la verdad. Cuando Octavio llegó finalmente a su habitación, se encontró con la reina Cleopatra sin vida al lado de una serpiente, junto con las dos esclavas muertas en nuestro lugar. Un escenario perfecto, preparado para darnos tiempo a Iras y a mí para desaparecer, para preparar la partida. El mundo acababa de perder a su mayor estrella, pero no había tiempo para llorar. Por lo que hemos oído durante estos años, la historia ha sido tomada como real. Nadie dudó que hubiéramos muerto junto a ella. Nadie se molestó en comprobar quiénes eran de verdad las mujeres que la acompañaban. O puede que no les importara. Como tampoco dudaron de que fue la serpiente la que acabó con las vidas de las tres, aunque en realidad lo que las mató fue una mezcla de cicuta, opio y acónito que nos encargamos de preparar para ella. Un veneno de color verde brillante, que le proporcionó un sueño mortal, pero plácido e indoloro. Una mezcla que llevaba siempre junto a ella, en previsión de que algo trágico pudiera sucederle. Después de esto, emprendimos un viaje sin regreso, hacia una vida que, igual que la que dejábamos atrás, tampoco nos pertenecía. A partir de ese día, nuestro único destino ha sido cuidar de vosotros. Ahora que Cleopatra Selene va a partir de Roma, y que los rumores sobre vuestro destino no son favorables, debemos pasar a la acción. Tal y como hemos planeado, tal y como ya os hemos hecho saber, partiréis hacia el mismo lugar que ella. Pero nadie debe saberlo. Nadie sospechará quiénes sois. Igual que hicimos nosotras, os confundiréis entre la corte de personas que la acompañarán en su nueva vida. Y os mantendréis ocultos, al menos de momento. Siempre he pensado que la verdadera ambición tiene que brotar de dentro. Y que llegará un día en que vuestro linaje, mezcla de griegos, egipcios y romanos, se manifieste. Llegará el momento en que tengáis fuerza para reclamar lo que os merecéis, lo que os fue prometido. Espero que mis palabras os hagan comprender que la historia que la mayoría da por válida no es la real. Y que, aunque sea en la sombra, estáis destinados a tener un papel importante en el devenir de la historia. Igual que vuestra madre nos dio el regalo de una vida juntas y nos ayudó a convertirnos en las personas que estábamos destinadas a ser, espero poder hacer lo mismo por vosotros. Puede que sea en la sombra, o puede que al final todo salga a la luz. De una manera o de otra, podeés confiar en que Iras y Charmion estarán siempre ahí, ayudando a que la luz de vuestros antepasados brille a través de vosotros. Procurando que el legado de Cleopatra perdure para siempre. Iras y Charmion
