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Noelia Martín Luna es la autora de Luchando con(tra) el amor. Hoy es la pluma invitada en nuestro blog y escribe como Sara, una de las protagonistas de su libro.

Hola, me llamo… Oh, esperad, probablemente no debería presentarme, ¿verdad? Es una queja anónima.

Está bien. Nunca he hecho esto (desahogarme en los confines de internet ante un grupo de desconocides), pero siempre hay una primera vez. Supongo.

Os pongo en contexto: trabajo en un sitio muy guay relacionado con los libros y hace un par de semanas me confiaron un proyecto chulísimo que me hace mucha ilusión. El problema (siempre hay un «problema» o un «pero») es que tiene truco: tengo que trabajar junto a la tía más insoportable de la oficina.

Tierra trágame.

No, no estoy dramatizando. ¡Ojalá!

¿Alguna vez habéis tenido que compartir espacio con alguien que os odia solo por existir? Yo sí, y es lo peor. Vale, ahora sí que estoy exagerando un poco, no creo que me odie solo por respirar (o espero que no), pero se esfuerza mucho para que lo parezca.

¡Os juro que no le hice nada!

Nada malo, quiero decir.

Por favor, decidme que no estoy sola, que alguien ahí fuera me entiende, porque todo lo que haga (todo todo) le parece mal. Si sonrío es porque sonrío muy fuerte; si voy a por un café a la máquina es porque bebo demasiada cafeína; si uso pósits que sean de dibujitos o de colorines le da un síncope o algo así de chungo; si hablo con nuestros compis es que me gusta perder el tiempo; si tengo la iniciativa es porque tengo la iniciativa y si no… ya me entendéis.

Trabajar así es misión imposible, me paso más tiempo midiendo mis palabras y mis acciones a su alrededor (¡vigilando mi espalda!) que trabajando, y los días avanzan y la primera fecha de entrega se acerca y seguimos en la línea de salida con las manos vacías.

Estoy desesperada. Así, en mayúsculas y subrayado con brillantina. He intentado ser profesional (no por mí ni por mi estabilidad mental) por el proyecto y por mis compañeros, que son un cielo, pero la tía me lo pone muy difícil con su actitud. Es borde hasta decir basta, quisquillosa a niveles extraterrestres y me mira como si fuera un bicho asqueroso en la suela de sus tacones.

¿En serio es tan difícil ser amable? ¿Fingir cordialidad? ¡Somos compañeras de trabajo desde hace dos años! ¡Estamos en el mismo barco! ¡Tenemos los mismos objetivos! Las dos queremos que este proyecto salga adelante. No tenemos que ser amigas, ni siquiera tengo que caerle bien, con que no me escupa metafóricamente en la taza del café cada vez que abro la boca, me doy por satisfecha.

«Piensa en la nómina», me digo cada dos por tres para darme ánimos. «No tenéis cinco años, no puedes tirarle de las trenzas (que no tiene) ni llorarle a la maestra». He pensado en acercarme a Recursos Humanos y contarle la situación, pero es que no soy una chivata y la tía, aunque insufrible, hace muy bien su trabajo. En otras circunstancias, habría sido un honor trabajar con ella.

Aún podemos llegar a un entendimiento, ¿verdad? ¿VERDAD?

No quiero perder este proyecto, ni que ella se quede a cargo o que el jefazo se lo dé a otro equipo porque no sepamos gestionar nuestras diferencias como dos adultas responsables.

Tampoco quiero pedir el traslado a la otra oficina, ¡tengo un contrato de alquiler que vence a finales de año, mis amigos están aquí y me gusta esta ciudad! Aunque la ciudad no pare de ponerme trabas en el camino.

¿Qué puedo hacer? ¿Qué haríais vosotres en mi situación? Os prometo que lo he intentado todo: tomármelo con filosofía y hacer mi parte sin hacerle mucho caso (no ha funcionado); responder a sus malas caras con una sonrisa enorme y buen rollo (sin comentarios); contactar a un exorcista porque su actitud no me parece de este plano astral (es broma) y…

Bueno, también he hecho cosas cuestionables. ¡No me juzguéis! Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas. Si ella no cambia el chip conmigo, una chica tiene que limpiar las malas energías, ¿no? ¿NO? Pero estoy harta, apenas duermo bien por su culpa (¡tengo pesadillas con su cara!) y me paso el día a la espera de que me salte al cuello o estalle la guerra de las guerras en la oficina.

No puedo seguir así. Estoy abierta a consejos. TODOS valen.

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Luchando con(tra) el amor

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¿Hasta que el trabajo nos separe?

Es una verdad universalmente aceptada en la oficina que Sara y Valèria son rivales. Da igual que Sara prefiera las historias de romance y que Valèria tenga debilidad por las de fantasía. Se odian a muerte.

¿Qué pasa cuando su superior decide que trabajen juntas? Sara lo tiene clarísimo: hará lo que sea para que el proyecto salga adelante, pero primero debe deshacerse de la Editora Borde. Por una vez Valèria está de acuerdo, no quiere trabajar con la Power Of Love.

Pero lo que empieza como una travesura termina en una batalla campal. No les queda otra que firmar una tregua si no quieren perder el proyecto. ¿Lo que une el trabajo lo separará el odio amor?