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Por Celia Añó Espí

¿Cómo reaccionarías si te llegase el rumor de que una farmacéutica vende elixires de amor? Supongo que con escepticismo o a lo mejor consideras que es una broma. Pero si por un casual vives en las Tierras Baldías junto con los licántropos, la línea entre lo posible y lo imaginario es un poco más difusa. Puede, incluso, que te plantees que sea cierto.

La farmacéutica en cuestión es una chica muy simpática y amable. Si muestras interés por estos elixires, no desmentirá en ningún momento sus efectos, pero sí los matizará con una sonrisa: el elixir aviva unos sentimientos reales, no funciona entre desconocidos… Es un remedio natural e inofensivo, palabras que seguramente te resulten familiares.

En ocasiones se pide, en otras se reclama. Lo «natural» se encuentra en todas partes, es una forma de ver el mundo y, a veces, incluso una filosofía. Lo «natural» es sano y viene de las plantas, de la madre naturaleza; es inocuo, beneficioso y resulta inconcebible que tenga efectos secundarios. Es lo opuesto a lo «químico»: sintético, antinatural y posiblemente dañino.

Desde el punto de vista de escritora, que aprecia el uso correcto del vocabulario, como de farmacéutica, que ha estudiado cómo intervienen las moléculas dentro de nuestro cuerpo, considero que lo «natural» es una patraña comercial.

Y de todas estas patrañas, la más indignante es la homeopatía.

Parafraseando a la RAE, la homeopatía es: «Práctica que consiste en administrar a alguien, en dosis mínimas, las mismas sustancias que, en mayores cantidades, producirían supuestamente en la persona sana síntomas iguales o parecidos a los que se trata de combatir». Dicho así, tampoco suena tan mal, hasta que te enteras que esas «dosis mínimas» son diluciones infinitas en las que ya no queda ni rastro de la sustancia original. Se espera que funcione porque el agua posee la memoria suficiente para imitar dichos efectos. De dónde ha sacado el agua la capacidad para retener recuerdos, eso aún no nos lo han aclarado.

Muchos bromean diciendo que la homeopatía es agua con azúcar. Otros aseveran que es un remedio natural igual de válido y mucho más seguro que los medicamentos. Como escritora de fantasía, creo que sería un sistema mágico muy original de leer en una novela. Como farmacéutica, me toca desempolvar los apuntes para desenredar esta maraña de términos.

La química forma parte de nuestra existencia. Como dijo Paracelso: la dosis hace al veneno. No hay químicos buenos ni malos, sino principios activos. Lo natural no es natural, funciona precisamente porque se sabe qué químicos concretos tienen propiedades beneficiosas. Cuando tomamos un producto, es porque asumimos un efecto beneficioso. Pero cualquier sustancia que interfiera con nuestro metabolismo puede producir un efecto indeseado. Y ese es uno de los muchos peligros que encierra esta filosofía de lo «natural»: ni siquiera concibe esa posibilidad. En mi día a día en el mostrador de una farmacia comunitaria, he visto a pacientes que abandonan sus tratamientos médicos en favor de lo «natural» y otros que combinan vitaminas sin tener en cuenta que interfieren con sus patologías… o, incluso, que anulan el efecto de sus medicamentos.

La homeopatía vende una «nada» que está sustituyendo un tratamiento real. A veces, tampoco es muy significativo. Hay muchísimas enfermedades autolimitadas en el tiempo. Por eso los tratamientos naturales son tan populares en los resfriados. En parte, porque solemos ir directamente a la farmacia o al herbolario. En parte, porque suelen curarse por su cuenta. Eso les da cierta legitimidad. Es así como se recomiendan, como se acaba creyendo en ellos. Esa fe en un efecto beneficioso e inmediato es lo que se conoce como «efecto placebo». Citando una vez más a la RAE, el efecto placebo es la: «Sustancia que, careciendo por sí misma de acción terapéutica, produce algún efecto favorable en el enfermo, si este la recibe convencido de que esa sustancia posee realmente tal acción». Cuesta de creer, pero funciona tan bien que se utiliza incluso en estudios clínicos. Nuestro cerebro es una maquinaria muy particular al que podemos engañar de múltiples formas.

Pero a mí no me hace gracia, lo siento mucho. Me genera un profundo rechazo que se reemplacen tratamientos con evidencia demostrada por esta clase de productos. Sin embargo, si se venden es porque el mercado lo pide. Y esta necesidad ha sido astutamente cultivada por los laboratorios y los medios de comunicación, por influencers y por esos librepensadores que se consideran especiales por ir en dirección contraria al sentido común. En los últimos años ha surgido una alarmante vertiente en deslegitimizar a la ciencia. Sucedió con las vacunas durante la pandemia, sigue sucediendo con el cambio climático.

Y así, poco a poco, se plantan las semillas de las ideas.

Seguro que ninguno de estos términos te resultaba desconocido. ¿Alguna vez los has utilizado? Si te recomiendan unas pastillas porque son naturales, ¿qué opinión tendrías de ellas? ¿Qué es lo que inconscientemente supones?

Los medicamentos, encerrados en cajas sobrias y envueltos en inmensos prospectos, dan bastante respeto. Algunos, incluso, resultan terroríficos o inquietantes. Junto al hecho de que la mayoría requieren la prescripción de un médico, los productos naturales son una alternativa jugosa que no generan ninguna disonancia. Pero es otra de las trampas. La Ley del Medicamento exige que todas sus indicaciones, efectos adversos e interacciones queden plasmados. Con los complementos alimenticios (el otro nombre de los productos naturales) no sucede. No es que no los tengan, es que no están obligados a registrarlos.

Es difícil arrancarse este pensamiento de «natural» cuando hasta los propios profesionales sanitarios lo utilizan. Pero recordad: lo natural es la flor que resiste las sacudidas del viento, no el extracto triturado de la raíz, al que se le han añadido colorantes, sabores y conservantes antes de ser encerrado en un bonito frasco de topacio. Nada de lo que nos rodea es «natural» y los «químicos» ya están dentro de nuestro cuerpo.

Y no es malo.

En lugar de ser tan escépticos con la ciencia, quizá deberíamos escudriñar con más recelo ciertas maravillas… como los elixires de amor.

No te quedes sin tu Elixir de amor 🙂