Tardé veinticinco años en entender que mi primera historia de amor había sido con una amiga de la escuela
Por Stef León
Esta es la historia real. Sucedió tal y como lo recuerdo. Aun así, me pregunto si no me estaré inventando algo. ¿No será que mi vena dramática ha superpuesto lo fantástico a lo mundano? ¿La memoria se puede editar?
Cuando pienso en A. hay sol y torres de palets. Hay un accidente y una pérdida, un punto final, pero se escucha el pistoletazo de salida. ¿Cómo y cuándo nos hicimos amigas? El comienzo es un pez plateado que surca las aguas de nuestras clases, los recreos, los paseos por el barrio de la escuela. Es un brillo latente en las risas y las miradas que compartíamos mientras intercambiábamos cromos repetidos, corríamos para ser las primeras en pedir una salchipapa o apurábamos la tarea en el último segundo.
Tal vez nos convertimos en amigas aquella tarde en febrero cuando los hombres del taller mecánico nos tiraron un balde de agua sucia. Corrimos, asustadas y rabiosas, con el uniforme empapado y ganas de vengarnos. Pero luego reímos. Nos ayudamos, comparamos el grado de desastre con el que tendríamos que regresar a casa y nos sobrepusimos juntas a la vergüenza de las miradas ajenas.
Debí sospechar que algo (nos) sucedía cuando empecé a acompañarla hasta su casa. A mis once años tenía prohibido ese tipo de paseos. Mi obligación era ir directa a tomar el autobús, pero las horas que compartíamos en la escuela ya no eran suficientes y fui cediendo a sus invitaciones de caminar —solo— un poco más con ella. Dar ese paso en nuestra amistad era ir en contra de mi buen juicio y de las órdenes de mi madre. Caminábamos dando un rodeo hasta la avenida donde yo todavía podía tomar el autobús sin retrasarme demasiado. A veces insistía en que la acompañara más allá, que hiciera la segunda mitad del trayecto hasta su puerta. A pesar de que yo temía las reprimendas de mi madre por sobre todas las cosas, a veces cedía. Y en ese ceder encontraba algo que no había sentido jamás.
Cuando comenzaron los trabajos en grupo, su casa se convirtió en el lugar donde reunirnos. No recuerdo si su familia trabajaba en una maderería o no, pero al lado de su casa había un terreno y en él se alzaban las famosas torres de palets. Eran los edificios de una ciudad hecha a nuestra medida. Jugábamos a escondernos o a atraparnos. Alguna vez intentamos escalar, pero nos dio miedo. Lo que sí escalaba era nuestra complicidad, las risas, el no querer separarnos ni siquiera cuando caía la noche. Años después esas serían las pautas que colocaría en una balanza cuando tuviera que pesar a mi verdadero yo.
El accidente fue aparatoso. Supongo que la gente pensó que había muerto. A. estuvo allí, lo vio todo. Nunca me dijo si se sintió culpable.
Era uno de esos días en que la acompañaba a su casa después de la escuela. Yo no quería hacerlo porque iba muy cargada y quería regresar pronto a casa. Llevaba, además de la mochila —que pesaba muchísimo—, una maqueta que habíamos hecho para la clase de Geometría. El tablón era un cuadrado de medio metro por lado, demasiado grande para llevarlo cómodamente en un autobús lleno de gente. Solo quería llegar a casa y tirarlo en cualquier sitio.
Tenía tantas ganas de hacerlo que, cuando vi mi autobús esperando en la parada, no lo pensé. El semáforo estaba en verde para mí y crucé la avenida sin mirar.
Error.
El coche me impactó en el costado donde sostenía el tablón de la maqueta. Se partió en dos. Yo caí sobre el capó y rodé hasta el suelo —o eso me dijeron después—. No recuerdo esa parte. Mi mente despierta cuando intento levantarme del asfalto y me doy cuenta de que no siento las piernas.
Lo primero que pienso es que mi madre se enfadará mucho conmigo por haberla desobedecido, por acompañar a A. un kilómetro más allá de donde debía tomar el autobús y haber provocado todo aquello.
Me arrastro por el asfalto hasta la vereda y me rodean adultos desconocidos.
Alguien me entrega un zapato, luego el otro, mi mochila. Me preguntan mi nombre, cómo me encuentro. Les digo que debo irme a casa, que tengo que llegar a casa como sea. Temo a mi madre.
—Tienes que ir al hospital —repiten.
No entienden que nada podrá salvarme de la ira de mi madre.
El del coche intenta escapar, pero por suerte hay policías municipales ese día resguardando el cruce de avenidas. Lo detienen. Es uno de esos policías quien me ayuda a subir a su patrulla para llevarme al hospital. Su amabilidad me conmueve; creo que lloro.
Al menos puedo mover las piernas. Solo ha sido el golpe.
Me sangran las manos, tengo cortes por todas partes, pero mi cabeza razona: ¿estoy bien?
¿Dónde está A.?
Dos semanas después, cuando vuelvo a la escuela, A. tampoco está. Se ha marchado, me informa una de nuestras compañeras. Se fue a otra escuela, dice.
No me lo puedo creer.
Hemos estado hablando por teléfono y no me había comentado nada. Alguien miente, y por supuesto no puede ser ella.
Era ella.
Cuando la llamo, me lo dice. Sus notas iban mal, temía perder el año —¡el último año de la escuela!— y sus padres decidieron cambiarla para evitarlo.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Por tu accidente.
—Pero me hubiera gustado saberlo. No ir a la escuela como una tonta y no verte allí.
—Te estabas recuperando.
Cuando colgamos lloro mucho. No he llorado todo ese tiempo, a pesar del dolor de las heridas y del golpe, a pesar de la reprimenda de mi madre y su frialdad al tratarme.
Lloro porque siento que lo he perdido todo.
Algo me impulsa entonces a sentarme en mi escritorio, arrancar una hoja de mi cuaderno y escribir. Le escribo una carta. Ya no recuerdo lo que le decía; imagino que le hablaría del dolor de perderla. Pero hay una línea que recupero, porque ella me la repite en voz alta la última vez que nos vemos:
“Quiero abrazarte y no soltarte nunca”.
Lo dice con un tono que me resulta difícil descifrar y una sonrisa que parece burlarse de mí, como si hubiera traspasado una línea que no debía, como si hubiera puesto en palabras algo que nos avergonzaba a las dos.
Así que lo entierro.
Supero su ausencia como puedo. Pasan los días, los meses. Nos graduamos. Es verano. Luego entro al colegio y los profesores comienzan a llamarme por mi apellido, con un “señorita” de por medio. Consigo otras amigas, crezco, me enamoro, me rompen el corazón. Entro a la universidad, la dejo, trabajo, escribo, muere mi gato, me deprimo.
Un día voy a una maderería.
Y allí están: aquellas torres de palets.
El recuerdo de A. me golpea. Su risita burlona me había hecho enterrarla tan profundo que me sorprende que emerja en un momento tan mundano.
Solo entonces me pregunto qué sentíamos la una por la otra.
Escribo un libro y entonces sé que no es crucial la diferencia.
