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Por si aún no lo sabes, ¡tenemos una preventa activa!: La Marquesa y yo (Stef León) y Pan de ajo (Sabela Prendes). Esta segundo libro es una novela gráfica y con el texto que sigue, escrito por su autora, entenderás un poquito mejor su génesis…

Hay un estereotipo lésbico que dice que las parejas rompen, respiran hondo, hacen un trabajo emocional impecable y siguen viviendo juntas como mejores amigas. Durante años me pareció un cliché simpático, una exageración cultural para tranquilizar a un mundo que todavía se pone nervioso cuando las mujeres no organizan su vida afectiva alrededor de hombres. Hasta que me convertí exactamente en eso. Sí: vivo con mi exnovia del instituto. Y no, no fue fácil, ni limpio, ni una demostración espontánea de madurez emocional. Fue un proceso largo, dramático e incluso de riesgo, atravesado por discusiones, aprendizajes y decisiones conscientes sobre cómo querernos sin rompernos.

El estereotipo existe porque a veces ocurre, pero lo que suele desaparecer en la caricatura es todo lo que cuesta llegar ahí. Porque romper no es solo dejar de estar enamoradas: es desmontar una forma de organizar la vida. Es renegociar el espacio, el tiempo, el cuidado, la convivencia. Y cuando además no vives en un mundo diseñado para amistades intensas, sino para parejas románticas nucleares, la pregunta no es solo emocional, sino estructural: ¿cómo se sostiene una relación que no encaja en el molde?

En mi caso, Eva y yo ni siquiera empezamos siendo amigas. Antes de salir nos caíamos bastante mal: ella era fan de One Direction y yo decía, con la gran seguridad del cerebro de una idiota de 9 años, que eran “unos maricones”. Esto también sale en el cómic. Después fuimos pareja en la ESO, y sólo más tarde tuvimos que aprender a ser amigas de verdad. Ese “volver” no fue automático ni romántico. Implicó discutir mucho, revisar prejuicios, aceptar que había heridas, ira residual y enfados acumulados. Implicó dejar de tratarnos como algo que ya no éramos, sin dejar de cuidarnos como lo que sí seguíamos siendo. Nadie te enseña a hacer eso.

Aquí es donde el estereotipo empieza a ser insuficiente. No se trata de que las lesbianas tengamos una capacidad especial para reciclar relaciones, sino de que muchas veces decidimos no tirar vínculos importantes solo porque han cambiado de forma. Y eso no ocurre en el vacío. Ocurre en un contexto de precariedad, de alquileres imposibles, de vidas cada vez más difíciles de sostener en solitario. Vivir con una ex no siempre es una fantasía emocionalmente avanzada: a veces es una decisión práctica, una forma de supervivencia, una manera de no desaparecer del todo cuando el sistema solo reconoce ciertas formas de convivencia como legítimas.

Desde una mirada política, esto conecta directamente con la crítica a la centralidad del amor romántico. Todo, desde el mercado inmobiliario hasta las narrativas culturales, está pensado para parejas. Compartir piso con una amiga adulta sigue viéndose como algo provisional, juvenil o sospechoso. Si no es una pareja, parece que falta algo. Como si la amistad no pudiera ser una estructura estable de vida, cuidado y futuro.

La anarquía relacional ofrece un marco interesante para pensar estas experiencias, no como excepciones raras, sino como formas válidas de organizar los afectos. Cuestiona la idea de que el amor romántico deba ocupar siempre el lugar central y propone cuidar amistades, vínculos y comunidades con la misma atención, compromiso y responsabilidad. No para idealizarlos, sino para tomarlos en serio.

En el cómic, que dos chicas sean colectivo no implica que deban acabar juntas. El centro emocional del relato no es solo el deseo romántico, sino la alianza entre amigas que se sostienen, se ayudan y le revientan la cara a los malos. Que se acompañan. Que se eligen. Eso no es casual. Para muchas lesbianas, especialmente en la adolescencia, la amistad es el primer lugar donde el amor no duele, no exige, no desaparece.

Este texto no pretende romantizar la idea de vivir con una ex ni convertirla en un ideal moral. No siempre es posible ni deseable. A veces el cuidado consiste en poner distancia. Otras veces, en quedarse. Lo importante es reconocer que las relaciones cambian y que no todas las transformaciones son fracasos.

Quizá el gesto más político no sea demostrar que sabemos amar mejor, sino atrevernos a cuidar fuera del guion. Defender que las amistades también pueden ser hogar, proyecto y futuro. Y aceptar que aprender a quererse distinto, en un mundo que no lo pone fácil, ya es una forma de resistencia.

Sabela Prendes