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M.ª Concepción Regueiro Digón es autora de La dama triste.

 

A WORKING CLASS HEROINE

 

A working class hero is something to be

(Working class hero, John Lennon)

 

En estos tiempos de posmodernidad no podemos perder de vista la mayor: la clase y la estratificación social siguen determinando nuestras vidas. Nuestra situación frente al sistema de producción cincela oportunidades, esperanzas e incluso gustos personales. La clase trabajadora, esto es, aquella solo poseedora de la fuerza de trabajo y que, según la nueva categoría socio-económica acuñada en algunos estudios, se correspondería con trabajadores/as cualificados/as manuales y no manuales y los/as no cualificados/as, es un importante grupo humano sobre el que como personas del mundo de la literatura deberíamos hacernos una pregunta un tanto incómoda: ¿lo estamos teniendo en cuenta? Completemos la pregunta ya centradas en el ámbito de la literatura lésbica e incluso ampliémosla: entre toda la obra narrativa que nos venga a la cabeza, ¿en cuánta recordamos a protagonistas o secundarias de peso que pertenezcan a esa clase trabajadora y esta no sea retratada desde clichés y estereotipos, solo como mero paisaje humano de los devenires de los caracteres principales? Efectivamente, aquí cabe otra pregunta para rebatirlo: ¿es importante eso?

Cualquier disquisición está obligada a sustentarse en datos, aunque su recolección y ordenación sea tan de andar por casa como la que sigue. En todo caso, ahí van:

El informe del INE de 2020 sobre ocupación por ramas de actividad, por tipos de ocupación, por situación profesional y por tipo de puesto laboral traía unos datos bien peculiares: en ese año, el 87,8 % de las mujeres ocupadas eran asalariadas, de las que un 66,7 % eran asalariadas del sector privado. El 75,1 % eran empleadas con jefes y sin subordinados/as (es decir: somos unas mandadas).

Ya siendo más específicas, el antedicho informe señalaba que el porcentaje más alto (27,6 %) de las mujeres ocupadas pertenecía al grupo de trabajadores/as de servicios de restauración, personales, protección y vendedores/as. Otro porcentaje importante (15,5 %) venía referido a empleadas contables, administrativas y otros empleos de oficina.

En líneas generales, por tanto, sí que podemos afirmar que hay un importante porcentaje de curritas (perdón por el vulgarismo, sin embargo, pletórico de expresividad), entre las que cabe suponer, en una proporción reseñable, a mujeres lesbianas, y digo «suponer» porque no me ha sido posible conseguir ese dato desagregado por orientación sexual, pero mi conjetura es lo suficientemente prudente como para aceptar esa extrapolación.

Vayamos a la parte más pedestre de mi investigación: he hecho un recuento muy superficial de los argumentos de las obras de narrativa lésbica en un par de webs de editoriales y de librerías especializadas y apenas he podido sumar más de dos o tres obras con protagonistas o personajes pertenecientes a la clase trabajadora entre las decenas de títulos que se me presentaban. Aun teniendo en cuenta lo rudimentario de mi análisis, no deja de ser cierto que hay una escasez evidente de ese tipo de caracteres en las historias sáficas[1]. Solemos toparnos con unas mujeres pertenecientes a eso tan ansiado de la clase media; en muchas ocasiones media-alta o, directamente, alta; de formación universitaria y, por lo general, en puestos de trabajo más o menos estimulantes, cuando no con el ejemplo de verdaderas triunfadoras profesionales, números uno en su especialidad, con los beneficios económicos y de prestigio que eso comporta.

 

Cierto es que toda la literatura romántica o erótica suele adolecer de esa falta de variedad social y con un sobredimensionamiento de las figuras exitosas por todo lo que tiene de escapismo, y es que cuando quieres leer, bien sobre romances y enamoramiento, o bien sobre deseo y encuentros sexuales, cosas como las penurias económicas, las carencias estructurales de un barrio obrero, o los sinsabores de un puesto de trabajo de escasa o nula proyección profesional vienen a ser todo un jarro de agua fría para esas narraciones tan rutilantes. En el caso específico que nos ocupa, además, se une toda la carga de dramatismo que tuvo el género en sí, con el habitual castigo final de esas mujeres que osaban desafiar la heteronorma, por lo que no deja de ser un gran logro poder disfrutar de historias luminosas con finales felices, pese a todo el riesgo de autocomplacencia que tal justificación pueda esconder.

La cuestión es que la narrativa no puede limitarse a las historias románticas y/o eróticas de carácter escapista. Por derivación, tampoco debemos quedarnos con unos únicos tipos de personajes y ambientes aislados de la realidad circundante. Hay, además, la condición privativa que tienen las historias LBT+ de ser parte de la educación sentimental de un colectivo que apenas gozaba de ese tipo de referencias, de ahí la necesidad de reflejar grupos, vidas cotidianas y situaciones propias del mismo en la necesaria búsqueda de la empatía con todas y cada una de sus lectoras.

 

 

Pero lo anterior, con todo lo importante que es, no puede quedarse en una única justificación, y aquí entra ya el posicionamiento ante la realidad de quien escribe y su honradez a la hora de afrontar dicho acto, y es que si hay algo ninguneado a lo largo de la historia es esa clase trabajadora de la que estamos hablando (a la que le «llueven piedras» los siete días de la semana, como rezaba el título de la película de Ken Loach), pese a ser la artífice final del sostenimiento de nuestra sociedad, tal y como quedó plenamente demostrado en los días horribles del confinamiento por la pandemia. Una clase compuesta por personas plenamente dotadas de interés y complejidad, poseedoras de sueños y anhelos propios de cualquier personaje relevante de la Literatura y por ello con el absoluto derecho a ser parte fundamental de cualquier historia. Porque el noviazgo de una reponedora del supermercado y la camarera del bar de la esquina es tanto o más precioso que el de la ejecutiva estresada con la actriz de fama mundial que su firma representa.

 

M.ª Concepción Regueiro Digón

 

[1] Por supuesto, invito a las lectoras a que hagan memoria sobre este extremo y aporten títulos que puedan confirmar o rebatir esta hipótesis.

 

 

En estos libros encontrarás working class heroines…

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