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Por Ana Tapia, autora del relato “La madre bisonte nos protegerá”, seleccionado en la antología de relatos de ficción histórica Herstoria I.

 

 Todos hemos vivido en un mundo que ya no existe. Nuestra infancia se ha construido con materiales que no están a nuestro alcance porque pertenecen al territorio de la memoria. Hay, por así decirlo, un paisaje de humo que es solo nuestro y que está hecho de calles sin asfaltar, tiendas que han desaparecido, niños que nos miraron y que ya no sabríamos reconocer por la calle.

Ese mundo es el trampolín de la escritura y se va completando con muchas otras cosas que vamos absorbiendo a lo largo de los años. La ficción personal es, a menudo, un intento desesperado por aferrar lo que la memoria nos arroja a la cara.

Siempre me ha fascinado la mujer barbuda. Es uno de esos personajes que representa un universo en sí mismo: aunque había existido desde siempre, se puso de moda en el siglo XIX, una época en la que la modernidad creciente y el interés antropológico chocaban con una férrea sociedad patriarcal. Es fácil engancharse a este siglo paradójico, donde la construcción de lo grotesco y lo maravilloso está en las antípodas de nuestro pensamiento actual. Y aunque se puso de moda en el XIX, se puede rastrear a la mujer barbuda en épocas anteriores: de todas sus apariciones, la que más éxtasis me produce es la pintura donde aparece Magdalena Ventura, una mujer del siglo XVIII a la que inmortalizó José de Ribera amamantando a su bebé mientras lucía una barba generosa.

 

Fuente: https://www.wga.hu/frames-e.html?/html/r/ribera/1/beardedw.html

 

Hoy día sé que lo que me fascinaba, en el fondo, era la transgresión de las características o los roles asociados a cada género, la disolución de las fronteras, el estallido de los conceptos estáticos de lo masculino y lo femenino.

Pero había algo más. Si la mujer barbuda como fenómeno se agotó en el siglo XIX, ¿qué tenía que ver conmigo, que crecí en las dos últimas décadas del XX?

Es posible que, de un modo poco consciente, ella representara para mí el desafío a una sociedad donde aún coleaba la homofobia y la transfobia, donde la ignorancia se ocultaba detrás de la mirada de la gente. Cuando llegó el siguiente milenio, viví con sumo gozo los cambios, el cuestionamiento de aquel mundo heteronormativo. Mi infancia se había convertido en una época «retro».

Cuando escribí el relato titulado “La madre bisonte nos protegerá”, para la antología Herstoria, tuve que saltar hasta finales del siglo XVIII para contemplar la interacción entre una sociedad nativa y los colonos europeos, que arrastraban una moral cristiana hermética. Como siempre que construyo personajes LGTBI en el pasado, me asaltaron un montón de recuerdos de mi propio pasado. Además la escritura exigía de mí una labor de separación de todo en lo que creía. Me explico:  como ciudadana del siglo XXI he aprendido a interiorizar valores que, por fortuna, ahora se protegen. La diversidad, la libertad. La línea cada vez más difusa en las concepciones occidentales del género. Pero la construcción ficcional de una época remota conlleva «desaprender» lo aprendido. Asumir la dinámica de un entorno hostil, sortear la angustia que debieron de vivir nuestras antepasadas por el hecho de ser diversas.

Este proceso siempre pasa factura, porque en el viaje mental acabas cruzando la frontera de tu propia infancia. A finales de los ochenta la diversidad de personajes ―en la literatura y en la vida misma― era aún un dulce prohibido. Nos hacían homogéneos a golpe de advertencia. Nos pulían las alas antes de que nos hicieran volar demasiado. Yo crecí en un colegio católico donde cualquiera podía convertirse en la mujer barbuda. He tardado años en aceptar que gran parte de mi trampolín ficcional está impregnado por una atmósfera de miedo a lo diverso, un hálito negro que impregnaba las tardes de sol, una niebla tóxica que traspasaba la epidermis.

No importa cómo de lejos llegues después en tu proceso de liberación de esta sustancia oscura: si escribes ficción, acabarás tropezando con estos recuerdos.  Durante la construcción de tus novelas te toparás, como si fuera un daño colateral, con los sucesos que viviste. Además de la imaginación, la memoria es el arma de toda autora. Necesitamos contarnos una y otra vez aquel mundo que parece ser solo patrimonio personal.

 

 

Creo, pues, que esta mezcla entre lo maravilloso y lo grotesco, la belleza y el miedo es como la aduana por la que termino pasando una y otra vez, incluso cuando escribo cosas tan aparentemente alejadas de esa realidad, como la poesía de ciencia ficción.

Siendo niña, mucho antes de conocer a la mujer barbuda, vi cómo varios alumnos empujaban e insultaban a un chico porque les parecía demasiado femenino. Yo estaba oculta en los aseos del patio del colegio y supongo que me quedé paralizada. Nunca supe el nombre de aquel chico que era algo mayor que yo, pero su voz y su rostro se quedaron grabados en mi cerebro para siempre. En mi recuerdo, el chico es rubio y siempre está corriendo, porque siempre huye. A veces pienso que escribo ciertas historias para invocar de algún modo ese momento, con la esperanza de curarme un poco más del daño que produce su fulgor.

 

Ana Tapia

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