Cazar el caos
Capítulo 13 – Una sombra a colores
Odié aquel ascensor desde el primer día que comencé a trabajar en el edificio. No solo era pequeño, claustrofóbico y llevaba funcionando más años que mis rodillas, sino que, en vez del típico jazz decadente que solía escucharse en las máquinas de su tipo, sus parlantes vociferaban canciones actuales, la mayoría con regusto depresivo. Demasiadas. Me apetecía mantener una conversación muy seria con el encargado de torturarme, porque ese lunes en particular no tenía la paciencia para enfrentar una canción como la que estaba sonando. Miré molesta los parlantes y me recargué sobre el tobillo bueno, porque el malo —el que me había lastimado trece años antes— se había lastimado de nueva cuenta gracias a la fuga del sábado por la noche. Bajar por la escalera de incendios y saltar los metros que la separaban de la calle me habían dejado aquel saldo doloroso. Me apreté el puente de la nariz como si eso me impidiese llenar los pulmones con el aroma viciado de mi propia melancolía. La canción duraba milenios y ansiaba salir de esa caja mortuoria, regresar a mi cotidianidad, aferrarme a una brizna de normalidad, recordar quién era Isabelle Forti. Iba a enfocarme en el gran proyecto que tenía en ciernes, la investigación por la que había esperado toda mi carrera. Las puertas se abrieron y la caldeada redacción del periódico se materializó como ese pequeño mundo al que llamaba segundo hogar. Los rostros se giraron mientras pasaba entre las oficinas acristaladas y recibí los saludos recelosos que mis colegas habían adoptado desde que se filtró que yo era la chica que salía en el video besando a Emma Lerroux. Hasta entonces yo había mantenido mi vida personal fuera del radar, pero el escándalo mundial me puso en la mira. El resto de la prensa, por algún milagro —quizá por el buen manejo que THE M.A.R.P. había hecho de la crisis—, todavía no me había molestado. Pero yo temía que el momento llegase tarde o temprano. —Aiga, ienes que ite a e aí —dijo tapándose la boca con un pañuelo y mirándome asustado con los ojos enrojecidos. Se veía tan mal que cualquier jefe lo hubiera dispensado del trabajo por ese día, pero para Victoria, un resfriado era lo mismo que una astilla en la pata de un elefante. —Tu resfriado empeoró. ¿Estás tomando algo? —Edú, no entiendo nada… —¡Isabelle! —La voz de Victoria nos hizo parar a medio camino. Giramos como un par de niños atrapados a media huida—. Ven aquí, por favor. La vi desaparecer por el umbral de su oficina, la única que no tenía paredes de cristal. Eduardo me miró con ojos de «te lo advertí» y yo con ojos de «no entiendo una mierda». Pensé, mientras me acercaba, que Victoria me interrogaría por la salida intempestiva de la fiesta, que el escueto mensaje que le mandé, disculpándome, no había servido de nada. *** —Supongo que las presentaciones están de más —dijo Victoria, que ordenaba los papeles desperdigados por su escritorio, indiferente a mi reacción tumefacta. A punto estuve de reírme, no por su ridículo comportamiento, sino por lo nerviosa que estaba. La culpé a ella y a mi maldito tobillo por haberme dejado los tacones en casa. Sobre ellos me hubiera ahorrado el tener que levantar la mirada para enfrentar sus ojos grises. Dejé su mano en el aire para acercarme a Victoria y murmurarle haciendo uso de todo mi autocontrol: —¿Qué hace Lerroux aquí? —Te hablé de ella en la fiesta. —Tocamos el tema del concierto, pero ¿qué tiene que ver…? —No sobre el concierto, el otro asunto. —¿Cuál? —Eso es imposible —mascullé. —Imposible, no. Ya liberé tu agenda y el trabajo que tenías pendiente se lo asigné a Eduardo. Te necesito centrada en esta investigación. —Me refiero a que es imposible que alguien como ella tenga información crucial sobre una red de trata —siseé. —Pero, Victoria… —Busco profesionalidad, Niña. Aún no estoy segura de qué se traen ustedes dos, pero los problemas personales se quedan fuera del edificio. Cuando vuelva quiero que me digas si vas a jugártela por esta investigación, porque si no, tengo a una fila de personas que matarían por una oportunidad como esta. Claro que no. Si todos habían decidido traicionarme, lo peor que podía hacer era delatarme a mí misma. Lerroux no podía verme vencida, no debía enterase de lo que su presencia me provocaba. Enderecé los hombros, giré sobre los talones y, para mi sorpresa y alivio, noté que no estábamos solas en la oficina. Nos acompañaba una mujer de piel morena y aspecto recio, vestida con ropa oscura y elástica. Parada en un rincón de la oficina, con los ojos ocultos tras lentes oscuros y sin mover un músculo, daba la impresión de ser una estatua. —¿Es posible engañar a Victoria Dashner? —repuso con una mirada que podría haber generado electricidad suficiente para iluminar Manhattan—. Pero qué digo, si lo has hecho tú. Mantener tu pasado lejos de la mirada lobuna de tu jefa es un logro. Nueva York debería aplaudirte de pie. —Vamos a dejarnos de ironías y despachar el tema —dije en tono cansino, intentando acortar mi exposición al efecto Lerroux—. ¿A qué has venido? ¿Tienes cosas que explicarme? Hazlo de una vez, que no poseo tu tiempo. Gracias a ti tendré que enfrentar la decepción de Victoria cuando se entere de tu engaño. —Eso no va a pasar porque no la he engañado. —¿Y cómo es que tienes información crucial sobre una red de trata de blancas? No sabía que además de ir por el mundo ventilando nuestro pasado también eras una gran detective. —Me importa un bledo lo que hayas hecho. Dime lo que has venido a hacer o vete. Tengo trabajo que despachar. Estuve a punto de bufar de exasperación, sobre todo por la sonrisita socarrona que comenzaba a nacer en sus labios y le marcaba los hoyuelos. —No estoy de humor para esto —gruñí—. Habla, Lerroux. —Es un tema delicado. Deberías tomar asiento. —Te dije que hables o me voy. Suspiró, miró a través de los ventanales los imponentes rascacielos y asintió. Con la voz seria me interpeló: Arrugué el entrecejo. —¿Cómo sabes de su existencia? —Por mi madre. —¿Y cómo es que has deducido que no la leí? —¿Por qué lo haría? ¿Qué se supone que decía? —Insisto en que deberías sentarte. —Deja eso y háblame de la carta. —¿Y por ese «algo» has engañado a Victoria para llegar a mí? —¿Me crees capaz de jugar con algo así? —Te creo capaz de todo, Lerroux. —Intenté que mi tono no sonara resentido—. De alguna forma engañaste a mi novia para que se aliara contigo y me tendieran una emboscada. Reprimí el impulso de retroceder cuando Emma se acercó y recordé por qué la palabra «pequeñísima» no iba en son con su altura ni la forma en que rebuscaba al fondo de las pupilas de todo el mundo. Solté una carcajada incrédula. Sus nudillos acariciaron mi mejilla y se me trabó la lengua. Fui lenta para reaccionar y dar un paso atrás. —¡No vuelvas a tocarme! —siseé, lanzándole una mirada iracunda. —¿Vas a tranquilizarte y escuchar lo que vengo a decirte? —¿Y tú me dejarás en paz? Mi antiguo nombre en sus labios fue un tremendo golpe. —¿De qué hablas? —articulé. —Lo sabrías si abandonaras esa obstinación. Exhalé con pesadez y asentí a regañadientes. Había un ruego en su voz imposible de ignorar, y en sus ojos una sinceridad que me venció. Me tomó un minuto procesarlo. —Claro que se suicidó. Yo la encontré… —En el sofá, con el libro abierto sobre el regazo, un libro se desangraba. Un escalofrío indescriptible me había recorrido entonces. Un eco me atacaba la columna cada vez que lo recordaba y podía sentir un regusto ferroso inundando el fondo de mi garganta—. No puedes solo venir y decir esas cosas… —Tienen fundamento. —Exponlo de una vez, entonces. —Junté mis manos, que temblaban—. Dime en qué te basas para decir todo esto. —Casandra te lo explicará mejor que yo. —¿Casandra? La morena se acercó desde la esquina. —Casandra Ribeiro es la jefa de mi equipo de seguridad y tiene una gran experiencia en criminalística. La mujer asintió en mi dirección y se quitó las gafas. Sus ojos aceitunados me observaron sin emoción. —Mucho gusto, Yzayana —dijo. —Llámame Isabelle, por favor. —Es una ignorante. Casandra asintió. —Te haré algunas preguntas sobre la muerte de tu madre —dijo en tono monocorde—. ¿Estás de acuerdo? —¿Es necesario? —Lo es. Asentí de mala gana. —Cuando pasó, ¿por qué pensaste en primer lugar que se había quitado la vida? —preguntó Casandra. Lo medité un instante. —A primera vista parecen los síntomas de una fuerte depresión. —Cuando me tomaron declaración los policías lo vieron así. —¿Y no recuerdas algo más? ¿No se sentía perseguida o paranoica? —¿A qué te refieres? —¿No notaste si miraba por las ventanas constantemente o hablaba de tu seguridad y la suya con frecuencia? —Siempre decía que el mundo era peligroso y que lo mejor era quedarme con ella en la cabaña el mayor tiempo posible. Ahora que lo pienso sí que miraba por las ventanas con mucha regularidad y tenía un sistema rústico de seguridad que nos avisaba si algo traspasaba los alrededores. Lo tomé como una protección contra animales peligrosos. —Por lo que sé, Ylari se cortó las venas. —Sí… —Emma me dijo que además era hemofóbica, ¿es correcto? Respiré profundo. —Sí, le tenía fobia a la sangre. —¿Y no te pareció extraño que se suicidara cortándose las venas? Si le tenía fobia a la sangre, aquello debió de costarle toda su fuerza de voluntad. —Matarse ya cuesta bastante fuerza de voluntad, supongo. Me convencí de que lo tomó como algo a vencer antes de morir, vencer su miedo. —¿Por qué haría eso? ¿Por qué no tomar pastillas, legía, colgarse o…? —Ten más tacto, Cas, estás hablando de su madre —la cortó Emma en ese tono suyo que no admitía discusiones. —No lo sé. —Me apreté el puente de la nariz—. No lo supe entonces. Suicidarse ya era lo suficientemente malo como para ponerme a indagar en cómo lo había hecho. En esa época… —Le eché una mirada acusadora a Emma—, estaba más preocupada en descubrir los porqués. La Marquesa desvió sus ojos grises hacia un rincón de la oficina. Casandra continuó: —Hay otra inconsistencia, la del libro que estaba en su regazo y donde vertió gran parte de su sangre. En el informe policial consta la foto de la frase que señaló con una huella roja. Esas palabras aluden a que una prostituta es mejor que una escritora. Ylari amaba escribir, ¿no es verdad? ¿Por qué renegaría de eso al final? —Tal vez porque escribir la consumió y perdió la inspiración… —Suena razonable que despreciara eso que la había consumido, sin embargo, sigue siendo extraño. —Extraño, pero no concluyente —intervino Emma. —Así es —dijo Casandra. —Nunca estuvo demasiado claro —señaló Emma—. Ten algo de paciencia, que estamos por llegar a donde queremos. Casandra y yo ya hemos repasado todo esto y hay algo que desencaja totalmente y es que tu madre le dejara la custodia a la abuela. Se odiaban mutuamente. Pudo haberle dejado tu custodia a mi madre, no a su peor enemiga. —Quizá no pensaba con claridad… Sentí una especie de mareo. Me apoyé en la silla. Respiré profundo e intenté aclarar mis ideas. —Eso quiere decir… —musité y me aclaré la garganta— que la carta que me dejó pidiéndome que no cargara con la culpa de su muerte… ¿Esa también es falsa? —Lo es —dijo Emma y suspiró frustrada—, pero no fue escrita por el hombre que usó la máquina de escribir de tu madre. —¿Cómo sabes eso? —Liliam… —mascullé—. Liliam no me haría algo así. No podría… Ella me reveló la verdad al final… Fue ella quien… Comencé a hiperventilar y me apreté el pecho. —Mi madre lo hizo con las mejores intenciones. Tenía desde hace tiempo el diario de Ylari en su posesión y vio ahí la posibilidad de ofrecerte una explicación para que pudieras darle un cierre al asunto. Por eso te escribió esa carta haciéndola pasar como la última de Ylari para ti, por eso te mandó las páginas del diario de tu madre. Creo que también intentaba darse una explicación a sí misma… —No, no lo supe hasta que… —No importa. Esto… esto es demasiado. Necesito salir de aquí. De alguna forma crucé la puerta, atravesé el pasillo, apreté el paso hacia las puertas abiertas del ascensor y entré en él. Busqué el botón de la planta baja y lo oprimí con desesperación, esperando que se cerraran las puertas. En el último instante, Emma entró en el armatoste y este inició su descenso. —Lo supe hace poco —dijo, jadeante—. Mi madre guardó ese secreto por mucho tiempo. —¿Ahora que sabes todo esto quieres dejar el pasado en paz? —¿No entiendes que me duele? ¿Es tan grande tu remordimiento, tus ganas de tranquilizar a tu conciencia? —Tu sombra me persigue, Yzayana. —Suspiró dolida y miró el techo—. A donde voy, ahí está. No he podido deshacerme de ella. —No me has olvidado. —¿Cómo podría? —¿Cómo vamos a olvidarnos? —jadeó. Me acometió una especie de vaivén: mi cuerpo queriéndose pegar a su cuerpo, mi bajo vientre buscando desesperadamente un alivio. Emma Lerroux volvía a ganar todas las batallas y yo deseaba que fuese un cartel, solo un cartel que pudiese arrancar de mi corazón. Se alejó. Noté lo que le costaba recomponerse y accionar el botón que puso en marcha el ascensor. Personas subieron y bajaron, comentaron el desperfecto, huimos de ellas en la planta baja. Un gran vestíbulo, hermosamente adornado, abrió el abismo entre nosotras. —Las huellas en la máquina de escribir —dijo sin mirarme—, pertenecían a alguien que la abuela conocía. —¿A quién? —musité. —¿A qué te refieres con suficientemente poderoso? —Que es un capo de la mafia italiana. Es el cabecilla de la red de trata de la que te habló Victoria. Ylari huyó de él a sabiendas de su peligrosidad. ¿Nunca te preguntaste por qué te llevó a vivir a ese pueblo en la mitad de la nada? ¿Por qué su interés de que se quedaran ahí? —Antes de que se matara yo solía pensar que era una especie de ermitaña. Luego, a la luz del diario y lo que supe después, pensé que intentaba alejarme de la familia… —Ylari quería protegerse y protegerte de él. Estábamos paradas en medio del vestíbulo y el flujo de personas que entraban y salían del edificio se abría como cardumen para sortearnos. Emma evitaba mis ojos y yo evitaba a mi mente. —¿Y tú crees —farfullé— que podemos atraparlo? —¿Qué atrocidades? —De esas no puedo hablarte, tendrás que descubrirlas por ti sola. —¿De qué hablas? ¿Cómo lo haría? —¿La abuela no te dejó una llave de cobre? —Lo hizo. —Esa llave abre un cofre que dejé detrás del escritorio de Victoria. Ábrelo y entérate. Yo no lo he hecho. Vuelvo a respetar los deseos de la vieja bruja, ¿no es irónico? He aprendido a perdonarla un poco desde que supe que intentó enmendar el daño que hizo… Solo entonces se atrevió a mirarme. Parecía preocupada y, al mismo tiempo, esperanzada. Al mismo tiempo muchas cosas. —¿Lista para qué? —Para cazar a ese monstruo.

JAJAJAJA, Isa abriendo los ojos xd
No sé qué dice, pero mientEEE.
Por mejores amigos así que te ayuden a escapar de tu ex 😔
Esta señora las ha de shippear.
Arriba los venezolanos!!!
A tus pies me tienes. 🛐🛐🛐
En ese momento, Yza sabía que ya no podría escapar nunca más-
Solo en tu cabeza es pequeña
Pero a la prima se le arrima
LE DIJO EMMA. AAAAAH
En resumen: pudiste correr pero nunca esconderte
Eso mamona
Liliam te amo. 😭
Pero a la prima se le arrima
Es que así somos en Venezuela: Full panas 😌😉
Perdón me rei imaginando cómo escapó por la ventana 😄
Que pato más cobarde
Y pensar que eso se lo tiene que agradecer a Rouse 😅
Jajajaja en algún momento tienes que dejar de huir Yza
TUS OJOS, TUS LABIOS TODO!!! TODA TÚ ME PERSIGUE
Al amor de tu vida (literalmente)
😂 Pinche Emma! Eres lo más!
Gracias Natalia por haberla dejado marcada con esa frase
Oigan, es normal que se te acelere el corazón por la lectura de un simple parrafo?
Es que me acaba de pasar 😅
AAAAAAHHH CÁLLATE ALV
Y aquí empieza la verdadera caceria!
Cómo es una red de trata, pues ahora sí tendría más sentido el asesinato de Ylari
La marquesa todologa de Leroux por favor
Y pensábamos que los únicos monstruos eran Olga y el engendro de su hijo… chingue a su madre señor Ferrer.
Eso, tu date valor! Aunque sabemos que de pequeña no tiene nada, ni la estatura
DIOOOOOOS MIOOOOOO
Huy que ruda, que fría, que impavida, caballota
Tan romántica ella
Y se te cayeron las bragas!
PERO
Eeee que no?
Amo cuando se hace la listilla para molestarla ❤️
Puessss!
Pedazo de CAPÍTULO!👏👏
Wow, cuanta información, acá empiza todo!😎
No te creo, pero bueno continuemos leyendo 🥺
Yza… sos todo.
Emma es Emma! Da!
Thanos: Imposible👁👄👁
Cómo me encanta cuando se pelean 😂😂😂
Solté una carcajada con lo de «es una ignorante» 🤣
no se que dijo pero por las dudas la tuya tambien
Emma flaca te amo pisame, atropellame, te entrego hasta las escrituras de mi casa, los papeles del auto y la cuenta del banco
Comenzando a tomar notas 📝
Por fin
🥺
Así quedamos las que creíamos que Ylari se suicidó🤡
🎤🎤
Hay maldita sea ya que no sean primas 😭