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Se supone que el verano es una gran época para quienes somos del colectivo LGBTQ+ porque tiene lugar el Orgullo. Concretamente es en junio, pero sabemos que las diferentes organizaciones “oficiales” han hecho de celebrar el Orgullo una especie de fiesta que a menudo se programa a lo largo del verano, en otras fechas que cuadran mejor para su explotación comercial y turística.

Por suerte siempre queda la emergencia de los Orgullos críticos más centrados en la reivindicación y el mensaje. El verano nos debe recordar que no siempre hemos tenido los derechos de los que ahora gozamos (en mayor o menor medida y aunque sean insuficientes) y que mientras alguien celebra, otra(s) persona(s) siguen siendo perseguidas por su orientación sexual y/o identidad de género. Que fueron un grupo de marginades por la sociedad (personas trans, queer, prostitutas…) que se reunían de noche quienes un día se hartaron del hostigamiento y violencia de la policía y decidieron responder rebelándose. Esto es lo que hoy conocemos como los disturbios de Stonewall del 28 de junio de 1969, que son los que han pasado a la historia, aunque hubo más. En España fue cerca de 10 años después, concretamente el 26 de junio de 1977 (es decir, no mucho después de que la palmase el tío Paco), cuando se celebró la considerada como primera marcha del Orgullo LGBT+ en España, que tuvo lugar en Barcelona y fue convocada por la FAGC.

Estas efemérides nos vienen muy bien para situarnos porque fue hace nada, algo más de 50 años solamente. Es que a veces nos olvidamos de que lo que se ha andado, lo que se ha luchado y logrado como colectivo LGBT+, es relativamente reciente y puede desaparecer con la misma facilidad en mucho menos período de tiempo. El verano debe valer para tenerlo presente, para manifestarse y marchar especialmente en esta época de neofascismos, LGBTfobia creciente y emergencia climática. No son luchas separadas, creo que haríamos bien en recordar la interseccionalidad necesaria en el movimiento, sobre todo viendo el sufrimiento que está dejando cada vez más el estrés hídrico, el aumento de las temperaturas y la destrucción del medioambiente.

El verano también suele ser la época de las vacaciones para muchas personas que tienen la suerte de poder gozar de ellas en su trabajo o estudios. Hace calor y, para combatirlo, se opta más por planes que implican piscina o playa. A veces también olvidamos que hay gente a la que estos meses que “obligan” a enseñar más piel para no achicharrarte o para participar de ciertas actividades pueden generar una ansiedad extra a quienes no tienen cuerpos exactamente normativos. Por ejemplo, personas trans o intersexuales o, simplemente, quienes no encajan en ciertos cánones estéticos o físicos, que sufren disforia o dismorfia corporal.

Y, si viajas, también existe la dificultad de saber bien a dónde viajas e informarte de si se trata de un lugar LGBT+friendly o en el que puedes tener problemas según tu identidad sea más o menos visible. Por ejemplo, con el nombre de tu pasaporte, con tu aspecto o tu expresión de género, con tu compañía o pareja. Ni siquiera tiene que ser un viaje turístico o de ocio, en ocasiones se apuesta por una visita a la familia de origen o del primer hogar, lo que puede añadir otra capa de dificultades si estás o no fuera del armario y/o no te sientes del todo cómode en ese ambiente.

Son muchas cosas a tener en cuenta en esta época veraniega en las que no siempre se piensa, sobre todo viviendo en una sociedad que suele conectar el verano con el descanso y el esparcimiento. Desde LES Editorial queremos recordarnos y recordarte que las experiencias pueden ser tan diversas como identidades hay dentro de nuestro abanico. Desde aquí solo te deseamos que al menos la tuya esté siendo bonita y disfrutable. ¡Nos leemos de nuevo en septiembre!