Cazar el caos
Capítulo 5 – Supernova
Era un día lluvioso y la electricidad se había marchado cuando estaban por ver un documental en clase. El televisor, en ese momento inservible, descansaba sobre su base rodante y la cinta VHS seguía en su caja. Niñas y niños se veían aburridos y la profesora, que era alta, flaca y propensa a estornudar durante la primavera, les planteó la siguiente pregunta para sacarlos de ese estado: —¿Si pudieran tener un superpoder, cuál sería? No faltó el listillo que levantó la mano y contestó: —El de la electricidad, profesora. La clase entera se había reído, Becca incluida, pero habían guardado silencio al minuto siguiente y meditado el asunto. Los niños, en su mayoría, prefirieron la superfuerza o la supervelocidad; Manuel, el chico colombiano que destacaba entre las caras pálidas, dijo que escogía volar; Joshua, el más pequeño de la clase, contestó que elegía ser invisible; Dafne y Frances indicaron que cambiar el clima, y Lía, que era fan de la Mujer Maravilla, enumeró los poderes de su heroína. La profesora sonrió nerviosa, se sonó la nariz que se estaba convirtiendo en una bola roja gracias al roce del pañuelo, y repuso: —¿Estás segura de que quieres eso, Becky? —Sí. —¿Y te gustaría decirme por qué? —Es que así sabría lo que piensan mis hermanas. Siempre están planeando cosas contra mí. Claire es muy buena en eso, ¿sabe? Y Madison la apoya todo el tiempo. Podría saber lo que van a hacer antes de que lo hagan. Sería una gran ventaja. —Entiendo… —¿Pero no crees que sería molesto saber lo que piensan las personas a tu alrededor? —apuntó la profesora—. Serían como mosquitos zumbando en tu cabeza todo el tiempo. Becca caviló por un instante y luego dijo: —Tal vez pueda apagar y encender el poder a mi antojo. —Eso sería muy práctico, sin duda, pero no estás pensando en los demás. Las personas necesitan privacidad. ¿A ti te gustaría que alguien pudiera saber todo lo que piensas? Becca negó de inmediato y le echó una mirada a Frances, la niña de los hermosos ojos color roble. Se le encendieron las mejillas. Algo le decía que el apego que sentía por ella no era «normal» y si alguien lo descubría podría meterse en muchos problemas. —Entonces entiendes que no es un poder del todo ventajoso, ¿verdad? —concluyó la mujer con el tono de quien acaba de dar una lección de moralidad, y la niña asintió por asentir. Pero con el paso de los años, Becca siguió dándole vueltas a esa pregunta. Se convirtió en una adolescente que se dejaba guiar por su curiosidad y eso solía traerle, en la mayoría de los casos, graves consecuencias. Como la vez en que ideó un plan para conseguir la clave de la taquilla de cierta chica, porque pensaba que ella le mandaba cartas de amor y resultó que no era así. ¡Cuánto esfuerzo y vergüenza se hubiera ahorrado de haber podido leer la mente de la susodicha! Además, en el terreno del basquetbol, le hubiera encantado poder anticipar las jugadas de sus rivales con un simple vistazo a sus mentes. Y, por supuesto, encontrar la respuesta a esa escurridiza pregunta de examen que justamente iba sobre el tema que no había tenido oportunidad de repasar la noche anterior. Becca había escogido la carrera de periodismo en consonancia a su inquisitiva personalidad, y aunque no la ejercía debido a que el basquetbol era su pasión, el gusano de la curiosidad seguía en ella y a veces crecía hasta convertirse en una cobra venenosa. Por ello, se había sentido tan atraída a la misteriosa Isabelle desde un principio y, debido a ello también, es que su relación había tardado en tomar el rumbo adecuado. —Si nos movemos más adelante podríamos apreciar mejor la ceremonia —dejó caer con inocencia. —Estamos bien aquí —soltó Isabelle en tono definitivo—. No nos quedaremos demasiado. —¿Eso qué significa? —Que vamos a esperar quince minutos después de que dé comienzo la ceremonia y luego nos marcharemos. Becca arrugó el entrecejo. Sus ojos azules indagaron alrededor como si de un momento a otro se hubiese perdido de algún anuncio importante. —¿Tomamos un avión para presenciar los quince primeros minutos de un funeral? —dudó. —Prometiste no hacer preguntas, ni siquiera si son retóricas —pronunció Isabelle en tono cansino. —Lo lamento, pero es algo muy inusual… Isabelle asintió y exhaló en actitud comprensiva. Miró a Becca por encima de las gafas, alzó la mano y le acarició la mejilla. Su tono, cuando finalmente habló, se había dulcificado. La hondonada se fue llenando de asistentes y los espacios entre una persona y otra se acortaron. Al final no resultó que estuvieran demasiado lejos. Aquel era un funeral multitudinario. «Debió de haber sido una persona muy importante», pensó Becca con respecto a la difunta y no tardó en comprobarlo, pues el arribo de la famosísima Emma Lerroux la dejó con la boca abierta. Su collarín anaranjado resaltaba entre los asistentes y se notaba que tenía el brazo izquierdo embutido en un cabestrillo. Sin embargo, caminaba con la elegancia y el magnetismo que la caracterizaban, como si días atrás no hubiera tenido un accidente que podría haberle costado la vida. Los más descarados sacaron sus teléfonos y tomaron evidencia del inusual suceso. Ni siquiera la sobriedad de un funeral podía con las ganas de capturar a la vocalista de THE M.A.R.P. —Creo… creo que fue el desayuno —farfulló Isabelle y se llevó la mano al estómago—. Iré a los sanitarios, ¿me esperas aquí? —Te acompaño… —No, quédate. No quiero que atestigües esto… Becca la vio marcharse en dirección opuesta a la que había tomado Lerroux en su descenso al muelle y tuvo el impulso de ir tras ella, pero sabía que Isa no se lo agradecería. Mientras tanto los comentarios bullían y Becca se enteró —gracias a la pareja que se había sentado al otro lado de los robles y alardeaba de sus conocimientos— de que Emma era la nieta de la difunta. La basquetbolista lo consultó en Wikipedia, pero lo único que encontró fueron los nombres de Liliam Barozzi y del marqués, Edmond Lerroux, en el apartado familiar. De hecho, siendo la fan minuciosa que era, sabía que Emma mantenía a su familia muy al margen de su fama. Entonces buscó a Olga Barozzi en la web y encontró… Nada. Absolutamente nada. Ni siquiera el anuncio de su muerte. ¿Cómo era posible que no menos de mil personas asistieran al funeral de alguien que no aparecía en internet? ¿Y cómo es que Isa la conocía? ¿Por qué había dicho que no se trataba de alguien importante para ella, pero de todas formas había cruzado la frontera para asistir a las exequias? ¿Tenía algo que ver que Emma fuese su nieta en el hecho de que Isabelle odiase a THE M.A.R.P.? La ceremonia empezó sin que su novia regresara. Personas de todas las edades pasaron al estrado y hablaron de lo que la anciana había significado en sus vidas, de la inspiración en la que se había convertido. Cuando le llegó el turno a Emma Lerroux, los teléfonos se volvieron a levantar. La Marquesa se dirigió a la Banda Marcial. La chica que le tendió su lira casi se desmaya de la impresión y Becca arrugó el entrecejo ante el tributo musical. Estaba intentando recordar dónde, porque no parecía la típica tonada fúnebre, cuando sintió que alguien se recargaba en su hombro. —Vámonos —pronunció Isabelle como si se ahogara. Estaba pálida, se había quitado las gafas y tenía los bordes del cabello mojados, como si hubiera metido la cara en agua—. Quiero regresar al hotel. Sigo sintiéndome mal. —Sí, vamos. —Becca la tomó del codo y al ver que se tambaleaba, agregó—: ¿Seguro que puedes caminar? Isa asintió, pero al minuto siguiente cayó en la nieve y se tapó la boca como si quisiera vomitar. Al notarlo, las personas circundantes se alejaron asqueadas. La mujer que se había ufanado de saber todo sobre la familia de Lerroux se levantó de una silla que ella misma había llevado y rebuscó en su bandolera. Isabelle respiró en la bolsa de papel y, un minuto después, Becca la ayudó a incorporarse. Vio que un sobre amarillo caía del abrigo de su novia y se apresuró a recogerlo, pero antes de que pudiese alcanzarlo, Isa ya lo había levantado de la nieve y apartado de la vista. La mujer que le había extendido la bolsa las examinaba con gesto críptico y entonces dijo: —Tú eres Becca Savard, la jugadora de las Storms de Nueva York, ¿o me equivoco? Becca extendió una sonrisa de circunstancias y asintió. —Lo sabía. Vi la final del campeonato y estuviste excelente, incluso después de que Stewart te rompiese la nariz… —Gracias —apuntó Becca en un español con acento canadiense—. Jugar con la máscara fue un reto. —Y tú… —continuó la mujer y tomó a Isa por el hombro para examinarle la cara—. Esos ojos dorados me recuerdan a alguien. Se alejó a zancadas tambaleantes y Becca fue tras ella. En la cima de la ladera, y al pie de unos ventanales, Isabelle intentó devolver el estómago, pero al parecer ya no quedaba nada que pudiese ser devuelto. Se limpió la boca con un pañuelo y miró el edificio como si temiese que se le viniera encima. —Te llevaré a emergencias —dijo Becca y comenzó a buscar el hospital más cercano, pero Isa colocó la mano sobre la pantalla. —No es necesario —aseguró con la voz ahogada—. Es un simple malestar estomacal. Se me pasará en el hotel, estoy segura. Compremos algo en una farmacia. Caminaron un par de metros y Becca no pudo morderse la lengua ni uno más. —Esa mujer parecía conocerte —comentó. —Solo le recuerdo a alguien, supongo. *** Isabelle mejoró durante la tarde y, gracias a la insistencia de Becca, salieron a pasear. El ambiente en la habitación de hotel se había espesado. Desde que dejaron el funeral intercambiaron nada más que las palabras necesarias. Isa se había refugiado en las películas por cable y estaba tan rígida —acostada sobre el edredón— que parecía una estatua que el personal hubiera dejado allí por error. La basquetbolista odiaba verla así y había buscado lugares de interés para visitar en la ciudad y distraerla. Recomendaban una larga calle en el centro que se volvía peatonal en aquella época del año debido a la cantidad de puestos ambulantes que se afincaban en ella. Todos y cada uno vendían objetos navideños. No les fue difícil encontrar la calle que, tan larga como las de Nueva York, ascendía hasta perderse en la cima de una colina sembrada de casas coloniales de dos pisos y techos a dos aguas. El centro de aquella ciudad, Akatoria, estaba en las faldas de un volcán nevado, por lo que el entramado reseguía el quebrantado terreno. Había puestos ambulantes tanto en las aceras como en la mitad del asfalto y un río de personas subía y bajaba por los corredores que quedaban libres. Los juguetes para Día de Reyes se vendían casi tan bien como el pan caliente, cuyo olor se coló por la pequeña nariz de Becca —que no había quedado chueca a pesar del codazo propinado por Stui meses atrás—. Y, después de relamerse las migajas, le dio por probar todo lo que tuviera buena pinta. —¡Al diablo la dieta! —pronunció con entusiasmo y logró que Isa sonriera un poco. Becca se emocionó cuando pasaron junto a un gran puesto de esferas de nieve. Las había de todos los tamaños, incluso una gigantesca que era inflable y en cuyo interior había un trío de osos con bufandas navideñas. —Voy a comprar algunas para mi familia —anunció y se dispuso a practicar su español con la joven tendera—: ¿Esto dónde es? —le preguntó, señalando una esfera con una iglesia gótica en el centro y un montón de casas con techos a dos aguas alrededor. —Es la basílica y está aquí mismo, en la cima de la calle —señaló la muchacha y Becca entrevió unas enormes torres terminadas en punta—. La cierran muy tarde en estas fechas. La vista desde las torres es muy bonita, deberías subir. Becca compró esferas para toda la familia y se las enseñó a Isa mientras caminaban cuesta arriba. —A Claire le llevo la más pequeña —admitió revolviendo dentro de la bolsa—. ¿Crees que entienda la indirecta? Isa asintió, pero sus ojos no se posaron en los regalos. Becca recordó la primera Navidad en Nueva York. Había conseguido —en una tienda de antigüedades— una esfera hecha a mano, dentro tenía el horizonte neoyorquino, con el Empire State sobresaliente. Se la regaló a Isa para que decorara su departamento, pero un día de enero notó que la esfera había desaparecido. Becca se abstuvo de volver a regalarle una. Al llegar a la cima de la calle, los puestos se diseminaban, la basílica aparecía imponente sobre una plazoleta y el cielo que se oscurecía a sus espaldas. Los largos vitrales de colores disentían con la piedra gris en la que había sido levantada. Extrañas gárgolas —representantes de la fauna de la región— vigilaban el patio exterior y las torres umbrías, hogar de campanas gigantescas y plateadas, ostentaban cada una un reloj. —Quiero subir —anunció Becca—. La tendera me dijo que la vista es hermosa desde las torres. —Sube entonces —sugirió Isa y señaló unas bancas—, yo te espero aquí. —¿No quieres subir conmigo? —Estoy algo cansada. —Por favor —pidió Becca y le tomó la mano—. Está por ponerse el sol y podría ser peligroso que te quedaras sola. Isa miró a todas partes como si hubiera olvidado dónde estaban. —Por favor —insistió Becca y puso su sonrisa más persuasiva. Eso provocó una sonrisa por parte de Isabelle, una pequeña, pero sonrisa al fin y al cabo, y terminaron entrando a la basílica. El techo de la nave principal estaba sostenido por lo que parecían las costillas ojivales de un gigante. Los vitrales se encendían por la luz anaranjada del crepúsculo y Becca aprovechó para tomar algunas fotos. —¿Por dónde debemos subir? —se preguntó. —Por ahí —señaló Isa muy segura, para luego añadir—: o eso creo. Y supongo que subir cuesta dinero y venden los boletos en alguna parte. Tenía razón. La taquilla estaba disimulada a un lado de la entrada principal. Siguiendo las instrucciones del boleto, subieron hasta un primer piso donde había un círculo de vidrio esmerilado de al menos tres metros de diámetro que en la guía aparecía como rosetón. Becca sugirió que se tomaran una foto frente a él, pero Isa siguió de largo como si no la hubiese escuchado. Minutos más tarde y después de cruzar por un puente que colgaba encima de la nave principal, se encontraron fuera de la basílica, donde las gárgolas se apuntalaban. Subieron el último tramo de escaleras que rodeaba una de las torres y Becca suspiró aliviada cuando entraron en ella. Desde ahí se podía apreciar gran parte de la ciudad. Entre las montañas, el sol se despedía dejando brillar un último par de rayos. Lo que no dejó de brillar fue la calle. Los puestos refulgían en luces de todos los colores y los vapores de la comida los emborronaba convirtiéndolos en una postal impresionista. Becca apenas disfrutó de las vistas, pues estaba preocupada por Isabelle, que actuaba como si temiese que alguien fuese a degollarla en cualquier instante: se pasaba la mano por la garganta con un tic obsesivo que puso a su novia al límite. Isabelle tardó en mover la cabeza de manera afirmativa. —Solo fueron unos meses los que estudié allí antes de trasladarme a Canadá —confirmó. —¿Y eso te costaba decírmelo? —Sí… —No entiendo por qué. —No hay forma sencilla de que lo entiendas. —Tal vez si intentaras explicarme… Becca la observó respirar de esa forma cuando estaba lidiando con una emoción intensa. Isabelle se acercó y la abrazó. Estaba temblando. —No quiero que nada te dañe —murmuró Becca sosteniéndola con fuerza—. ¿Pero estás segura de que enterrarlo es lo mejor? No tengas miedo en contarme lo que pasó, tal vez podemos buscar juntas el mejor camino para que lo superes… —Te repito que confíes en mí. Está bien donde está. ¿No hemos sido felices hasta ahora? En otro momento, Becca hubiera asentido inmediatamente, pero esta vez se lo pensó. Que increíblemente mañosa es la curiosidad humana: avanzamos gracias a ella y también nos perdemos sin dejar rastro. Frenarla es como intentar contener la expansión de una supernova. Una que, por desgracia, ya había comenzado a explotar en la mente de Rebecca Savard. No obstante, mientras abrazaba a su novia muy fuerte y muy cerca, se prometió que resistiría, que olvidaría el asunto, que el pasado de Isabelle no era tan importante como el futuro de ambas. Que en una relación la confianza lo era todo y si le pedían que confiara, debía hacerlo. Lo había hecho antes. Lo había hecho tantas veces antes…

Yo también quisiera eso, querida Becca
Llegué. Irónico saber que 8 años y poco más le tomó para descubrir algo relevante sobre Isa, que falla eh
Y no siempre es bueno ser curioso, te vas a encontrar cosas que era mejor no haber sabido ;-;
#prayforYza
Con la de Isa quedarías en coma por esto y lo otro, sumado a la reacción y sentimientos que tendrás jajaja, ayayay mejor no…
La curiosidad te va a matar, mujer
La curiosidad mató al gato mi querida Becca, pero por mi no hay problema tu sigue 😊
Pero que también quiero tener éste súper poder eh, obvio
Es muy egoísta, Zayayina
Vaya, la entiendo, no es fácil para nada, vení Bec que te abrazo
Creeme no querrás leer la mente de Yza y Emma cuando se encuentren!
Sí, sí. Solo se está muriendo, tú tranquila
«Ladrones de bolsa». Todo me recuerda a Emma:c
Y sí, cada lugar cuenta con una anécdota.
— pensó Isa.
Porque no quieren que la vean ^^
Porque están en terreno rojo y hay minas por todos lados
Sin resbalón Bec, o duermes en el sillón
No vayas a llorar yza =(
Por qué fuiste a un lugar donde ‘no deberías de estar’?
Los papeles se invirtieron, y aún así sigues culpando a Lerroux?
Que falta de respeto de Zayayina
Culpa a Ema por mentirle y ahora ella le miente un chingo a Becca hasta el nombre se cambio
Igual era para que cambiara, ¿no?, no para que consiguiera que todo se le devolviera a ella y quién estuviera cerca multiplicado por 8 y más, todo no es culpa de Emma
Pero… Es un poco irónico que justo este haciendo lo mismo que hizo Emma hace unos años y por lo cual la «odia». Sí, Emma hizo mal… Pero no todo es culpa de ella, hay otras personas en las que también cae la culpa y solo señalan a una.
Estoy diacuerdo con tigo
Ese era mi punto, Dios, exactamente
Por supuesto que lo es :3
Es una diosa (suspiro)
Isa es una manipuladora JAJAJAJ pero igual todo esto que sucede no es fácil para ella, y más si hay peligro muy cerca
Bueno, se le complican las cosas a Yza…. Se le agota el tiempo a Becca, sin saberlo… Este capítulo deja más preguntas q respuestas… Lo normal con Stef 😉
Emma…
A puesto a que aún tiene la que el Emma le regalo
Yo tambien pienso lo mismo
Haces lo mismo que te hicieron, dime si no te dolió
Que pasa Yza? No lo soportas? Tienes ganas de salir corriendo… A sus brazos?
Estás siendo injusta mujer!
Es LA diosa
Grité y todo
No se olvidan cosas como esa, no?
AAAAAAAAAAA
Ya comienza a doler…
Ella está re bien chica, tú tranquila que no está pálida y su corazón no está a punto de salir por su pecho JAJAJAJAJ
😂😂😂😂🤣🤣
La curiosidad mató al gato, en este caso va a matar a becca okno :c
No era chisme! 😱
Es leeza, entonces si la vio
Si tan solo supieras, Becca
Rayossssssssss amor claro. Escribes siempre .e dejas con la intriga 🙂
Vamos Bec, tú puedes, por supuesto que la has escuchado
😭😭😭 ‘los ladrones de bolsas’
Amiga date cuenta. Tanto tiempo en relación y tu ni idea
Dios! Emma está en todo!
Me emocioné y me dolió al mismo tiempo
Shit, es Leeza, obvio que esta parte fue real AAAA
No Becca, sal de ahí. Hazlo por un bien mayor jajd
pues que no se e cumpla porque vas a dejar a yza sola
Llegando 💅💅
Y sí que se conocieron, esto es emocionante aaa
Y uyyy y cómo aguanta entonces con todo lo q oculta Yza 🙄
Es por Emma ladrona de corazones :3
Uyy 👀, interesante
Yo, cada que leo un párrafo dónde describen a Emma: «Que organismo pluricelular de pensamiento racional tan bien formado»