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Por Sabela Prendes, autora del cómic Pan de ajo.

Cada cierto tiempo, alguien redescubre Carmilla (1872), la novela corta de Sheridan Le Fanu, y se sorprende. Aparecen artículos, hilos y vídeos preguntándose si “Carmilla puede leerse como lesbiana”, como si se tratara de una interpretación contemporánea forzada, un capricho queer aplicado a un texto antiguo. Pero la realidad es bastante más sencilla —y más incómoda—: Carmilla es una de las primeras historias abiertamente lésbicas de la literatura occidental. Y no lo es por accidente. Publicada más de veinte años antes de Drácula, Carmilla narra la relación entre Laura, una joven que vive aislada con su padre, y Carmilla, una muchacha misteriosa que llega a su casa tras un accidente. Desde el primer encuentro, la relación entre ambas está cargada de intimidad física, afectiva y emocional. Carmilla no es una presencia neutral ni simbólica: expresa deseo, celos, exclusividad… Busca a Laura, la toca, la observa, la reclama. El vampirismo no oculta el deseo entre mujeres: lo amplifica. En el contexto del siglo XIX, esto no era una metáfora inocente. El lesbianismo no podía nombrarse abiertamente, pero sí podía aparecer codificado como amenaza, como enfermedad o como monstruosidad. La vampira funciona así como un contenedor del miedo social a los afectos entre mujeres: una figura seductora que no necesita a los hombres, que invade espacios íntimos y que establece vínculos emocionales profundos fuera del matrimonio heterosexual. Durante décadas, esta dimensión lesbiana fue leída —o más bien neutralizada— desde interpretaciones morales: Carmilla representaría el mal, la corrupción, la desviación. Pero desde una lectura contemporánea, resulta evidente que el texto no solo habla del miedo al
deseo entre mujeres, sino también de su potencia. Carmilla no pide permiso, no se arrepiente, no se explica. Desea, y ese deseo es central para la trama. Esto es importante porque desmonta la idea de que la representación lésbica es un fenómeno reciente. Las lesbianas no aparecimos de repente cuando las editoriales decidieron ser inclusivas. Hemos estado ahí desde siempre, incluso cuando solo se nos permitía existir como advertencia o sombra. Carmilla forma parte de una genealogía incómoda pero fundamental: historias donde el deseo entre mujeres aparece, aunque sea disfrazado de monstruosidad. Reivindicar a Carmilla hoy no significa romantizar su contexto ni ignorar que la historia termina con su destrucción. Significa reconocer que, incluso en un marco represivo, el texto dejó un rastro. Un rastro que muchas lectoras han seguido durante generaciones, encontrando en esa vampira elegante y peligrosa algo que no encontraban en ningún otro sitio: reconocimiento. Por eso no es extraño que Carmilla reaparezca constantemente en la cultura lésbica contemporánea. Series web, novelas gráficas, reescrituras, fanfics. Carmilla se convierte en símbolo porque permite reapropiarse de una figura que históricamente fue usada para asustar. En mi cómic (Pan de ajo), Carmilla no es una adaptación directa del personaje de Le Fanu. No hay sexo, ni erotización, ni una recreación literal del texto original. El cómic está dirigido a adolescentes y el guiño es eso: un guiño. El nombre, la vampira, la referencia. Un pequeño gesto de complicidad con una tradición más larga, una manera de decir que estas historias no empiezan de cero. La Carmilla del cómic no carga con el peso moral del siglo XIX, pero sí hereda algo importante: la posibilidad de ser otra cosa. De existir fuera de lo normativo. De representar un deseo que no necesita ser explicado en términos adultos o sexuales para ser válido. Porque hablar de lesbianismo adolescente no implica hablar de sexo, sino de afectos, de miradas, de descubrimiento, de identidad. Esto conecta con algo fundamental: durante mucho tiempo, las historias lésbicas solo fueron permitidas en clave trágica o perversa. Carmilla muere. Muchas después morirán también. Por eso es importante revisar estas obras con cuidado, sin repetir el castigo, pero sin borrar lo que fueron. Entender de dónde venimos para poder contar otras cosas. Leer Carmilla hoy no es solo un ejercicio literario. Es un acto político. Es reconocer que el deseo entre mujeres siempre ha estado ahí, incluso cuando tuvo que esconderse entre sombras. Y es también una invitación a seguir contando historias donde ese deseo no sea castigado, ni monstruoso, ni silencioso. Si Carmilla fue una puerta entreabierta en el siglo XIX, hoy podemos atravesarla sin miedo. Y escribir vampiras que no mueran. O que mueran, pero por otras razones. O que simplemente vivan y sean muy felices con sus novias.